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ASUMIENDO EL DESTINO

Por: Julio M. Sánchez Arrieta
Miembro Afiliado Alianza Universal

Ya había escampado. La noche fue lluviosa. Eran las primeras horas de la mañana y el sol comenzaba a salir. Venía del gimnasio hacía el hotel donde me hospedaba  situado enfrente del parque del pueblo. Un desolado anciano estaba sentado en una banca. De rala barba, su rostro era la patética expresión del abandono y la misantropía. Que tipo tan amargado pensé. Le di unos buenos días intencionales. Pensaba  que con ello estaba dándole una mano. Que hacía algo por él  ¡OH sorpresa!  Como respuesta me  replicó con  los “ Buenos Días” de  la mayor ternura, y encantadora  voz que jamás había recibido durante mis ocho meses de estada por esas lejanas tierras.  Observé que cuidaba de sus cartones que le servían de cama, que mojados por la lluvia de la noche anterior, había puesto a secar en el piso del parque. Entré a mi hotel. En mi habitación  desocupé y tomé la caja que usaba de cesta para ir echando la ropa para lavar. Salí y se la entregué al indigente anciano. De igual forma recibí el “Que Dios se lo pague”, que ya él mismo remuneraba con la fuerza, el amor y la  gratitud que tan fidedignamente su tono transmitía. Conmovido entré nuevamente al hotel. Algunas personas que se encontraban en el lugar, observaron con atención. Qué Ingeniero tan buena gente, pensarían sin duda. Era yo el centro del elogio y el reconocimiento. Cuán equivocados estaban. Nunca creí que mi acto o mi pequeña caridad, fuera superior a la inefable realidad de ese solitario anciano. No pidiendo, ni limosneando a nadie por nuevos cartones. Cuidando y poniendo al sol los suyos. Los que ya eran de él. No quejándose de nada. Con infinita paciencia esperando por su única cama segura para esa noche y otras más quizá. En mi cuarto al ver mi confortable lecho ortopédico no me asaltó el pensamiento común de sentir alivio porque otra era mi suerte. El incógnito anciano asumiendo su destino, y en su total anonimato y silencio y sin remotamente proponérselo, me daba una lección de vida que constituyó la verdadera y genuina  fortuna que ese día yo recibía.