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 Editorial

ESPECIAL PARA ARIEL

Tomado de: Revista Ariel Nº72 Vol.10 Mayo 1958

Los actuales tiempos están caracterizados por grandes y profundos cambios en todos los aspectos de la vida humana. En realidad se está operando un nuevo amanecer en todos los órdenes de cosas, con lo cual se caracteriza un oportuno despertar de la CONCIENCIA HUMANA.

Se revisan valores por doquiera, y significativos acontecimientos se perfilan en todas partes del mundo. En efecto, la humanidad lucha contra sus arraigadas supersticiones, su ancestral ignorancia y sus formas crueles de vida primitiva cuando no bestial. Por aquí es un tirano que cae, por allá una dictadura que se elimina, y acullá un loco convertido en supremo pontífice que se asesina. Pueblos que se rebelan contra sus conquistadores y opresores, repúblicas que se sacuden del yugo comunista o del hamponismo santificado. Naciones que se ufanan por garantizar su propia existencia, y en fin, bloques de naciones que protestan y se independizan. Por doquiera se rompen yugos y maldicen tiranías. En realidad, el mundo está en llamas, desbordante de fervores de almas ávidas de justicia, paz, libertad y dignidad.

Hubo dos grandes guerras mundiales en el transcurso de 25 años en lo que va del siglo XX de la cristiandad, y desde hace más de 11 años existe un estado de honda inquietud y diversas explosiones de trágicas convulsiones económico sociales, amén de una guerra fría que nada tiene que envidiar a las más calientes de otras épocas. En fin, existe la certidumbre firme de que pese a todos los esfuerzos pretéritos, con guerras y sin ellas, el hombre sigue sufriendo terribles azotes sociales, así como condiciones morales que desdicen de su inteligencia, sus culturas y religiones. De hecho la pobreza moral y el vacío espiritual que padece la humanidad en estos momentos se caracteriza bien por el incremento de todos los males posibles, desde la superstición y los peores vicios hasta la prostitución, el juego, el uso de drogas, el gangsterismo, la delincuencia infantil, los prejuicios sociales, los odios raciales, la explotación económica del hombre por el hombre y la opresión política. Tantas lacras e ignominias inenarrables, en fin, que revelan estados latentes de angustia, de temor, de indefensión y desesperación, que son el resultado de la ignorancia y la carencia total de dignidad propia y de fuerza espiritual, que más de veinte siglos de turbulenta politiquería y recia intolerancia religiosa han logrado desvirtuar o erradicar.

Hoy por hoy presenciamos trascendentes progresos en el orden científico, y vivimos sumergidos por maravillas científicas, pues el hombre ya suple a la naturaleza con la televisión, la genética, los rayos X, la radio, el radar, los antibióticos y las vitaminas y las hormonas artificiales, y se logra inclusive reparar el cuerpo humano con repuestos artificiales. Es más, ya se utiliza la energía nuclear y se crean satélites artificiales mejor que la propia naturaleza. Lo que no ha conseguido el hombre, empero, bien porque no haya podido o porque no lo ha querido es mejorar sus condiciones morales, controlar su mecanismo biológico, utilizar plenamente sus maravillosos poderes mentales y prevalerse de sus portentosas facultades espirituales. Progresa el mundo, pero la humanidad sigue siendo tan penuriosa en lo moral como en los tiempos bíblicos y védicos, pues los mismos problemas denunciados por Valmiki, Esquilo, Xenofonte y Apolonius de Tyana subsisten hoy recrudecidos. La barbarie del hombre moderno es, de hecho, mucho mayor que la de los bárbaros de antaño, que no eran tan geniales con sus inventos ni tan orgullosos de sus religiones y fórmulas filosóficas como el hombre civilizado que nos codeamos a cada rato aquí y allá.

Acabamos de ser informados, acerca del ataqué vesánico de 24 aviones supermodernos del ejército francés contra una aldea tunecina indefensa, matando unas 80 personas e hiriendo unas doscientas. Apenas si quedó una sola casa en pié en esta Oradour o Lidice de última hora. ¿Qué importa el motivo? Lo cierto es que hubo un acto salvaje, indigno de ningún hombre cristiano, civilizado, inteligente, o demócrata. Para recurrir a tal brutalidad es preciso haber perdido toda dignidad humana, todo sentido de proporción y todo respeto por la dignidad humana. Es preciso, también, no creer más que en el Dios del más bárbaro de los odios, o en la más satánica violencia. De seguir así el mundo ¿Qué debemos esperar para el futuro? ¿Acaso vale vivir, en realidad, por creencias, países y mundos que así ajustan sus normas morales y su conducta social?

No podemos creer que el destino del hombre debe ajustarse a la efectividad de sus aviones, revólveres o bombas nucleares. Protestamos de todo corazón, pues no admitimos que la humanidad retroceda a etapas evolutivas grotescamente y monstruosamente primitivas. Protestamos en nombre de Dios, en nombre de los más sagrados valores y principios Espirituales, así como de la CONCIENCIA HUMANA.

