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Los Incas

Es usual otorgarle el término de indio a una persona cuando se le quiere denigrar, desprestigiar y calificarle como bruto, ignorante, inculto o incivilizado y atrasado. Los indios de nuestra época son vistos por los “civilizados” como bichos raros, anclados en la prehistoria y sin ningún mérito ni nada digno de tomar en consideración a su favor bajo los cánones y costumbres del “hombre civilizado”. Así, se les explota y desplaza de sus territorios adentrándoles cada vez en las zonas más inhóspitas, a donde no llegue la mirada de los “civilizados”. Mientras más ocultos tanto mejor.

Y a decir verdad, en los países latinos, en cuyas raíces se encuentran múltiples tribus indígenas, y cuyos cimientos se encuentran anclados en siglos remotos de la historia humana, mucho más vetustos de lo que la gran mayoría de personas no interesadas en estos asuntos se imagina, la gran porción de sus pobladores se sienten avergonzados, acomplejados por sus ancestros y les cuesta aceptar y dejar entrever sus orígenes indígenas.

No es la finalidad de este articulo entrar a relacionar las grandes tribus de otrora, sus portentos y maravillas, que aún hoy dejan atolondrada a la inteligencia humana al no encontrar explicaciones a las mismas. Por fortuna se encuentran hoy en día abundantes escritos que rescatan la memoria y grandezas de nuestros ancestros y cada día se descubren nuevas evidencias de su maravillosa cultura. Uno de estos escritos, y que se encuentra referido a la Cultura INCA, lo leí en los Capítulo once y doce de una extraordinaria obra del gran filósofo y humanista español Mario Roso de Luna, “El Libro que Mata a la Muerte o Libro de los Jinas”. Los siguientes son algunos apartes sacados de estos dos capítulos, algunos de ellos entresacados a su vez en una de las más hermosas obras de la época: los Comentarios reales de los Incas, o Historia general del Perú, escrita en el siglo XVI por el célebre inca Garcilaso de la Vega.

Constituya el presente artículo un humilde homenaje a la memoria del Imperio Inca, de quienes tanto necesita aprender la civilización de los actuales días.

Luis Eduardo Sierra
Director ARIEL


Los Incas.  Por:  Mario Roso de Luna


“El día en que se haga un estudio desapasionado y teosófico del maravilloso Imperio de los incas será un gran día para la humanidad, porque habrán de esclarecerse cosas e instituciones que aun hoy, en medio de nuestra decantada cultura, constituirían un gran progreso social.
 

… tenemos, como documento vivo de tamañas grandezas, las investigaciones del doctor Squier en las ruinas de Pisac, y otro bien reciente, que se titula “Por las tierras maravillosas del Perú”, viaje realizado en 1912 por la expedición peruana, bajo los auspicios de la Universidad de Yale y la Sociedad Nacional de Geografía, por Hiram Bingham, viaje publicado, con 244 soberbias ilustraciones, por el Magazine of the National Geographic Society (Memorial hall, Washington D. C., volumen XXIV, núm. 4, abril de 1913)... Dicho sabio norteamericano exploró la comarca, desde 1906 a 1911, descubriendo y excavando en 1912 las ruinas de la gloriosa ciudad inca del río Urubamba, llamada Machu Pichu, uno de esos últimos baluartes de la raza, jamás hollados por la planta de los conquistadores. . .  Es hoy la tal ciudad, con sus bastiones escalonados, su acrópolis, sus fuentes, templos, palacios y escalinatas de granito, "el más asombroso grupo de ruinas descubiertas desde la conquista", en el gran cañón del Urubamba, la parte, quizá, más inaccesible de los Andes (Ritisuyu, o "la Montaña Nevada"), a orillas de un espantoso precipicio que vuela 200 pies sobre el río, y a 60 millas al norte del Cuzco. 

… los largos capítulos que Garcilaso de la Vega consagra a la sapientísima legislación inca, legislación que si la admitiesen los pueblos europeos acaso se ahorrarían muchas lágrimas derivadas del insostenible contraste actual entre el lujo y la miseria, que jamás se diera entre los incas ni entre sus similares del antiguo mundo. Entresaquemos algunos ejemplos de ello.

