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EL HOMBRE COSMICO EN GESTACION

Maha Chohan
KUT HUMI LAL SINGH

Mensaje dirigido al Congreso de París, 1949
Original en Francés

 

No faltan, por cierto, signos precursores que anuncian la llegada de la Nueva Era, pero el presagio más seguro y también más doloroso es esta sed intensa de goce material que parece precipitar a los seres en un caos infernal y lleno de crueldad.

El desafío de la humanidad que no quiere morir tiene algo de grandioso y de heroico al mismo tiempo. En los espíritus pusilánimes siembra el pánico, en los espíritus libres y que tienen la clara visión del peligro, reafirma más aún la valentía. Es por eso que la Unión de Servicio Universal, consciente de su deber, sostiene e intensifica con ardor todas las buenas soluciones que le son propuestas, para encontrar un remedio a los males actuales de la humanidad. Es necesario un gran cambio en toda la estructura social; parece que una fuerza formidable empuja a los seres a soltar lo que les ha aprisionado hasta ahora, lo que les ha impedido realizarse plenamente. La Era del Hombre Cósmico se hace sentir en todas las clases de la sociedad. Los prejuicios, las limitaciones, las barreras de todo tipo tambalean y en vano oponen toda su energía los partidistas del viejo sistema para guardar lo que ellos creen que es su patrimonio. Hace falta a los seres algo más grande, más práctico, más justo y es en esta dirección que deben fusionarse todos los esfuerzos; los seres deben aprender a respetar los Principios Universales que a todos dan los mismos derechos pero, no obstante, sin cometer el grave error de olvidarse de los deberes correspondientes.

Todos los seres, en fin, están ligados indisolublemente y esto es lo que cada uno debe esforzarse en comprender, a fin de forjar una homogeneidad más concreta y más armoniosa.

Se percibe nítidamente que hasta ahora el hombre se olvidó de cultivar la parte más esencial de su ser. Ha dedicado toda su energía, todo su saber, para la edificación de un mundo ficticio y totalmente desprovisto de su supremo sostén, de este amor incondicional e inconmensurable sin el cual nada sabrá subsistir.

Cuando se echa una mirada hacia el pasado esta verdad aparece más clara aún, pues proyecta un alborada de luz sobre cada viraje de la evolución humana y reconocemos entonces que los verdaderos valores descansan esencialmente en este espíritu grandioso y universal que anima a los filántropos, a los genios y a los grandes guías de la humanidad.

Así en cada una de sus fases evolutivas recobró un poco de su derecho de Primogenitura, de este ardor creador y ha dado frutos dignos de su patria celeste en todos los dominios, tanto en los de la ciencia como en los de la belleza, del altruismo o del heroísmo.

Por cierto, esta senda pide un gran esfuerzo, pero nada puede resistir en definitiva este impulso del Alma Universal, pues es bien de su propio seno que brotan periódicamente estos destellos, estos faros cósmicos.

Hasta hoy la humanidad lo ha comprendido poco o mal y es por esto que amenaza derrumbarse bajo el embate de su cruel ignorancia y de su decadencia moral.

A los que tienen en sí mismos la fuerza de vivir plena y sanamente les corresponde construir los cimientos de un nuevo mundo más lleno de sabiduría, de bondad, de dignidad y de justicia.

La juventud debe tener un amplio lugar en este inmenso trabajo, pues ella tiene el vigor, el entusiasmo, la extrema movilidad de concepción tan necesaria para ir adelante, y la edad madura aportará también su amplia participación de tolerancia, de dedicación y de sabiduría. Este período de transición puede ser bastante largo, pues un tal renacimiento no puede cumplirse rápidamente, y su logro depende únicamente de la comprensión y de la buena voluntad de cada uno. También podemos decir con certeza, que todo esfuerzo hecho con la finalidad de dirigir los seres hacia un más completo dominio de sí mismo, una mayor amplitud de mira, un juicio más sano y más caritativo, es un paso adelante hacia el advenimiento de esta Nueva Era. El ser actual tiene su mental demasiado lleno de automatismos y de fórmulas ya todas hechas que muy a menudo se oponen a la lógica de su propia conciencia. Ha aniquilado casi completamente esta última, y se ha dejado domesticar y ponerse bajo tutela por lo que su mental inculto eligió querer y esto lo llevó a sostener y a aceptar unos estados de vida sin bondad, sin justicia y sin nobleza de espíritu. El gran renacimiento, pues, debe encontrar su principal fuente en las profundidades del ser y es ahí, ante todo, donde debe realizarse el gran realzamiento.

