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 existe la brujeria

 

¿Existe la Brujería?

Por: Swami Jñanakanda

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He aquí una carta y una respuesta:

Ven. Swami Jñanakanda.

Santiago de Cuba (Cuba).

Muy distinguido doctor:

Habiendo leído su interesantísimo ensayo titulado “Haití y el Culto del Vudú” que como de costumbre me fue facilitado por la Biblioteca pro-Cultura Universalista, he quedado con una fuerte impresión respecto a la veracidad de lo que se llama Magia Negra o Brujería, y esta vez vengo a molestar su atención refiriéndome a tan extraño como interesante asunto.

Usted, ilustre Doctor, como gran conocedor de cuestiones psicológicas, que es filósofo y sabe profundizar en los más variados problemas del mundo, los que versa con igual maestría sobre cuestiones tan variadas como la constitución atómica y la posible migración de los gérmenes de vida de un planeta a otro a través del espacio sideral, como sobre la influencia de la energía de los cuerpos celestes sobre los seres de aquí abajo, el origen cosmológico de las razas humanas ¡Y como me deleitó este estudio suyo, pleno de sapiencia, acerca del origen de las castas de la India, su evolución y su verdadero significado histórico-cosmosófico, donde descubre usted el motivo de la decadencia del Oriente, y tantísimas otras cosas que vienen a abrirnos los ojos en cuestiones astronómicas, étnicas y psicológicas!

Y una cosa insólita y que revela el temple y la envergadura de su fecundo talento, la síntesis matemática de los fundamentos de una religión (el Budhismo) donde usted prueba con suma originalidad y argumentos los más incontestables y convincentes, la relación que hay entre los más altos postulados espiritualistas como el karma, la reencarnación, la existencia del espíritu y de Dios (y tantas otras enseñanzas que forman la base de las creencias de los Orientales y la del más crudo escepticismo de los Occidentales) y los más hondos cálculos matemáticos. Ud. Doctor, digo, no podría dejar tratar de con igual celo y acierto sobre este tema que le propongo, aunque fuera en breves términos: ¿Existe la Brujería? ¿Es una realidad autentica la Magia Negra? Quiero decir ¿tratase de hechos positivos o tan solo de aprensiones y suposiciones suscitadas por la superstición?

            Confiando en su amabilidad y en las innúmeras cualidades de su bien sentado prestigio tanto en las esferas científicas como en las místicas, espero su autorizada palabra a este respecto, asegurándole desde ahora mi concurso para difundir por la prensa continental todos los datos que Ud. quiera proporcionarme sobre los resultados de sus importantes investigaciones.

            Sin más, espero que esta sea la mejor oportunidad para iniciar y sellar una franca amistad, pues, como bien lo dijera Ud. “nada une tanto a los hombres entre sí como el bregar por las sendas de la investigación a pesar de los clásicos trillos del hipotetismo académico; se me objetará que el AMOR y el DOLOR … pero yo diré que el estudio fusiona a las almas cuando están bien encaminadas y animadas por los más sinceros propósitos”

Afectísimo y admirador suyo,

HERICH DUCKHEIM

Heidelberg (Alemania).

____

Santiago de Cuba (Cuba)

20-07-30.         

Pendiente aún la respuesta a mi estudioso correspondiente, la cual me prometo hacer un pequeño volúmen, si es que mis tareas cotidianas me lo permiten, quiero dar a mis lectores de esta culta ciudad una apreciación sobre tan interesante problema, aunque con el hondo pesar de que tenga que ser sumamente lacónico, epigráfico, y sintetizar cuando tendría que hacer tantas observaciones oportunas, pero quizá convenga más que sea así en el periodismo, pues hay cuestiones que, aun siendo realidades palpitantes de la vida diaria y que en cierto modo afectan a todos los seres humanos, no se prestan para ser abiertamente del dominio público. Ejemplo clásico de ello es el tema cuya incógnita vulgar háyase implicada en el rótulo que encabeza estas líneas.

            En efecto, la Brujería es un tema harto difícil de desentrañar sin cierta ciencia, que por desgracia de la humanidad no se aprende ni es conocida en los centros docentes. El público que se precia de “culto”, por otra parte, niega rotundamente cuanto pueda rotularse de Brujería, sin darse la pena siquiera de examinar el fondo, la base de estas cosas, actitud esa ciertamente la más cómoda puesto que la ciencia oficial no comprende todavía sus principios fundamentales ni fomenta su estudio. La gente menos cultivada, en cambio, en quien la falta de desarrollo intelectual esta suplida por el de otras facultades igualmente importantes como la imaginación y la intuición, encuentra en estos hechos motivos y efectos de una trascendencia notabilísima, como si ahondaran más en los problemas y tocaran directamente a sus causas, a pesar de no tener suficiente erudición ni expresividad para explicarlos. Ahora bien, uno de los dos bandos ha de tener razón, y un somero análisis de los concurrentes resultaría fecundo en provechosos datos, que hoy por hoy la ciencia oficial ignora y en los que la gente inculta cree ciegamente.

