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LA SIMPATIA PERSONAL
 

La simpatía personal, ese algo indefinido e indefinible que hace atrayente a los seres humanos, predisponiendo a su respeto los sentimientos afectuosos de quienes los tratan casi desde el instante del primer encuentro ¿Es un don innato, o es un valor adquirido? ¿Se nace simpático como se nace rubio, o pueden hombres y mujeres "hacerse" simpáticos?.

No hemos de negar la gran influencia que en esta materia como en todas, tengan las disposiciones originarias del espíritu, de las que nacen las vocaciones, las tendencias, las modalidades del ser.  Pero el término medio común de los seres humanos es, a este respecto, homogéneo y parejo y son las contingencias de la vida las que por regla general imponen las definitivas orientaciones diferenciales.

La propia sabiduría popular, trasuntada en los refranes corrientes, desplaza el valor de la simpatía ingénita bien que subordinándola a un concepto de azar o suerte. Vale más caer en gracia que ser gracioso, dice. Pero aquí ya tenemos un paso dado en el sentido de la posibilidad de adquirir la simpatía, porque lo de caer en gracia puede ser efecto de nuestro esfuerzo si sabemos aplicarlo en conveniente forma.

Yo opinaría, más bien, que puede hacerse simpático quien lo desee de verdad, esto es quien sepa poner y ponga en la conquista de las cualidades que determinan la simpatía, la misma fuerza de voluntad y el mismo grado de perseverancia y de buen tino que se emplean para muchas otras cosas que se desea conseguir en la vida.

Yo aconsejaría a las mujeres que aspiren a ser simpáticas - y deben ser las más - que se planteen a sí mismas el siguiente cuestionario, que las ayudará a descubrir las deficiencias que deben corregir y las condiciones o cualidades que deben adquirir o mejorar para lograr el general aprecio: ¿Soy de buen humor? ¿Sé escuchar? ¿Sé poner interés en los demás? ¿Me caracterizo por un tacto fino y discreto? ¿Aprecio a la gente de una manera debida? ¿Trato de aparecer buena a cuantos me conocen? ¿Comprendo a la gente?

El buen humor, ante todo, es una cualidad tan indispensable que puede decirse que sin ella no hay simpatía posible. Saber reírse, no con ligereza, pero sí con optimismo, de los contratiempos, y hasta de sí mismo, es asegurarse la simpatía desde el primer instante. Podrá decirse que es cuestión de temperamento, pero el temperamento se educa.

Saber escuchar es la segunda dote complementaria de una simpatía atrayente. Saber escuchar con gracia, con distinción, con agudeza espiritual y hasta con sinceridad o bien con ironía a veces, es consolidar la simpatía granjeada, inicialmente, con el humor tranquilo y bien dispuesto.

Con este mismo aspecto se relaciona el que aborda la tercera pregunta. Demostrar interés por quienes nos rodean, por quienes entran en contacto a cualquier título con nosotros, es demostrar que somos afectuosos, altruistas, capaces de comprensión y de solidaridad. Y es, sobre todo, evidenciar que no nos consideramos a nosotros mismos ejes de un mundo inabordable.

El tacto, suprema condición, es aquella, precisamente, en que más puede ejercitarse, con seguridades de éxito, nuestra voluntad.  Es sorprendente la cantidad de personas que exigen tacto a los demás, sin esforzarse por tenerlo ellas. Suelen decir lo que debieran callar, provocan y mantienen discusiones fútiles por insignificancias de las que hacen montañas, y cuando hay dos modos de hacer una misma observación, eligen casi siempre la que más molesta y desagrada... Cuando tan fácil les sería evitar todos estos inconvenientes con un poco de prudencia, otro poco de buena voluntad y un adarme final de sensatez y discreción.

Tomado de: Rosa Mística

Por: Sir OMAR LIND  K.G.C.R.O.S