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SIGNIFICACIÓN DE LO “ESPIRITUAL”

“Ni vana demagogia, ni insulsa perogrullada” K.H.

Muchas gentes confunden lo “Espiritual” con la “emotividad” o con las “abstracciones" de los ideales confusos y los sistemas religiosos.

Pocos son, en realidad, los que comprenden el verdadero sentido de lo “Espiritual”, precisamente porque muchas hipótesis y teorías fantásticas del pasado han adquirido status y fuerza de dogma, y por lo fáciles y comunes son aceptadas sin compromisos ni dudas. Así se fueron erigiendo los sistemas filosóficos y las organizaciones religiosas, sin conseguirse siempre fundamentos positivos a nuestras más acariciadas creencias.

Así, los sentimentalismos han logrado cobrar una significación trascendente, y los postulados hipotéticos y confusos de las teologías y cosmogonías se han entronizado con carácter de permanencia absoluta. Muchas creencias inocentes y fantasías incongruentes han llegado a ser tomadas como absolutas realidades, simplemente porque satisfacen a la ignorancia común de las gentes, o porque convienen a la incultura imperante. Nótese si no como los sistemas de filosofía que más entraron en boga en el transcurso de los siglos fueron creados por gentes INCULTAS para gentes INCULTAS. La estulticia y la “pobreza de espíritu” se han dado la mano siempre, porque lo que prevalece es la INCULTURA, motivo de más para que florezcan los “fanatismos” y los “sectarismos”. ¿Y qué más ha habido en todo el curso de la historia humana sino FANATISMOS en incoherente promiscuidad y burdas exaltaciones y SECTARISMOS apasionados, contradictorios y fatalistas? No hay más que echar una ojeada sobre el panorama de la vida humana hasta el presente para percatarse de las tremendas complicaciones incurridas por la gente por el sólo hecho de ser fanáticas y sectarias en todos los órdenes de credos y cultos, debido a su ingénita incultura. Es que tanto la religión como la filosofía y sus aliadas la política y la cultura, se han desenvuelto siempre en terrenos poco propicios, es decir, en individuos sin preparación adecuada para esas funciones; es más, ni siquiera se han preocupado por PREPARAR o CULTIVAR A LOS INDIVIDUOS NI A LAS MASAS... contentándose con hacerles creer, forzarlas a obedecer, o seguir tales o cuales mandatos sin reparar en sus fundamentos y orígenes.

Es obvio que no todos los CULTOS y CREDOS son sustancialmente erróneos y contraproducentes, pero resultarían mucho más edificantes y beneficiosos a la evolución humana si fueran más bien productos de seres profundamente CULTIVADOS, y entonces no veríamos florecer los desatinos y las barbaridades que hemos visto prosperar al influjo de los mismos. La misma actualidad histórica pregona muy altamente las fallas y la injustificabilidad de los CULTOS, LOS CREDOS y los IDEALES de todos los “ismos” vigentes, precisamente por medio de esa falta de CULTURA que se advierte por doquier.

La genuina Espiritualidad, por lo tanto, no es sentimentalismo, emocionalidad fácil, fe ciega, ni devoción incondicional, sino más bien la consecuencia, el logro de una superación integral del ser perpetrada en la intimidad del individuo. Se es Espiritual no porque se crea en tal o cual enseñanza y se siga tal o cual culto, sino cuando se logra trascender las implicaciones defectuosas, malsanas y críticas que tienen lugar en nuestro ser a lo largo de nuestra vida.

Los grandes dogmas ejercen sobre la mente inculta una tremenda fuerza, lo mismo que las doctrinas bien elaboradas, pero no la modifican ni la perfeccionan. Los verdaderos valores del ser se desarrollan en nosotros solamente al compás de nuestros íntimos esfuerzos y de nuestras más dignificantes aspiraciones. Sin éstos, los mejores ideales resultan vanos y todos los dogmas, por muy sagrados que los consideremos, resultan inútiles.

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Algunas almas insulsas pretenden que la Espiritualidad carece de importancia, porque no trae consigo resultados prácticos.

He ahí el más común de los errores. Nada puede ser más práctico y útil en cuanto a la vida diaria como la Espiritualidad bien entendida, es decir, como la verdadera Espiritualidad.

El fanatismo, los sectarismos, las supersticiones, naturalmente, confunden y entorpecen la mente, desarman la conciencia y desvitalizan al ser en su totalidad, pero no hay que confundir estos defectos de cultura con la genuina Espiritualidad. La Espiritualidad es equilibrio óptimo de las fuerzas íntimas del ser, y es percepción perfecta y suma serenidad.