            En nuestra localidad -bien triste es confesarlo- es bien frecuente que los rotativos registren casos de Brujería; ora es un espeluznante crimen perpetrado en la persona de inocentes criaturas de escasos años de edad, por gentes dadas a algún culto salvaje, ora innocuas prácticas de “regar” ingredientes o “trabajar” muñequitos o “encender” luces contra determinadas personas. Hoy mismo leo dos casos típicos de estos. En el periódico de hoy (20/7/30) trátase de un caso horripilante digno de los más salvajes recintos, donde se refiere con caracteres de una pulgada y a toda plana: “La niña Yellet fue horrorosamente sacrificada por los Brujos”. En el de ayer encuéntrase el siguiente caso: “Una mujer acusa a otra de Brujería por regar delante de su puerta polvo de permanganato y tener una vela encendida cerca del tablado de su vivienda”; y en el de antier leí: “dos jóvenes sorprendidas tirando delante de un establecimiento menjurjes de Brujería”

            Tales noticias se prestan para actualizar el tema de la Brujería, pero falta determinar exactamente qué es eso. Ningún tratado científico menciona el asunto, bien que los anales judiciales de todos los países del mundo están repletos de casos de estos en que entran en juego la así llamada Brujería. Pero ¿Qué es la Brujería? Verdaderamente, ¿se trata de una mera sugestión de las masas, de una alucinación, de suposiciones o solo de temores, suscitados por los recuerdos de las nefandas prácticas de los tiempos de abyecto oscurantismo?

            Cuando nos encontramos frente a casos como el infame desangramiento de un niño y la extirpación de su corazón antes de que haya cesado de vivir, para hacer prácticas para entrar en gracia con supuestas deidades de cultos bárbaros, no podemos ciertamente afirmar que se trata de casos benignos y sin importancia como correspondería a otros casos igualmente así clasificados como Brujería, pero detrás de los hechos materiales que en las actuales imperfectas legislaciones jurídicas son los únicos indicios de culpabilidad, en el fondo y en la causa de estos hechos, la verdad es que no encontramos otra cosa que superstición.

            Los brujos más empedernidos y de sentimientos más rudimentarios recurren al crimen en sus más salvajes detalles, y los menos afectados y de sentimientos menos groseros se contentan con mover los resortes de su imaginación y apelar a prácticas que reflejan bien la mezquindad de sus motivos y propósitos, pero en todos los casos tenemos ahí la obra de la superstición, no tan solo derivada de primitivos cultos, si no perenemente propia de la humanidad, pues la ignorancia, los bajos instintos, la imaginación morbosa, los propósitos malsanos, son otros tantos factores que mantendrán efectiva en el mundo la superstición con su cohorte de prácticas, que se registran en una escala que parte de los más ridículos y anodinos gestos del ritualismo instintivo o maquinal, hasta los peores extremos del fanatismo pretendido religioso y de la criminalidad patológica de los que creen entrar en favor con su Dios o con sus “espíritus” extraterrenales, inmolando tiernas víctimas con un refinamiento cuanto más cruel como absurdo. Por humanidad y por consideración a la cultura de nuestra colectividad, vale más silenciar aquí los detalles de estos casos, y para evitar también que la superstición se aguce más aún.

            Verdaderamente, parece increíble que en el siglo de la mecánica, de la recia lucha por la vida y del practicismo superlativo, hubiese aún gente capaz de un rendimiento efectivo de superstición tan considerable y tan positivamente trascendental en su vida, pero no debemos olvidar que el mundo es fecundo en multiplicidad y que a pesar de evolucionar la especie humana esta se encuentra todavía en lo rudimentario en lo que respecta al desarrollo amplio y el uso práctico de sus facultades mentales, notablemente la del raciocinio. Y tenemos el caso que esta humanidad, que se vanagloria de semidivina y de ser la superior en toda la creación, porque tiene la facultad de la Razón, es la que menos hace uso de ella… es la especie que vive más ajena y contra todos los dictados de la Razón; la única que está entregada a la superstición con todas sus ridiculeces y el crudo dramatismo de las groseras pasiones mentales que sirve, y a vicios o taras que no se conocen en los animales inferiores…

