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El siguiente, es un artículo que sirvió de Editorial a la Revista ARIEL No. 68, publicada en Julio de 1956, Volumen 10. Este artículo cobra especial significación y oportunidad en los actuales momentos del mundo, y muy particularmente en ciertas regiones que sufren con horror la inclemencia de la violencia atroz, que irónicamente se ve incrementada y arrasa con mayor furia cuando más se habla de paz.

PAZ,     PAZ,    PAZ,

Paz, he ahí lo que más necesita nuestro mundo.

Empero, ni la paz moral y social, ni la paz mental son posible si no hay una actitud espiritual de genuina dignidad detrás de todos nuestros empeños, es decir en el fondo íntimo de nuestro ser.

Ya está bien demostrado, no hay paz posible sin Respeto del Derecho Ajeno, ni tampoco dignidad propia sin Reconocimiento de los Valores de Nuestro Prójimo. Se podrá argüir todo lo que se quiera en defensa de nuestros propios derechos o para hacer valer lo que pretendemos con dignidad nuestra, pero si no hacemos de manera sustancial la paz en nosotros mismos, no es posible lograr ni el establecimiento ni el disfrute de la paz en derredor nuestro. Si no hay paz en nosotros mismos, somos agentes de arbitrariedades, inquinas y violencias que hacen de la vida un infierno donde quiera que nos encontremos.

Cuántas veces oímos a distintas personas pregonar las virtudes de la Paz, o bien de la Fraternidad, la Caridad, la Justicia, la Espiritualidad, el Reino de Dios, y nos quedamos atolondrados por sus finas expresiones. Nos pasma su elocuencia, y nos quedamos como electrificados por la fuerza de sus propósitos. Empero, como raras veces los hechos acompañan a las palabras, los alelados no tardan en verse libres de sus ilusiones, así  como de las alucinadoras promesas irrealizadas.

Esto sucede también en los pueblos. Cuántas veces vemos grandiosos planes desplomarse ante la realidad, perdiendo toda fuerza moral y todo afecto espiritual. La famosa Carta del Atlántico, por ejemplo, no deja de ser uno de los más trascendentales documentos de la historia humana. Hoy en día, apenas se le menciona, y se le repudia o contradice en la práctica casi a diario. Lo propio sucede con la Ley Mosaica, cuyos Diez Mandamientos parecen haber sido promulgados para ser frustrados y menospreciados hasta por sus más entusiastas pregoneros. En cuanto al sublime Sermón de la Montaña, huelgan los comentarios, pues entre los que se ufanan de seguir y amar al Divino Maestro Cristo, no abundan los Kempis, Saul, Angelo Silesius, Poverello de Asis y el Cardenal Mercier.

Quien dice paz, dice justicia, bondad, equidad, rectitud moral y dignidad. Para que haya verdadera Paz, debe prevalecer el espíritu de Cristo, o sea en vigencia superlativa y gloriosa el Reino de Dios, que, dígase lo que se quiera, no es privativo de ninguna organización terrenal ni posesión exclusiva de ninguna persona en particular. Vivir como Cristo indica, es ser de veras digno del Reino Divino, que es la regencia de la voluntad de Dios en la tierra como en el cielo.

No, la Paz verdadera no es asunto de doctrinas o teorías. Hay doctrinas perfectas sobre el papel que nada dicen al espíritu ni tienen significación cosmológica. La paz debe realizarse en lo hondo de nuestro ser, floreciendo con nobles sentimientos y sublimes ideales, en magníficas gestiones de virtudes vividas y no simbólicas o de atuendo oropeloso circunstancial.

No, no se trata aquí tampoco de la paz del ermitaño o del eunuco, que no tienen ni oportunidad ni apetencia o poder para vivir plenamente, sino la del individuo que sabe enfrentarse a la vida real de cada día con suma dignidad templada en nobles designios y animada por una voluntad reciamente dedicada a la espiritualización y la divinización del ser. La paz no es sólo la beatitud mística de quienes no tienen contactos permanentes con ella, sino, sobre todo, la fuerza moral frente a los embates de la vida, y la dignidad espiritual cuando flaquea la carne y se tambalean las instituciones humanas. De hecho hay sublime paz creadora y Divinamente dinámica en la madre que sabe sacrificarse sin jamás quejarse, lo mismo que en el sabio que vive dedicado a la ciencia sin pensamiento ni esperanza de paga o gratitud. También hay paz en el heroísmo del educador y del idealista que podría detestar el ambiente y maldecir de la realidad que columbra, pero que prefiere empeñarse tesoneramente y sin queja en remediar los males del mundo deshumanizado e inmundo.

Paz es grandeza de alma y corazón frente a las durezas de la vida. Paz es suma dignidad cuando se ensañan con nosotros los enemigos de la dignidad, de la  Libertad y de la felicidad humana. Paz, es también, saber Fraternizar en vez de odiar, condenar, maldecir y excomulgar. Paz es acercar y unir en vez de dividir y antagonizar. Paz es buscar soluciones a los problemas, en vez de criticar y condenar. Paz es saber contemporizar con las diferencias de la vida, y tolerar las distintas manifestaciones de la conciencia humana, en vez de presumir con necia arrogancia de perfectos y divinos... Paz, en fin, es saber Dar para merecer mejor lo que anhelamos así como lo que de Dios hayamos de recibir.

Paz, es cooperar, en vez de pretender mandar; y si obramos en nombre de Dios, que sea como Dios manda. No vaya a ser que sólo haya una simple presunción de virtudes de paz, de justicia, o de caridad, cuando en realidad prima una cruda y funesta realidad antitética,  o sea lo opuesto. Los comunistas, por ejemplo, pregonan la paz pero ni la viven ni la hacen posible, como bien lo demuestran la saña y el cinismo que son su mejor característica. Los parásitos también tienen sus presunciones, sus orgullos y sus arrogancias, pero aunque se vistieran de puro oro seguirían siendo vulgares y detestables así como peligrosos animaluchos. En la escala antropogenésica es presumir virtudes y no vivirlas, o proclamar grandezas sin estelas de ejemplaridad; es ser infrahumano o satánico.

La paz del bosque silvestre, como la paz del firmamento infinito, merece ser imitada, pues cuando se la entroniza en nuestro ser ninguna tormenta mundana puede afectarla y siempre sale triunfante sobre los embates de la vida.

Si queremos la paz, hagámosla, ante todo, y sobre todo, en nuestra mente, en nuestro corazón, en nuestra conciencia, y luego florecerá gloriosamente en nuestras amplitudes espirituales sin limitaciones ni emaculaciones por los complejos y las tragedias mundanas.

Kismet

París, 25 de mayo de 1956.

 

La PAZ es una consecuencia, no una causa.

La PAZ es un fruto, no una semilla.

La PAZ es el fruto de la Gentileza Bondadosa, el Servicio, la Dignidad y la Compasión. Donde sea falte una de estas cuatro Fuentes de la PAZ, hay lucha, codicia y guerra.

El SILENCIO y la PAZ surgen de la realización del deber cumplido, y frente a los problemas que no se pueden enderezar de una vez, cuando nos volvemos conscientes de nuestras potencialidades, y verdaderamente actuamos gentilmente pero efectivamente.

Sabemos en que consiste el real SILENCIO, cuando creamos y fructificamos.

Alcanzamos la PAZ solamente cuando hemos vivido la parte que nos corresponde en el gran Concierto de la Realidad Universal.

La PAZ es el descanso que surge después de grandes luchas y conquistas.