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POR QUE NO SOY COMUNISTA

New York, 14 julio 1932

Si estoy en un error, pruébamelo.

Si te hago una proposición errónea, muéstrame el peligro
.

Durante estos tiempos de incertidumbre ideológica, de cambios sociales y revalorización de conceptos, es natural y justo que cada uno aporte de sus labores una parte de trabajo para ayudar a la reconstrucción de nuestra civilización. Es indigno de hombres de voluntad ser tibio de ideas, neutral de sentimientos o tener un carácter amorfo. Uno debe ser algo y serlo enteramente. El delito moderno, es no ser nada y huir de todo esfuerzo.

Voy a decir por qué no soy comunista.

No soy comunista:

I.                 Porque el Comunismo o doctrina marxista ignora la espiritualidad.

II.                 Porque desprecia a la naturaleza humana y la subordina a groseros convencionalismos.

III.                Porque hace al individuo esclavo de un poder desconocido equivalente a una tiranía, llegando a formar parte de una maquinaria que detenta el poder, y no es la imperativa expresión del humano dinamismo, sino más bien una constante abstracción sin trascendencia concreta y efectiva, debido a que se asienta en un colectivismo fundado en la negación de los valores del individuo.

IV.               Porque niega al ser humano la conciencia individual y por esta causa le reduce a impotencia personal y le obliga a renunciar a toda trascendencia interna, forzándole a vivir de acuerdo con un patrón general que no puede ser armónico, porque está basado en un conglomerado amorfo de individuos privados (dictatorialmente) de todo valor, a pesar de su poder como colectividad.

V.                 Yo no creo en la doctrina comunista de la igualdad de trabajo e igualdad de compensación, que obliga siempre a hacer un trabajo común, uniforme, sin la debida preparación o vocación, efectuado a la fuerza, y que remunera igual al indolente y al activo, al egoísta y al altruista, al culto y al ignorante, al hombre y a la mujer, al viejo y al joven, y al técnico o práctico y al que no lo es. Esto contradice toda lógica y serena filosofía. En cambio, una remuneración proporcionada al trabajo, méritos y servicios es mucho más lógica y más humana. Asimismo, la igualdad de trabajo es algo tan anticientífico como inhumano. Pero la doctrina comunista ha terminado ya en quiebra en la propia Rusia (en donde han sido ya experimentados sus graves defectos), pues con el objeto de asegurar el éxito del Plan Quinquenal, se fijaron proporcionados salarios para ingenieros, mecánicos y obreros especializados, en una larga escala jerárquica que termina en los obreros ordinarios. También ha sido establecido en la propia Rusia Soviética el sistema de pagos a destajos o salarios por labor realizada, y no por días de trabajo. Este es, por consiguiente, el principio de un gran cambio al que aspira la clase obrera de todo el mundo.

VI.               Yo no creo en la eficacia del sabotaje y terrorismo, propio del sistema comunista. Yo no puedo creer que un defectuoso estado de cosas, que es el producto de una baja evolución social, pueda ser eliminado prematuramente, por derramamiento de sangre, por destrucción o por violenta obra revolucionaria de un Gobierno. La inteligencia humana tiene a su disposición mejores recursos, pues para defender un ideal no es necesario convertirse en una bestia salvaje.

VII.             Yo no creo en la propaganda ostentosa del Comunismo, porque está basada en la miseria y en los sufrimientos, y no en las supremas necesidades del hombre. El Comunismo es el producto de ilusiones y conformidades, pero no es hijo de la Sabiduría. El Comunismo encarna el instinto humano, pero no el espíritu. Dicta leyes para reparar daños, pero ignora los principios que gobiernan a la naturaleza humana.

VIII.           Yo no soy comunista porque no puedo reconocer un valor preponderante al colectivismo, que es la expresión de una psicología gregaria de almas débiles, incultas, seniles, enfermas, abyectas e inconscientes.