La verdadera Espiritualidad nos coloca por encima de las complicaciones y vicisitudes del diario vivir. Pero para lograr tal Espiritualidad, bien se ve que es preciso ser mentalmente fuerte y de recia contextura moral, o sea de probado carácter y de una amplitud de conciencia a toda prueba. Y todo esto es el producto de la CULTURA, es decir del CULTIVO INTEGRAL DEL SER, únicamente.

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Algunas almas enclenques pretenden que TODO SE ACABA CON LA MUERTE; TODO LO QUE SE PREGONA COMO FILOSOFIA O RELIGION ES PURA PATRAÑA Y ENGAÑOS CREADOS POR UNOS SINVERGUENZAS, PARA EXPLOTAR A LOS TONTOS… Este argumento es fácil y revela de manera maravillosa la displicencia moral y la “infelicidad” de quienes así se expresan.

Estos insignes necios reducen la importancia de la vida toda a un utilitarismo de carácter personal e incondicional. Por ejemplo, si sus aspiraciones no son satisfechas, culpan a la Providencia, y si no consiguen imponer sus más descabellados deseos, es porque no se lo ha permitido su hado fatal. Cada vez que fracasan en sus ambiciones se vuelven más recios antagónicos de la vida misma, dejándose amargar la existencia con sus propias vanidades y necedades. No son capaces de encontrar motivos para sus fracasos en su propia INCULTURA o impreparación, o en sus faltas de méritos: más fácil es renegar del “Destino”, maldecir de la “Providencia”... No obstante, si se hubiesen esforzado verdaderamente en un sentido dignificante y buscando la manera de actuar según las necesidades de las circunstancias, habrían triunfado, y entonces no se habrían dejado vencer por sus propias confusiones, vanidades y faltas de carácter, y acaso por su indecisión y torpeza.

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La debilidad de carácter y la impreparación son los elementos fundamentales de todos los fracasos de la vida, y son también los que fomentan las mayores miserias en los individuos humanos.

No saber o no poder tomar decisiones en el debido momento, y no reunir las condiciones para enfrentarse a las complicaciones de la vida diaria, es ya estar dispuesto para todos los fracasos y en condición para todas las fallas, debilidades, inconsecuencias y miserias morales.

El ser humano reúne en sí infinitas posibilidades y grandiosos poderes, pero si no los conoce y no los utiliza, de nada le sirven.

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Algunas gentes acuden a las “cartománticas”, al “brujo” del más próximo arrabal o al más aclamado “docto en ciencias ocultas”, en la convicción de que así van a resolver todos sus problemas por medio de las artes mágicas.

La verdad es que muchas gentes están dispuestas a venderse al Diablo, como se dice, por cualquier capricho, con tal de que sus problemas sean resueltos de veras sin mayores miramientos.

Esto se debe a cierta “psicosis” y “complejos” de alma, según los cuales la vía del misterio es la más rápida. Las gentes así afectadas son mentalmente incapaces de cualquier esfuerzo, y como carecen de virtudes internas, no pueden soportar sus cuitas; de ahí su afán en recurrir a la suerte del MISTERIO, cuyos agentes son esos charlatanes ignorantes que saben por lo menos tocar los puntos flacos de sus víctimas declaradas, para mantenerlas en estados de inquietud mental, que por lo corriente facilitan sus designios a la vez que provocan situaciones que modifican el curso de los acontecimientos. Esta ciencia, pues, no sería tan mala si no fuera cateada de manera inconsecuente y si fuera manejada por genuinos sabios, o bien si fuera mejor conocida por el público, que entonces aprendería a conocer las inmensas reservas de capacidades que radican en lo íntimo de su ser.

Se ha dicho ya repetidas veces que la FE obra milagros. La expectación mental, la creencia sincera y la voluntad invencible también obran sus milagros. Lo conveniente sería que estas tremendas fuerzas fuesen utilizadas conscientemente y sin necesidad de recurrir a las pocilgas o a los exóticos gabinetes de los “magos, astrólogos, cartománticos o brujeriles....”

Es que la inmensa mayoría de las gentes no han aprendido todavía a CREER EN SI MISMAS, ni a descubrir sus propias posibilidades.

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No son pocas las gentes que, como éstas últimas aludidas, ven en los RITUALES un refugio seguro y hasta una ciencia positiva para el logro de todas sus aspiraciones.

Un gesto, una monería, la repetición mecánica de alguna letanía, un berrido calificado de Mantram, una ceremonia de disfrazados o cualquier payasada en un ambiente repleto de humos de incienso... ¡y ya está, están en comunicación con las potencias divinas...!

Si esto último fuera tan fácil, ¡ya el mundo estaría en buen camino de cultura y evolución, y quedarían pocos desvergonzados y criminales en la especie humana....!