            Esto no es exagerar. Es cierto, no obstante, que no todos los supersticiosos son Brujos, pues en el dominio religioso los encontramos muy benignos, resignados a creer en lo sobrenatural y a hacer alarde de su pietismo con afectaciones estudiadas, pero está tan difundida esta tara, que las excepciones de lo extremo no se encuentran entre la gente cumplidamente cultivada, sino en las de mediana cultura. Por ejemplo, un profesional o un académico tiene demasiada cultura para ceder a sus taras, para tener una superstición que lo llevará a entregarse a prácticas criminales de la Brujería, pero, de todos modos, tendrá suficiente superstición para creer en los efectos de la sal o del aceite que se rocía, no pasará debajo de una escalera, no se levantará con la pierna izquierda, no despreciará su fetiche o talismán o no dejará de creer ciegamente en la mitología antropomorfizada de su religión . ¿Qué significa esto si no que todos los hombres son, en cierto grado, supersticiosos, y eso sin prejuicio del positivismo de la ciencia moderna? Los tarados en extremo, en cambio, tienen las funciones mentales atrofiadas, y por lo tanto, en ellos la superstición es imposible: viven instintivamente, bestialmente diré, aunque con todos los distintivos exteriores de ese tipo convencional que se ha dado en llamar “caballero”. La gente medianamente o superficialmente cultivada, por su parte, no se contenta con la superstición pasiva de la gente de gran disciplina cultural; son supersticiosos en grado activo: son los positivistas de la creencia irrazonada, y son quienes recurren a las prácticas, ora burdas, ora trágicas; ya inocuas, ya salvajes, del ceremonialismo Brujeril o Magia Negra. Para estos individuos todos los medios son buenos si les conducen a lo que para ellos es “bien”.

            Pero dejando de lado la parte criminal de la Brujería para ceñirnos a la ceremoniosa, donde encontramos todas las prácticas pertinentes como el “encender” luces “trabajar” muñecos “hacer” daños o hechizos, o hacer pactos con supuestas entidades del mundo invisible, que es no menos criminal, puesto que constituye lo que podríamos llamar la Brujería de intención, mientras que la que se resume en prácticas salvajes de victimar niños es la Brujería consumada. Hasta donde la Brujería de intención es eficaz es un problema bastante hondo, pues toca en realidad a los más profundos principios sociológicos, que la ciencia oficial ignora por completo, y de la que los mismos brujos no tienen sino vagas ideas, pero no puede dudarse de ella toda vez que la sugestión y la imaginación por sí solas pueden impulsar y modificar nuestra vida hasta lo infinito, y desde que la telepatía o transmisión del pensamiento es un hecho comprobado hasta la saciedad, es ocioso negar hechos que caen perfectamente en el dominio de las posibilidades. En todo caso, un estudio detenido de las prácticas Brujeriles no puede conducir sino al convencimiento de la efectividad de los resultados atribuidos a estas prácticas. La superstición en sí es la mejor fuente de causas psicológicas y de efectos concretos llamados Brujería o Magia Negra, y por lo tanto no deja de merecer el nombre de Brujería de hecho.

            Para que se vea cómo se extienden los síntomas de esta humanísima tara, acordémonos del caso de Lima (Perú), donde últimamente se acusaba de Brujo a un filósofo hindú … ¡en la capital de un país, en pleno siglo XX!. El hombre es ingénitamente supersticioso, por lo menos en su condición vulgar, y esto no hay que achacarlo si no a su ignorancia y a su imaginación. La ignorancia hace creer absurdos y la imaginación así abonada crea (¡CREER ES CREAR!) impulsos correspondientes en nuestro ser, produciendo en el exterior los efectos consiguientes. No es un secreto para la ciencia que la imaginación ejerce una presión de importancia capital sobre las funciones orgánicas y que la mayoría de los seres humanos viven por su imaginación a detrimento de su raciocinio, cuando precisamente les convendría más lo contrario. En anteriores artículos he llegado a la conclusión ya, de que la misma vida es el producto “constante” –del cual somos el denominador común– de la imaginación, que en principio equivale a sugestión.

            Pero no quiero apartarme de mi tema. La Brujería existe y existirá siempre que la superstición sea una tara humana; y tanto la jurisprudencia como los médicos legistas debieran tener estos hechos muy en cuenta.

            Me acuerdo de un caso extraño que voy a presentar aquí en gracia a tantos otros idénticos que se repiten continuamente en la vida. Esto era en Caracas (Venezuela), hace poco. Un culto señor, natural del Oriente, llegó allí por una temporada. La finura de sus modales, la amplitud de su cultura, su versatilidad, la pureza de sus propósitos, el místico aspecto de su porte y, por sobre todo, su condición de hindú, le hizo inmediatamente sugestivo, atrayente, irresistible, y ahí tenemos que de mero viajero incognito, este señor, digno por otra parte de los mejores títulos, llegó a ser solicitado por todo el mundo e inmediatamente se le dio el nombre de “El Fakir”, que por esas regiones equivale a decir “Cristo”. El caso resultó edificante pues hubo de influir este personaje en muchas obras de bien colectivo, pero lo que más nos interesa aquí es la fama inopinada que se suele crear entorno a meras apariencias.

