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En el pasado número de ARIEL se publico un muy interesante artículo sobre los Incas de la autoría del polígrafo Mario Roso de Luna. Reeditamos ahora este artículo extractado de uno de los Órganos de Difusión Oficial de la ALIANZA UNIVERSAL

EL INCA

Tomado de la Revista Renacimiento Espiritual Año III.
Enero y Febrero de 1938, Nos. 22 y 23 Pags.12,13,14.

 

Cuenta la historia ancestral de los aborígenes de la América del Sur, que hubo, en tiempos lejanos, un gran Imperio, que abarcaba una extensísima región comprendiendo la mitad de Chile, casi todo Bolivia, todo el Perú y en fin todo el Ecuador y gran parte de Colombia y se llamaba TAHUANTISUYO.

La primitiva capital de tal imperio era el Cuzco durante la época vernal, y Quito en la estival.

Aquel gran Imperio era el reflejo de grandes instituciones, que a su vez provenían de una sapiente legislación social y filosófica que inspiraban grandiosos mitos y creencias legendarias.

El pueblo era de incomparable estatura moral y en él reinaba la paz, porque era laborioso y no tenía nadie tiempo de ser innoble o fanfarrón.

La religión que así amalgamaba a estos indígenas era simple en sus dictados y severa en sus formas. Sus rigurosos ritos se conformaban a las características de las estaciones y seguían las naturales y esplendentes enseñanzas del Sol y la Luna en sus diversas formas de actuación. Culto antiquísimo, pero de fantástico realismo, aún cuando llegaron los Conquistadores Españoles. A la sincera sencillez de sus preces, se unía la fastuosidad de sus modales y la altivez incorruptible de sus gestos.

Ciudades milenarias atestiguan en la actualidad la grandeza moral y la riqueza inefable de este extraño imperio, cuyos santuarios están enclavados entre los nevados penachos de los Andes, como Ollantaitambo y Huanuco, o a orillas de lagos sagrados, como el Cuzco y Tiahuanaco, o ya en pampas como Arequipa, Víctor, Lima y Quito. Hoy, no queda de ese grandioso imperio sino vagas leyendas. Su raza sobrevive, pero permanece muda y triste, como llorando su fatal hado, riéndose soberbiamente en sus calamidades o ya llorando cuando expresan gozo, pues por sobre todo vive el recuerdo grandioso de su pasado, que se resiste a considerar como algo perdurablemente fenecido. ¡El Imperio no existe ya sino en el corazón dolorido de esa gran raza milenaria y en la vista glauca de sus soñadores descendientes!

Deslizase la vida del indígena incásico al son melancólico de sus quejas, manejando sus rebaños de llamas, siempre taciturnos y cabizbajos, como rumiando su dolor y amargura por la perdida grandeza. Sus sones y cantos son lamentos que se elevan al cielo límpido de las alturas, donde las pompas reales, sin igual, daban vida y dicha a toda una raza, ¡como clamando por el retorno del Inca o Emperador-dios!

Cuenta la leyenda que en lejanísima época hubo un gran cataclismo o diluvio – y apareció sobre las azules aguas del lago Titicaca (4000 metros sobre el nivel del mar), el primer Inca, Manco Capac de nombre, Hijo del Sol y de su hermana la Luna.

Aquel Inca, bello y esplendoroso, hizo esposa suya a la Luna para poder tener progenie humana. En su mano derecha, sostenía una barra de oro, símbolo de poder. A su esposa, la tenía siempre en su brazo izquierdo, simbolizando así el amor. Tales eran sus atributos: Amor y Poder, abarcando la vida y la muerte. ¡Por el Amor, debía erigir su imperio y darle riqueza!

Cuéntase, en fin, que caminó durante largas semanas, hasta que al fin llegó a un sitio que le agradó y ahí plantó su vara de oro, de acuerdo con la voluntad Divina, fijando así el lugar donde debía erigirse su Capital, Cuzco.

Pasaron muchas generaciones, acaso siglos, hasta que prosperó el imperio de tal manera que cuando los conquistadores descubrieron el Cuzco, no podían menos que compararla con Roma, por su extensión y belleza, por sus riquezas y fastos, lo mismo que por sus sabias leyes y magníficos edificios.

