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CARTA A UNA AMIGA

Tomado de: LA VOZ DEL MAESTRO
Órgano de Filosofía Trascendental de la Gran Fraternidad Espiritual Universal. No. 4, Noviembre de 1952. Vallenar, Chile.
Organo Oficial de Difusión de la Unión Espiritual Universal

Querida amiga:

Al escribirle por medio de nuestra Revista deseo impresionarla, porque se que al leer algo que se escribe al público le damos mayor importancia que a lo que leemos sólo para nosotros; intuimos que al escribir al público se respeta mejor la Verdad, y por consiguiente podemos confiar más en lo que se nos dice.  En ese sentido quiero impresionarla, no en afectar sus sentimientos y fantasía o su romanticismo. Eso de apelar al sentimentalismo es un recurso innecesario para los que proclamamos la Verdad y deseamos que otros la sigan. Ese recurso lo dejamos a los que necesitan sugestionar a la gente para que sigan sus doctrinas. Nosotros no tenemos doctrinas, no tenemos dogmas ni creencias; no imponemos preceptos ni exigimos promesas ni juramentos, no prometemos felicidad ni para este mundo ni para el otro.

Nada de eso es necesario cuando se trabaja con la Verdad misma. Quien es capaz de percibirla la sigue por propia y libre voluntad; no hay promesa ni amenaza que sean capaces de evitar que esa persona siga el Camino. Lo que hacen nuestros Mayores es ayudar, proporcionar los medios, indicar la mejor manera, educar a quien emprende ese Viaje. De que el Viaje sea largo, escabroso y lleno de tropiezos, o que sea como una alameda sombría y fresca, llena de encantos y satisfacciones, es sólo condición del viajero.

Usted me dice que desea emprender ese viaje. Ya sea porque presiente que encontrará la Verdad de la vida y la solución de sus problemas, o porque está hastiada de la confusión de la vida, de su vacío y de su vanidad; o porque se siente desorientada, o porque sufre por su propia deficiencia, o porque los demás le hacen sufrir; de todos modos, cualquiera que sea la razón, Usted debe, antes que todo, estar segura de lo que desea; después ver si ese objetivo vale la pena, o sea si es tan importante para Usted que esté dispuesta a pagar el precio. Ese precio es siempre alto para una persona mundana, es decir para una persona que se siente fuertemente atraída hacia los placeres de la vida y siente fuertes ambiciones de preponderancia, y su alma está llena de odios, rencores, envidias y vanidades. Es alto el precio porque significa disciplinar la mente, los sentimientos y las acciones. Esto no es reprimir todo lo “malo” en nosotros, porque la represión acarrea traumas psicológicos. Lo que hay que hacer es DISOLVERLOS con el buen propósito, con la comprensión, con la Voluntad. También hay que dedicar algunos minutos diariamente a la meditación. Y esto hay que hacerlo TODOS los días porque nuestra alma es como una planta delicada: si no la regamos cotidianamente, luego se marchita y seca.

Cuando le digo que el sentimentalismo y romanticismo no tienen cabida en esta “empresa” no significa que hemos de transformarnos en una lama fría y máquina razonadora. No, muy lejos de eso, debemos transformarnos en un dínamo lleno de entusiasmo y fervor, iluminado sí por las facultades superiores de nuestro ser.

La dificultad número uno que Usted encontrará es la falta de sinceridad. Seguramente usted se diga que si emprende el Camino Espiritual es por su propia y libre voluntad y porque lo necesita más que nada en su vida, y por consiguiente no hay por qué temer esa falta de sinceridad. Eso es aparentemente real. Pero la Verdad es otra ¿Por qué cree usted que todas las religiones han inventado el Demonio? Es precisamente para explicar ese fenómeno de la doble personalidad que hay en nosotros: una que tiende hacia el Bien y la otra hacia el Mal. Es para explicarse esas leyes psicológicas tan confusas que nos hacen actuar a veces diametralmente opuesto a lo que hemos decidido y que nos conviene. Esa falta de sinceridad no se nota, es suave y transparente; sólo una mente bien despierta la percibe en todo caso. Para conseguir este despertar de la mente debemos constantemente renovar nuestro interés y propósitos y querer con toda el alma percibir nuestras reacciones íntimas; tomar una actitud alerta y consciente. Con el esfuerzo y la constancia, esto se consigue plenamente. Así usted salvará este obstáculo.

Otro tropiezo es la desidia, o sea la falta de diligencia para hacer el esfuerzo de encararse con las reacciones contrarias a su propósito; esto hay que hacerlo apenas estas afloren a la mente, antes de que tomen cuerpo. Si Ud consigue atenuar, debilitar o controlar el primer obstáculo, este segundo tropiezo va perdiendo paulatinamente su poder. Además usted lo irá destruyendo con el constante pensar que es por DIGNIDAD que usted debe ser activa, ya que contrajo con usted misma el compromiso de ser mejor. Posponiendo la destrucción de nuestras fallas sólo damos lugar a que tomen mayor fuerza, y nosotros debilitarnos más.

Si usted salva estos dos obstáculos en su Camino, esté segura que no habrá límites a sus logros, y estos llenarán su vida de tanta felicidad y satisfacción que será para usted como una nueva vida que jamás soñó que pudiera existir en este bajo mundo de miserias. Entonces irá usted comprendiendo por qué tenemos dentro de nosotros, como parte de nuestro propio ser, esa aspiración siempre insatisfecha, no importa cuánto poseamos, cuánto nos amen o cuánto amemos, de algo grande que ahogue nuestra alma de plenitud. Usted lo va a comprender porque se va a encontrar que está realizando esa confusa aspiración que ha estado bullendo en su alma generación tras generación. Esa aspiración es la realización de algo que es nada menos que la finalidad de la vida, la razón del porqué vivimos.

¿ Estará usted dispuesta a pagar el precio? El precio no comprende el sacrificar las satisfacciones naturales de la vida. No significa aislarse o renunciar a los placeres que proporciona la vida en sociedad. No significa ningún sacrificio. Lo que hay que sacrificar es la bestia en nosotros; lo mismo que siempre hemos deseado hacer. Llegar a ser nobles de sentimientos en todo sentido, desarrollar toda la potencia de nuestra mente, dominar las circunstancias; aún más, crear nuestras propias circunstancias; controlar todo nuestro ser para hacer lo que deseamos LIBREMENTE.

Alfonso Tagle