Por ser ARIEL luminaria tribuna excepcional del pueblo, o sea de la Humanidad, es sustancialmente orientadora, rehabilitadora, emancipadora y enaltecedora. No es ni plataforma ni trampolín para intereses convencionales, ni podría estar jamás al servicio de fuerzas contradictorias, negativas o destructoras. Es más, buscar por sobre todo defender los valores sagrados de lo genitivamente humano y Espiritual, y por ahí responder a los imperativos Divinos, que son universales y eternos.

Un vistazo panorámico del mundo nos revela que la humanidad lucha por zafarse de las fuerzas antievolutivas y opresoras, en contraposición a la posición cómoda de los sectores pasivos cuya incapacidad mental corre pareja con la miseria material y el vacío espiritual que les caracteriza. Malhadadamente, el grueso retrógrado de la humanidad no se percata del ingente empuje progresista de la minoría sublime y gloriosa que fija los derroteros evolutivos de la especie. Muy lamentable resulta, por cierto, que la historia humana no sea escrita en términos históricos por la genial minoría de moral señora y Espiritualidad rehabilitadora. En realidad, el mundo está dirigido en un sentido materialista, por lideres improvisados, pontífices parlanchines, infragenios del egoísmo inflado y héroes artificiales, civilizadores, en fin, hechos de barro, y bazofia con oropeloso decorado que pone aún más de relieve el carácter ilusorio de lo adjetivo con que pretenden sustanciar lo episódico y trágico de sus desplantes históricos. Y desde luego, son estos adefesios de liderazgo impenitente e impune por gracia de su arrogancia armada y por desgracia de la humanidad ignara, miserable e impotente que escriben la historia, dándole a la humanidad más grandiosos edificios, más amplias carreteras, mejores cintas cinematográficas, más lujosos templos, casas habitables más cómodas y muchas distracciones con fuegos artificiales, paradas callejeras, como si la gente fuera mejorada mentalmente, moralmente y espiritualmente de tan expeditivo modo. Ignoran obviamente que también se puede limpiar cualquier animal, albergarlo en lujoso palacio real, coronarle incluso sea de rey o de santo o de divinidad; bien a pesar nuestro, seguirá siendo animal. En efecto, no se mejora la naturaleza humana con brindarle sólo un mejor estándar de vida, mayores salas de cine, superlativos palacios, casinos, monumentales bancos, riquísimas catedrales o prolongados programas de televisión. Mucho mejor que todo esto sería, con toda seguridad, un poco más de educación moral, una mejor capacitación ética, una preparación para manejar honradamente la hacienda pública, y desarrollando una conciencia pública que haga imposible la presencia subrepticia y abominable de tiranuelos literariamente atiborrados de democracia pero de procederes odiosos, antihumanos, anticristianos y antidemocráticos. Las escuelas enseñan a creer, pero no a pensar libre y dignamente, y esta es la clave de toda la tragedia del mundo, ya que la gente lucha por librarse de sus propias inepcias así como de su atormentadora impotencia.

Goethe clamó por "Luz, más Luz". La humanidad hoy por hoy clama por dignidad, más libertad, más justicia y más paz. ARIEL está incondicionalmente al servicio de esta Humanidad magna del pueblo que sufre.

ARIEL, alta tribuna y auténtica universidad del pueblo se disocia de todo género de infamia o de violencia. Quiere que el hombre, genéricamente hablando, sea digno de la mejor suerte y sea objeto en todo momento y en todas partes de las mejores enseñanzas religiosas así como de la genuina democracia en la práctica. Los valores Espirituales y morales no deben constituir una cínica burla, ni servir de pretexto para ninguna forma de salvajismo.

ARIEL se empeña, de hecho, en promover el mejor destino posible para el hombre, pues el hombre no es sólo lo más interesante de la vida sino la criatura más sublime de Dios. El gran Lincoln hubo de decir una vez: "Los humildes, los que sufren y los desheredados de la suerte deben ser bien amados de Dios, pues ha hecho tantos de ellos". Quien sabe si esto fue dicho con ironía pero el hecho es que Dios está de veras en todas partes, está sobre todo el PUEBLO, en ese magma humano que pugna tenazmente por evolucionar y por acercarse a la perfección Divinal.

ARIEL es el espíritu juvenil que busca la Verdad con su corazón, y viendo el mundo debatiéndose en tanta miseria moral y vacío espiritual se apresta a crear un mejor mundo para la humanidad. ARIEL es autor de una Nueva Era que le augura a la humanidad un porvenir de genuina paz, justicia y libertad, porque está ufano de logros rehabilitadores, y para él la solidaridad es el más preciado de los dones, y el servicio impersonal el distintivo de su nobleza espiritual y la forma más práctica y más sublime de la religión.

SER, en las dimensiones mejores de la vida, ES SERVIR. Y a buen seguro que servir es saber amar a Dios y al prójimo también y tanto más como se ama uno a sí propio.

PR. OM LIND – SCHERNREZIG