En el capítulo XLI de la obra de Garcilaso, bajo el título de Niegan los indios haber cometido delito alguno inca de la sangre real, se nos dice: "No se halla, o ellos lo niegan, que hayan castigado a ninguno de los Incas, porque nunca, decían los, indios, hicieron delito alguno que mereciese castigo público ni ejemplar, porque la doctrina de sus padres, el ejemplo de sus mayores y la voz común de que eran hijos del Sol, nacidos para enseñar y hacer bien a los demás, los tenían tan refrenados y ajustados, que más eran dechado de la república que escándalo de ella. Cierto que les faltaban las ocasiones que suelen ser causas del delinquir, como pasión de mujeres, codicia de hacienda o deseo de venganza, pero también se puede afirmar que nunca se vio indio castigado por haber ofendido en su persona, honra o hacienda a ningún inca, porque no se halló tal duda de que los tenían por dioses, como tampoco se halló haber sido castigado inca alguno por delitos. No quieren ni que se piense siquiera que ningún indio haya hecho jamás ofensa a los Incas, ni los Incas a ellos, antes se escandalizan de que se lo pregunten los españoles; y de aquí ha nacido entre los historiadores el error de decir que tenían hecha una ley de que no muriese inca alguno por ningún crimen, porque fuera de gran escándalo para los indios una tal ley que dijeran les daban licencia para que realizasen cuantos males quisieran y que hacían una ley para sí y otra para los otros." Antes bien, a semejante ser lo degradaran y relajaran de la sangre real y lo castigaran con más severidad y rigor, porque siendo inca, se habría hecho anca, que es tirano, traidor y fementido... El preciarse el inca de ser hijo del Sol era lo que más les obligaba a ser buenos, por aventajarse a los demás, así en la bondad como en la sangre, para que creyesen los indios que lo uno y lo otro les venía de herencia, y así lo creyeron con tanta certidumbre, según la opinión de ellos, que cuando 'algún español hablaba loando alguna cosa de las que los reyes o algún pariente de ellos hubiese hecho, respondían los indios: "No te espantes, pues que eran Incas"; y si, por el contrario, vituperaban alguna cosa mal hecha decían: "No creas que inca alguno hizo tal, y si lo hizo, no era inca, sino algún bastardo echadizo, como dijeron de Atahualpa, por la traición que hizo a su hermano Huáscar."

"Nunca tuvieron los incas -dice Garcilaso- pena pecuniaria ni confiscación de bienes,.. Así acaeció muchas veces que los delincuentes, acusados de su propia conciencia, venían a acusarse ante la justicia de sus propios delitos, porque, a más de creer que su alma se condenaba con ellos, tenían por muy averiguado que, por su causa y la de otros tales, venían a la república todo género de males, como enfermedades, muertes, malos años y otra cualquiera desgracia común o particular... Había además tucuyricocs o veedores, y cualquier autoridad que hallasen incursa en justicia era castigada más rigurosamente que cualquiera otro, porque decían que no se podía sufrir que hiciese maldad el que había sido escogido para hacer justicia, ni que hiciese delitos el que estaba puesto para castigarlos y a quien habían elegido el Sol y su Inca para que fuese mejor que todos sus súbditos."

Esta verdadera aristo-democracia es algo que acaso no podría encontrarse ni en los mejores tiempos de la Grecia, porque no cabe duda alguna de que el Gobierno mejor es siempre el de los mejores efectivos, que ES EL DE LOS QUE SE SACRIFICAN.

… Hablando Garcilaso de cómo eran armados caballeros los mozos de sangre real, habilitándolos para tomar estado e ir a la guerra, consagra después otro capítulo a demostrar "cómo el príncipe heredero, al entrar en la probación, era tratado con mayor rigor que todos los otros", diciendo: "El iniciador les hacía cada día un parlamento. Traíales a la memoria la descendencia del Sol; las hazañas hechas, así en paz como en guerra, por sus reyes pasados, y por otros famosos varones de la misma sangre real; el ánimo y esfuerzo que debían tener para aumentar su bienhechor imperio; la paciencia y sufrimiento en los trabajos para mostrar su generosidad; la clemencia, piedad y mansedumbre con los pobres y demás súbditos; la rectitud en la justicia; el no consentir que a nadie se hiciese agravio, y la liberalidad y magnificencia para con todos como verdaderos hijos del Sol. En suma, la persuasión a todo lo que en su moral filosófica alcanzaron que convenía a gente que se preciaba de ser divina y haber descendido del cielo... Hacíanles, además, dormir en el suelo, comer mal y poco, andar descalzos y otras mil probaciones, en las que entraba también, cuando era de edad adecuada, el primogénito del Inca, legítimo heredero del Imperio. Es de saber, en efecto, que, por lo menos, le examinaban con el mismo rigor que a cualquier otro, y le trataban peor, diciendo que, pues había de ser más tarde rey, era justo que en cualquier cosa que hubiere de hacer se aventajase a todos, porque si por achaques de la fortuna viniese a ser menos, se aventajase, sin embargo, a cualquiera en la adversidad, lo mismo en el obrar como en el sentir. Así, todo el tiempo que duraba el noviciado, que era de una luna nueva a otra, andaba el príncipe vestido del más pobre y vil hábito que se podría imaginar, hecho de andrajos vilísimos, y con él aparecía en público cuantas veces era menester, para que en adelante, cuando se viese poderoso rey, no menospreciase a los pobres, sino que se acordase haber sido uno de ellos y les hiciese caridad, para merecer el nombre de Huachacuyac, que daban a sus reyes, y que quiere decir amador y bienhechor de los pobres."