IX.               Yo no creo en la doctrina comunista que propugna el asalto al Poder y el establecimiento de una Dictadura del proletariado. Toda clase de Dictadura es injusta. Y un fin ilusorio de bondad no comprobada no puede justificar medios o procedimientos nefastos. Con todo respeto para el proletariado, yo considero una locura que desee o necesite obtener el Poder, pues si bien tiene la fuerza, no posee en cambio las necesarias aptitudes o facultades, como vemos en Rusia y en otros países de regímenes similares. Por el contrario, en todos los países en donde el voto es libre y respetado, todos los cambios políticos y sociales son hechos por la voluntad de los que votan o por un Parlamento, y Países Escandinavos, vemos que el Comunismo no ha hecho progreso alguno, lo cual prueba que la mayoría de los ciudadanos, y especialmente los obreros o trabajadores, no están a su lado. El sufragio tiene sus defectos y ofrece algunos inconvenientes, pero ello no justifica los regímenes dictatoriales de algunos pueblos abúlicos que sienten la pesadumbre de no ser comprendidos, y por esta razón creen deben tener el derecho de delegar en una mayoría la reparación de los abusos de una minoría.

Desear imponer un proletariado tirano en todo el mundo, semejante al ruso, con sus 30 años de poder, equivale a perder el sentido de la realidad y condenar previamente toda lógica razonable. ¡Treinta años de despotismo, de suspensión de la libertad de pensamiento, del carácter, de la opinión, de tiranía en cosas materiales y en asuntos espirituales, en costumbres y hasta en gustos! ¡Treinta años bajo la férula de 200.000 sectarios de la Checka, sin que se pueda viajar libremente por el país, sin que se pueda gozar de íntimas comodidades o placeres mentales! ¡Aprisionado durante treinta años bajo el yugó de los censores! ¡ Durante treinta años, el comunismo, en vez de asegurar un progreso humanitario, ha destruido todo deseo de renovación del espíritu humano, produciendo una regresión tan formidable, que el día que ocurra la explosión de estos nuevos complejos, se producirá el más grande estado de barbarie de todos los tiempos, debido a la servil psicología del pueblo, que el régimen comunista crea. La Inquisición y la Revolución francesa cayeron en semejantes equivocados ideales, pero afortunadamente sin mayor trascendencia.

X.                 Yo aborrezco la pretensión comunista de establecer un control de la conciencia religiosa, de las verdades filosóficas, de las reflexiones intelectuales y de todo sentimiento estético. Estos valores, estas fuerzas, pertenecen a una intangible realidad, y por consiguiente, no pueden ser organizados, ni controlados, ni subyugados o amordazados, en otras palabras, no pueden ser “proletarizados”. La Revolución francesa incurrió en el mismo ridículo con el intento de regimentar todas las cosas; no obstante, los iconoclastas han demostrado su quiebra. Para conseguir la aprobación del régimen ruso, tiene que ser de acuerdo con una norma proletaria para exaltar y servir de propaganda al comunismo. Por doquier vemos el culto a lo grosero, el odio a lo refinado, el delirio por una igualdad de todos los seres humanos, que llega hasta el grado de una mística que es feroz intransigencia, tan fanática como todo lo que procede de rígidos dogmas. Estos dogmas, tan absurdos como incongruentes y contra natura, son “la antiburguesía y el anticapitalismo”. Todos los más necios misticismos parece que se dan cita en el alma rusa moderna, cuyo ideal de renovación social consiste en que todos puedan consumir en la misma proporción que lo hace un obrero, y pensar y obrar a semejanza de lo que los proletarios rusos piensan, hacen y necesitan.

XI.               Yo no soy comunista porque aborrezco y desapruebo la doctrina comunista de guerra de clases, que divide a la humanidad en dos feroces castas desgraciadas e irreconciliables, y predica el odio y la destrucción como la única fórmula para una renovación social, atribuyendo solamente al proletario la habilidad para establecer un justo medio de vida para todos los seres humanos. Tan pronto como estos medios son puestos en acción, el ideal resulta imperfecto y defectuoso y nunca será capaz de justificar los numerosos errores e infamias cometidos y ensalzados en el altar de la vanidad y del capricho humano. Pero una cosa está fuera de toda duda, y es que el comunismo carece de toda trascendencia.

Carlos Marx, un judío occidentalizado, pone en sus lucubraciones políticas y económicas toda la primitiva ferocidad de las Escrituras hebreas, cultivando en forma semejante tan nefasto fuego a través de 20 centurias de persecución, fanatismo e ignominia. En los escritos de Marx se puede observar toda la incongruencia, inconsistencia, contradicciones y vanidad que se encuentra en los antiguos libros hebreos. Lo mismo que para los antiguos judíos, en todo el mundo, solamente existen dos entidades humanas: los proletarios y el pueblo escogido. Este debería odiar y exterminar, sin compasión a aquéllos (conforme al mandato a Jehová a los Israelitas que habitaban la tierra prometida) a fin de que la impiedad de los gentiles no contaminase la pureza del dogma  ¡Qué pesadilla para los que no son el “pueblo escogido”!