Lo seguro en este caso es que de no ser hindú ni tener rostro de aspecto nazareno, este señor no habría podido ser jamás “Fakir”; estas condiciones eran su derecho inobjetable e ineludible al prestigio. Todas las leyendas del Oriente estaban encarnadas en él – como hindú por gracia de la superstición, que no tardó en imaginarlo un semidios. Esto es verídico, y pueden atestiguarlo infinidad de personas. Pero esto es para la gente cultivada. Para la no cultivada, en ciertos círculos entregados al espiritismo (a hurtadillas) y a otras denominaciones místicas e igualmente sofísticas, “El Fakir” encarnaba la parte maligna de las leyendas orientales, y se le consideraba un Brujo… He ahí el doble punto de vista de los extremos de la superstición.

El sabio interferido, que tan merecido prestigio supo conquistar justificando la confianza que en él depositara la superstición de los cultos, apareció para la gente ignorante como la encarnación del mal; su mera presencia era de mal agüero; sus vaticinios, fatídicos, y se le achacaba la causa de todos los males. Si el suelo temblaba, era porque “El Fakir” lo quería; si enfermaba un vecino que le conocía, era culpa de “El Fakir” y si los negocios de alguien de su derredor iban mal, de seguro era porque “El Fakir” lo determinaba así.

Toda medalla tiene dos caras, es verdad, pero cuán bien aparece pintada en este caso la superstición, hecho que, por otra parte, parece repetirse en idéntica forma a través de la historia, pues los Budhas, Mahoma, Hypatia, Paracelso, San Pablo, Blavastky, y todos los grandes apóstoles de la verdad, fueron en sus tiempos venerados por lo grande que eran, por algunos, y por otros maldecidos, perseguidos, martirizados y acusados de infames impostores…la superstición, en este último caso, una vez perdida la confianza, se conforma con difamar y hacer hueras acusaciones que su imaginación morbosa se encarga de presentar como absolutas verdades, y los extremistas no vacilan en formular cargos de crímenes. Es que los supersticiosos se ven reflejados en los demás: un Torquemada cree que todos los hombres son Torquemadas, y es por eso que en su instinto criminal siempre trata de excederse a sí mismo.

Los sugestionados viven temiendo las sugestiones ajenas por tener ellos mismos conciencia de que son poderosos sugestionadores. Otro hecho cierto, digno de anotar aquí, es que las personas que suelen hacer acusaciones de Brujería contra otras se traicionan así mismas con sus propias actitudes, pues revelan tener “complejos” o sea “temores” del exterior que se confunden con “ansias” secretas REPRIMIDAS, y estas mismas personas son las eternamente interesadas en las consultas espiritas del Brujo de Moda, disfrazado de Medium; las incansables consultadoras de cartománticas y astrólogos, quiromantes, nigromantes y ministros de cultos secretos e influyentes personajes del mismo jaez; son las que hacen prosperar la hacienda de todos los embaucadores que medran con lo que ignoran y que explotan a los ignorantes que mariposean con las llamas invisibles del ¡misterio!…

¿Temerían si no creyesen? ¿Puédese referir de cosas a las cuales se es completamente ajeno, indiferente o ignorante?

¿Quién no se acuerda ahora del infeliz campesino, haitiano, aquel que en días pasados se le acusó de execrables prácticas de Brujería, por el mero hecho de haber asustado a una niñita de 4 años con su cara de cuasimodo al pasar, por coincidencia, donde esta se encontraba jugando? En seguida se formó toda una teoría de presunciones en las que las apariencias de su semblante y su sola condición de negro y haitiano, servían de evidencias indiscutibles en su contra. Pero no sería aventurado achacar toda esa brujería a sus mismos acusadores, los cuales, de no ser brujos de hecho, deben serlo potencialmente y en creencia, y no dudo que se confirmaría una vez más la teoría que acabo de enunciar.

Las supersticiones son las que obran en nosotros los peores maleficios, y la culpa de ello hay que buscarla en la imaginación descarrilada y en la ignorancia supina de bien presentados ciudadanos. ¡cuánta razón tenía el magistral novelista psicólogo Pedro de la Mata cuando decía en su obra “Los Irresponsables” que todos los hombres son potencialmente dementes!

SWAMI JÑANAKANDA

Miembro de la Sociedad Internacional de Metapsiquis y de la Sociedad Teosófica.