Manco Capac es un personaje legendario, como lo fueron Zoroastro, Denatat, Lohengrin, Elías, Serapis y Quetzacoatl, entre otros grandes tipos de los cultos solares de la antigüedad. Mas es posible que el Manco Capac al cual se refiere la historia peruana no sea el original y que, por llevar su mismo nombre, se le emparente con la divinidad solar, con el panteón filosófico de esta maravillosa raza primitiva.

Conócese de idéntico caso en México, donde el histórico Quetzalcohuatl suele ser confundido con el mitológico Quetzacoatl y en Persia donde se registra la existencia de 18 Zoroastros.

El hecho es que el original Manco Capac es una deidad solar. De ahí que nadie sepa exactamente cuando llegó a la tierra. Solamente se sabe que representa o encarna una grandiosa realidad. Así resulta con todos los grandes mitos. Pero estos Mitos son la sustancia vital de los grandes pueblos, ¡La sal de la historia, su misma razón de ser!  ¡Por eso mismo se llega a emparentar a los primitivos héroes con las figuras básicas de los grandes cultos místicos-mitológicos!

El Inca Manco Capac era Verbo Espiritual por esencia, por su origen. Por eso las características de los incas es la mansedumbre y el amor, que colman su corazón y fortalecen su mente en la sencillez que vence todas las penalidades de la vida y en la cordura que impone la paz en todas las circunstancias.

Los emperadores del imperio Tahuantisuyo eran todos Hijos del Sol, o sea descendientes de Manco Capac, el primer hombre grande que hubo sobre la tierra entonces y que dio existencia a esa raza privilegiada por su fuerza de carácter en las lides de la vida y por su mansedumbre frente a los mandatos  omnipotentes del soberano Inca que encarna al Sol.

***

Un puñado de hambrientos y malévolos conquistadores al mando de Pizarro bastó para destruir aquel grandioso imperio, que no estaba preparado para lidiar con las maldades de los civilizados europeos, cuya capacidad de ambición, lujuria, vanidad y odio desconocían por completo ellos, ¡los humildes pero altivos Hijos del Sol!

Fue bajo el reinado del Inca Atahualpa que ocurrió la gran desgracia. Los civilizadores hispánicos, bajo la inspiración incalificable de ministros del Dios Hebreo helenizado por Aristóteles y luego romanizado por los Concilios y las Inquisiciones, puso en vigor todos los trucos nefandos de la barbarie para someter al sabio y genial emperador, quien tuvo la desdicha de encontrar disparidad entre las enseñanzas del Cristo-Dios de los blancos y sus procedimientos, que eran de expoliación, de violaciones, de vejámenes, de maltratos y de crímenes y toda suerte de infamias. Entonces se le quiso hacer reconocer por la fuerza la grandeza inmarcesible del Credo Cristiano. Su digno rechazo, que revelaba en él una conciencia recta y elevada, motivó su encierro. Un rescate consistente en cantidades de oro llenando toda una sala hasta la altura de cabeza fue pedido. El Inca siempre noble y deseoso de librarse de tan bellas piezas convertidas en ejemplares de cristianismo, en la creencia que conseguiría que fueran a su patria lejana de la cual nunca debían haber salido esos monstruos con figura humana, levantó en alto el brazo y ordenó: ¡hasta ahí de oro!

Veía el Inca que los cristianos hispanos querían oro más que otra cosa. Sus súbditos de todas las latitudes empezaron a llevar oro en abundancia, logrando llenar la habitación de reluciente oro. Pero la codicia de los flamantes civilizadores no podía satisfacerse tan fácilmente, menos aun cuando veían afluir con tanta facilidad el precioso metal. Entonces pusieron a muerte al Inca y procedieron a la conquista del imperio.

Así desapareció un gran imperio, con una civilización moral como no ha conocido jamás el mundo occidental, ni antes, ni después.

Mas el mito sigue viviendo y el día que los incas lo impulsen con un poco de fuerza de voluntad, volverá a florecer. ¡Cuado llegue ese día, la felicidad y la grandeza humana habrá tenido nuevo amanecer, hoy más necesario que nunca!      -

Dayananda OM