Sólo en Rusia hay más de doce millones de personas, hombres, mujeres y niños de toda edad, que pertenecen a la antigua clase burguesa y a la fenecida aristocracia, los cuales están privados totalmente de sus derechos civiles y políticos, e incluso de todo medio legal de existencia y de humana consideración, privados de sus casas y propiedades, privados de alimentos, perseguidos, maltratados e incluso fusilados con el más pequeño pretexto. Estos desgraciados seres humanos están reducidos a la más grande miseria y sometidos a la peor y más degradante esclavitud, convertidos en bestias fugitivas, en perros maleantes, en detritus humanos de peor clase que los “intocables” de la India. ¡Qué paradoja! Esto, después de veinte centurias de Cristianismo y en la progresiva Edad de la electricidad, de la aviación, de la maquinaria científica, que ha reducido a casi nada el tiempo y el espacio! Estas desventuradas gentes no pueden emigrar y mueren de hambre y frío sin compasión alguna, expiando el delito de no ser proletarias! ¿Habrá llegado ya una nueva Era Bíblica, el Nuevo Advenimiento de la ferocidad del Jehová de los antiguos hebreos y el final establecimiento del reino soñado por los israelitas? Este culto al odio y a la venganza es verdaderamente una ofensa a la ciencia moderna y un desafío y burla a Cristo y al espiritualismo contemporáneo.

Yo no puedo creer que la renovación social pueda ser realizada por la exclusiva acción de una clase y por una guerra social sin cuartel, sino más bien por una transformación natural, progresiva y armónica de toda la especie humana, de acuerdo con una justicia económica y mutuos intereses, que permitan la utilización de todos los elementos de cultura y progreso que cada grupo o sociedad sea capaz de aportar. La verdadera justicia es aquella que se estableció naturalmente.

XII.             Yo no soy comunista, porque el comunismo es contrario a los intereses de la naturaleza humana, porque sus utopías no pueden traer felicidad al mundo, su feroz sistema de odio no puede establecer un régimen de justicia, y su intolerante despotismo hace la vida insoportable. No obstante, yo pienso que la mística comunista es una válvula de seguridad para los sufrimientos presentes, pues la pobreza de ayer necesita convertirse en la opulencia de mañana, y los parias de un tiempo sueñan con su elevación al Poder. Podemos observar que no existen ricos convertidos al comunismo, sencillamente porque el comunismo no es una necesidad absoluta, de la naturaleza humana. Pero en cambio, hay comunistas ricos, lo cual prueba que los principios o preceptos comunistas no son seguidos ni en la propia Rusia.

El día que yo vea que los opulentos de todo el mundo se conviertan al comunismo por íntima convicción y que renuncien espontáneamente a sus riquezas, y que B. Shaw, los embajadores de la U.R.S.S. y todos los funcionarios de Rusia (que viven en palacios y no en casas semejantes a las de otros comunistas de los suburbios de Leningrado o Moscú), cuando yo vea renunciar a la “burguesía” en sus hogares y pongan fin a su Poder, solamente ese día creeré en una justicia social y en un equitativo reparto de riquezas en el mundo, y entonces veremos la desaparición de todos los inconvenientes del comunismo. Así yo creeré en el comunismo, porque yo soy un comunista de acuerdo con el Ideal, pero no de acuerdo con los nefastos procedimientos que emplean los llamados comunistas.

Yo no digo que el régimen capitalista y la sociedad burguesa sean mejores que el régimen soviético y las doctrinas comunistas. Yo no puedo escoger entre ambos en sus actuales condiciones. Pero lo que yo no puedo admitir es que, bajo la apariencia o ropaje de una “regeneración de la vida social” y que bajo la acción de un ciego impulso de justicia en todos los órdenes de cosas, se pronuncien medios tan absurdos y se traten de establecer regímenes políticos peores que los que se pretende reemplazar.

Si yo no puedo crear algo mejor, es preferible no destruir nada.

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Reimpreso en Panamá por el “Templo Universal de la Verdad No.49
Gran Logia Esotérica Panameña

de la Masonería Reformada y Espiritual

Y por la: UNIVERSIDAD ESPIRITUAL EN COLOMBIA