¿No es más grande el arquitecto que el plan en sí? Conviene entonces, en cualquier circunstancia, concederle de nuevo su verdadero lugar, pues si no la nada llenaría pronto todo el Universo y nos pareceríamos al aprendiz de brujo, completamente desprovistos de sabiduría. Estos valores reales del Espíritu deben volver a tomar el lugar que les corresponde si queremos que la sociedad goce de un equilibrio perfecto y sea dotada de una vida feliz, exenta de vicio y de decadencia moral. Así la plena mutua confianza reaparecerá y cada uno dará su medida, medida tan necesaria para el realzamiento y el bienestar general.

El orden estará asegurado de manera equitativa y sin violencia y la diferencia de casta no existirá más que en la nobleza del espíritu. Estando desterrada de la sociedad la injusticia, no habrá ya lugar para la venganza o para el odio y así se podrá decir que el Reino del Espíritu se ha puesto plenamente de manifiesto.

Querer emprender la búsqueda de una solución fuera de estos principios fundamentales sería una locura ya que entonces sería más fácil cambiar el curso de los riachuelos y ríos.

¿Tendrá la humanidad bastante sentido común para comprenderlo?  Esto nos lo dirá el porvenir, pero es preciso empezar desde hoy a derramar estos nobles ideales por todo el universo a fin de que las almas de buena voluntad perciban la luz y se integren más plenamente en ella.

La vida permanece inmutable, armoniosa y sublime para quien sabe domeñar sus deseos y dirigir sus fuerzas y es ahí solamente donde reside la sabiduría.

El Hombre Cósmico debe surgir de ese inmenso maelstrom que barrerá todo lo que no sepa servirle y nada podrá parar su ímpetu.

La tarea es extremamente pesada y delicada, pues esta civilización material a ultranza llenó de dudas, de temor y de confusión a los espíritus mejor condicionados.

El hombre se ha convertido en enemigo de sí mismo en el sentido de que permanece incrédulo y sospechoso a toda idea noble y desinteresada y ello es debido a que su alma ha perdido todo su frescor y todo su perfume.

Su educación debe remoldearse enteramente y ya sería hora de que educadores esclarecidos emprendieran esta espléndida obra de reforjar las almas infundiendo en todos los corazones de nuestros jóvenes esta certidumbre, esta confianza en el triunfo de todo lo que es noble y generoso.

Lo mismo debemos también esperar de nuestros grandes literatos, quienes harían bien en no insistir tanto sobre los asuntos que amenazan turbar los cerebros jóvenes incapaces aún de juiciosos discernimientos.

En este sentido se impone un gran trabajo y este tipo de cinismo ultrajante que se esfuerza en desarrollar al máximo las cosas malsanas y monstruosas debería cesar definitivamente. Hay tantas causas nobles que quedan en la sombra únicamente porque se prefiere lanzar como pasto toda suerte de relatos o de escenas odiosas  ¿Es acaso, pues, que todos los seres han perdido totalmente toda estima al mérito o todo sentido de justicia para así divertirse en lo que constituye la degradación y la vergüenza?

Una mayor disciplina moral en el hogar haría igualmente maravillas, y permitiría que estas pequeñas almas queridas mantuvieran por más tiempo su capacidad de admiración, su confianza en la vida. No se puede saber, por desgracia, cuantas almas quedan marcadas por el sello de este sufrimiento íntimo que padecieron demasiado temprano y sin estar preparadas para ello.

Sí, ya sería hora de cambiar este viejo sistema de educación que encadena a los seres a unas tradiciones nefastas y caducas. Es preciso a toda costa dejar a los jóvenes con su entusiasmo para afrontar la vida, y al mismo tiempo que se les muestre la senda de la sabiduría hacerles comprender que son ellos mismos los propios artesanos de su felicidad o de su fracaso; enseñarles, por lo menos a grandes rasgos, el mecanismo que rige todo el ser, a fin de que se vuelvan más conscientes de sus posibilidades y al mismo tiempo más preocupados en desarrollar lo que hay de mejor en ellos mismos.