Esto de la pobreza, además, era entre los felices incas cosa nada más que relativa, por cuanto, como demuestra Garcilaso, el rey, en caso necesario, daba de vestir, etc., a sus vasallos. No había así mendicidad alguna en todo el reino, dicha que para sí quisieran los más orgullosos pueblos modernos, cuyos fastuosos lujos de los pocos están cimentados en la más repugnante de las miserias de los muchos. Así es que el noble idealismo semirrevolucionario de un Henry George moderno nada tendría que hacer allí en un pueblo como aquél, que hacía continuos, justos y maravillosos repartos de tierra, ¡de esa Tierra que pertenece a todos sus hijos, como la cárcel pertenece al prisionero!

Las tierras incas, dice "Sócrates" en su Civiliçao dos Incas, separada la parte del culto y la del Estado, eran divididas entre los jefes de familia, conforme a las necesidades de cada uno y el número de los habitantes de los distritos. Hacíanse nuevos lotes para los recién casados, los cuales eran aumentados a proporción del crecimiento de la familia.  La tierra del pueblo se labraba y regaba siempre antes que la del Inca, y antes también eran labradas por los de cada pueblo -donoso ejemplo de solidaridad social- las tierras de las viudas, los huérfanos y los ausentes. Por otra parte, como el trabajo prestado por el pueblo en las otras tierras del Sol y del Inca era como un impuesto, los productos de las del pueblo eran aplicados íntegros para la manutención de la familia, mientras que el producto de aquellas otras tierras era destinado casi por entero a obras de interés colectivo, tales como vías públicas, puentes, fortificaciones, drenajes, depósitos, correos, etc., en las que tanto sobresaliesen los incas, hasta el punto de que nosotros, los españoles, hubimos de copiar no pocas cosas de ellos..., ¿Qué más, si al propio enfermo se le consideraba como huésped del Sol (por cuanto la enfermedad era el camino de irse con él algún día), y se le sostenía y medicinaba como tal huésped por el Estado? También eran tenidos como "huéspedes del Sol" cuantos pasaban de cuarenta y cinco años, después de haber dedicado, a la consolidación de su persona, veinte y veinticinco años al trabajo individual y colectivo, en el más ideal de los sistemas primitivos de jubilaciones, retiros y seguros, Conviene, en fin, leer al Padre José de Acosta respecto de los años "sabático" y "de jubileo".

La enseñanza incaica tenía, como todas las de las regiones del pasado, incluso el Cristianismo, una parte exotérica, pública o humana, y otra parte esotérica, privada, iniciática o jina, de la cual, si bien no se tienen detalles directos por los historiadores, por lo mismo que era secreta, sí puede colegirse cuál fuera leyendo entre líneas no pocas de las noticias que ellos nos suministran,

Una de ellas es la rapidez increíble y verdaderamente jina con que se ocultó, más que desapareció, la iniciación inca a la llegada de los conquistadores, tanto, que un hombre de sangre real, como Garcilaso, heredero directo del trono por su madre Isabel, si en éste hubiesen podido heredar las hembras, y que nació ocho años después de la conquista, apenas si pudo recoger de labios de su tío las vagas indicaciones ocultistas o jinas de su citada obra, Cual ocurre siempre en estos casos -caída de los pitagóricos, de los templarios y de otras sociedades secretas-, la iniciación inca se ocultó ipso tacto así que pusieron en el país su planta los conquistadores. Sepultóse también por toneladas el oro del templo del Cuzco y el de otros muchos, y se creó, como sucede siempre que se peca contra la Magia, o sea "contra el Espíritu Santo", el más terrible de los karmas colectivos, tal, que aún hoy, por desgracia, perdura, a partir de esa verdadera tragedia griega de los Atridas, que tuvo por principales personajes a Huáscar, Atahualpa, Pizarro y Almagro.