La sinceridad, como la honda fe, como indicábamos más arriba, es capaz de obrar milagros. Pero entonces, un profundo CULTIVO del ser bastaría para disponernos para obrar todos los milagros imaginables. ¿Por qué no escoger este recurso, que es mucho más constructivo? A la postre, todos los rituales debilitan el carácter y obnubilan las facultades mentales.

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Los grandes ilusos son los más grandes creyentes. Ahí están, si no, los TALISMANES, que portan y procuran con inusitado afán ciertas personas siempre postradas ante alguna misteriosa magia, rindiéndole culto irrestricto al “acaso” y a los ídolos informes de su fantasía.

Estos ilusos llaman a esto “misticismo”, y es una vulgar superstición, cuya única fuerza radica en la insistencia mental o en la fuerza de la fe.

Los talismanes, por regla general, son costosos ¿Por qué? Eso es secreto de los charlatanes que los confeccionan. Pero, preguntémonos alguna vez ¿Por qué estos cobran tanto por sus artefactos si son tan poderosos? ¿Por qué no los regalan, siquiera a prueba?

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También hay el advocador de los encantamientos y las invocaciones, que descubren “espíritus” desencarnados o sueltos por doquier, que están siempre listos para ayudar a los demás.

Tan pronto hacen girar un trípode ad hoc como consultan la Tabla Ouija, o bien se entregan a los azares de cualquier acceso de epilepsia o de semi-hipnosis, dizque para escuchar la voz autorizada de ultratumba.

Y lo que pasa más a menudo es que las tales experiencias son de orden psíquico y producidas por emanaciones mentales, cuando no son simples supercherías o auto-sugestiones.

De todos modos tales consultas raras veces pueden equipararse con las indicaciones que se pueden lograr por intermedio del juego libre, coherente y acompasado del raciocinio bien educado.

Y aún así, estas experiencias distan de revestir un carácter genuinamente ESPIRITUAL, puesto que son objetivas y circunstanciales.

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La experiencia puramente religiosa también suele ser confundida con lo Espiritual. Pero éstas son más bien de un orden psíquico, cuando no expresamente una simple metafísica.

La genuina Espiritualidad es una esenciabilidad, y expresa lo fundamental de nuestro ser.

La genuina Espiritualidad es un logro, una conquista, una experiencia trascendental que se logra o adquiere como resultante de notables excelsitudes íntimas y valores adamantinos de nuestro ser.

Algunas almas confusas pretenden que la Espiritualidad está reñida con la actualidad e implica un alejamiento de la vida o incurrir en extremas abstinencias o continencias que nos privan por completo de las más apreciables delicias de esta vida, en fin, una renunciación categórica a la vida plena para entregarse a exageradas abstracciones, eludiendo todo positivo esfuerzo y los éxitos que representan en todas las circunstancias de la vida. El denegarse toda alegría, rehuir toda felicidad, condenarse a una vida morbosa, abatida, anémica e infructuosa, a nuestro entender, es una obvia “cobardía moral” o un “beato ensimismamiento” nada edificante.

La verdadera Espiritualidad es vida plena y triunfante. Los vencidos y atormentados no pueden ser Espiritualistas. Es conciencia resplandeciente, exaltación magnífica de poderes interiores, SUPERACIÓN CONSCIENTE y máximos logros de la fortaleza íntima. Por eso la genuina Espiritualidad produce siempre alegría, es fuente de incontables éxitos y suma dicha; es la realización de lo trascendente, vida perfecta.

La auténtica Espiritualidad, en fin, es una MAGIA SUPERIOR. Ser espiritual, verdaderamente, es trascender las banalidades y complejidades de la vida, sin rehuirlas, es responder al más sublime y trascendente sentido de la vida. Por eso la espiritualidad no es sombría ni pasiva, ni negativa: no es una enfermedad, ni ninguna fatalidad. No huyamos de la Espiritualidad. Aprendamos su genuina significación, su trascendente MAGIA. No la juzguemos según el criterio de quienes nunca han hecho otra cosa que desprestigiarla, falsearla y hacerla imposible con sus dogmatismos absurdos, con sus sectarismos incoherentes y con sus imposturas siempre desoladoras.

ESPIRITUALIDAD no es credulidad fatua o irresponsable; es plena cordura, suma serenidad; trascendimiento de lo vano e incidental, y maestría sobre lo temporal. Y esto no se logra sino a través de un serio CULTIVO INTERNO, por el esfuerzo propio, sin que las mediaciones ajenas nos sean propicias en modo alguno, puesto que NUESTRAS FUERZAS SON LA CONSECUENCIA DE NUESTROS ESFUERZOS.

Pr. OM Lind Schernrezig