Me parece que esta actitud ayudaría a muchos seres a descubrir y a realizar la vida en su conjunto armonioso y espléndido. Sí, es ahí donde reside todo el problema; la hora es grave, ciertamente, pero uno lo puede todo cuando tiene en sí una parcela de la verdad y cuando el alma es viviente y bien templada.

La vida es infinita y nunca de detiene, sin embargo importa que se llene cada día con cuidado si se quiere ver la alegría del éxito iluminar a todas las almas.

Como podríamos dudar del éxito cuando las bases eternas de la vida residen en todo, pero ahí otra vez lo importante es saber descubrirlas y tomarlas como guía a lo largo de toda la vida. La naturaleza entera en su suprema armonía nos invita a intensificar nuestros esfuerzos y a prodigar nuestros cuidados a las jóvenes almas que vendrán mañana ellas también a buscar el calor de los puros y cálidos rayos del Sol Eterno.

Sepamos acoger con alegría todo esfuerzo consagrado a la única meta suprema y esforcémonos siempre en unir el corazón con el pensamiento a fin de volverlo viviente.

Se podrá hablar mucho tiempo aún sobre todas estas cosas, pues encuentran eco en el fondo de todos los seres, pero lo más paradójico y desarmante es que demasiados pocos, de entre ellos, tienen el valor de empezar a aplicarlas en su propia vida.

¿Es pues tan difícil hacer lo que nos dicta la conciencia, sin exigir, sin siempre esperar que su hermano de el primer paso?  ¿No tenemos cada uno nuestra tarea que cumplir en este mundo y la alegría que uno DA no es siempre la más pura y más sagrada?

Cultivemos con Amor estas alegrías sagradas a fin de que esclarezcan nuestra alma e iluminen todas las que nos rodean; así habremos hecho nuestra parte de trabajo.

Acuérdense que el Espíritu es Universal y perfecto y que sólo es imperfecto e impuro el cuerpo, el vehículo de expresión. Nos toca a nosotros, pues, convertir el cuerpo (mental y físico), en vehículo expresivo de fuerzas y condiciones ideales, bien escogidas, de las cuales tenemos íntimamente necesidad.

No retrocedan ante nada. Sean fuertes en lo que les concierne a Uds.  Si no son exigentes y fuertes para con Uds. mismos, no lograrán obtener grandes victorias morales sobre Uds. mismos. Sobre todo, sepan que no podrán alcanzar más victorias en el mundo exterior que las que logren en su propia persona. Cuanto más se dominen Uds., mejor dominarán las circunstancias y las condiciones de su ambiente.

Ser fuertes, he ahí la consigna de las Almas que van a la conquista de los Grandes Misterios de la Vida y que quieren volverse ejemplos de grandeza y de potencia.

No presten oídos a los cantos de sirenas de los charlatanes del ocultismo o de los bribones del misticismo que les ofrecen maravillas de metafísica y de felicidad en el Más Allá, mientras los explotan en este mundo. Cuidado con los Sacerdotes que les hablan de su Dios de Amor y de Sabiduría pero que, sin embargo, son profesores de odio y de pasiones monstruosas. Antes de seguir a alguien como paradigma de su Ideal, sepan si es capaz de odiar, de orgullo o de dañar así fuese tan sólo a una brizna de hierba, o de denigrar y maldecir. Rehúsen dar su confianza e incluso su amistad a estas almas indignas, pues son vampiros que les explotan en su credulidad y en su ignorancia.

Esfuércense en ser el Hermano y la Hermana de todos los seres vivientes y no acepten nada, ni siquiera un pensamiento o un gesto que no sea armonioso, o que pueda dañar al prójimo. Cesen ante todo de ser malos si quieren ser buenos, y despójense de su ignorancia si quieren volverse sabios.

Así, siempre nobles en sus pensamientos y acciones, llegarán a comprender mejor el Mensaje del Corazón y a servirse Uds. de las Potencias del Espíritu. Nuestra tarea se limita a ayudarles, a protegerles y a bendecirles mientras les instruimos, pero su tarea es mucho más grande ya que consiste en volverse dignos de las Verdades Universales y de las grandes realizaciones de la vida.

Sean siempre verdaderas Almas Hermanas, unidas en una sola Gran Familia Universal, y tanto como Uds. mediten juntos, merecerán la Bendición de los Espíritus Superiores en la Eternidad.