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 UNIDOS POR EL ODIO, EL PREJUICIO Y EL EGOCENTRISMO

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Ultimo Mensaje del Pr. OM Lind-Schernrezig

Paris, a 3 de octubre, 1952

     Dejo Europa. Vine por una última visita, esperando lo imposible. Una vez más he gastado una fortuna para intentar acercar a la gente. Para ello, he dirigido un llamado a todas las Iglesias, Grupos místicos, Movimientos éticos, Cuerpos Masónicos, Organizaciones Fraternales y Sociedades sapientes. Esperaba repuestas correctas. Me adelanté incluso en invitar a unos Jefes de Iglesias y de Fraternidades para tomar un té, para facilitar las cosas, confiando que un “tête à tête” -(encuentro personal)- pudiese producir unos milagros, por más que el contacto personal normalmente los provoca.

     Recurrí a todos los recursos posibles con la finalidad de lograr un acercamiento serio de los puntos de vista personales e intereses, por mucho que hayan podido ser opuestos o que pudiesen ser idénticos y simpatizantes entre ellos, por motivos morales o en cuanto a fundamentos espirituales. Los resultados fueron tan contrarios a mis designios que llegué al final a preguntarme si no había sido demasiado radical esperar que las personas se comporten de acuerdo con sus propias doctrinas morales, principios filosóficos, ideales y valores espirituales más vanagloriados.

    Verdaderamente, llegue a encontrar una tal falta de verdaderos valores espirituales, de fundamentos morales hondos y de programas filosóficos viables que a menudo tuve que consagrar largas horas de meditación, buscando una respuesta a mis propias preguntas. Encontré un vacío alrededor mío, y no precisamente un vacío de orden social. Es un vacío de vigor moral, de estructura y dinámicas espirituales, una superficialidad y ausencia de responsabilidad o una hipocresía rozando peligrosamente e incluso sobrepasando las fronteras de una simple impostura y charlatanería. ¿Es sorprendente pues que deba cuestionarme a mí-mismo y preguntarme si soy “el hombre adecuado, en el momento adecuado y en el lugar adecuado”? (The right man at the right time and at the right place).

     Nunca he reivindicado nada en cuanto a mi propio carácter o en cuanto a las cualificaciones y virtudes que podrían adornar mi persona. Todo mi prestigio y atributos me han sido conferidos en reconocimiento de servicios dados y en testimonio de admiración. Nunca he hecho el menor gesto para ni siquiera provocar simpatía hacia mi persona. Si alguna vez hubo un individuo impersonal y alguien totalmente desinteresado frente a las distinciones y brillo mundano, soy yo. He sido invitado a las más altas posiciones en diversas Iglesias, escuelas filosóficas, grupos humanitarios, sociedades sapientes y Fraternidades espirituales. Fui proclamado incluso Supremo Pontífice, Rey e Imperator por diversos grupos. Sin embargo, he tratado de hacer sentir mi autoridad en todo momento, únicamente a través de una vida sana y ejemplar. Mi única preocupación, de hecho, consiste en ser una viviente evidencia de mis propias Enseñanzas y recomendaciones.

    Sin embargo es doloroso cuando alguien es tan sincero como lo soy, al verse a sí mismo cruelmente malinterpretado, maltratado y calumniado por unas gentes que se vanaglorian de sus adquisiciones espirituales y estatura religiosa, o por unos individuos cuyo único mérito consiste en explotar la credulidad humana y mantener unos designios malvados y de auto-complacencia. Mis enseñanzas y esfuerzos han sido siempre a plena luz, abiertos y francos, y sin la menor tentativa de dominar a los demás o de herir unos sentimientos. Siempre he defendido los ideales nobles, y cuando encontré la menor bajeza moral y falsos conceptos entre mis más cercanos colaboradores, los he inmediatamente destituido, desenmascarando sus debilidades y sus faltas. Nunca he tolerado la menor injusticia, hipocresía o ignominia alrededor mío.

     Este retrato mío, aunque necesariamente vago, porque no me gusta hablar de mí mismo, debería bastar para demostrar que verdaderamente no tengo la intención de herir ni de despreciar a nadie. De hecho, en todo momento, he subrayado que no doy ninguna importancia a las riquezas, títulos o privilegios mundanos, y cedería con mucho gusto mi posición y mi prestigio a quien sea que pudiese demonstrar ser por lo menos tan calificado. En efecto, estoy desesperadamente ávido de depositar todos mis derechos y activos entre las manos de otros que pueden hacer mejor que yo como líder y consejero de hombres. No puedo convencerme que soy tan superior al punto de ser insustituible. No obstante, no puedo ceder ante gentes que no tienen ni corazón ni conciencia, sino únicamente un orgullo majestuoso, un egocentrismo sádico, unos designios sin piedad de autosatisfacción. ¿Cómo podría soportar lo que a más me opongo?

     Incluso entonces, cuando veo gentes erigir sus fortificaciones de oposición contra mi y contra todo por lo cual lucho, de acuerdo a su propiodolor, no puedo impedir sentirme atrozmente lacerado. Aborrezco por encima de todo el personalismo, sin embargo mis oponentes me acusan de las peores cosas a las cuales me opongo lo más firmemente. Y cuando tomo posición públicamente en contra de alguien o en contra de un grupo, mis motivos son desconsiderados y se me acusa ya sea de celo o de ofensiva criminal. Cuando denuncio una impostura o una vulgar charlatanería soy inmediatamente considerado como una persona rara o un falso. Cuando hablo de Paz, voces se hacen oír y proclaman que soy un Agente de Wall Street. Si se me ocurre hablar demasiado favorablemente del Budismo o del Islam soy en seguida acusado de anticristo. O bien, si decido ayudar a los refugiados, los objetores de conciencia y sin patrias, se me trata ya sea de agente comunista o bien de jesuita. ¿Debó concluir que a cualquier precio, y por todos los medios y en todas las circunstancias debo ser considerado como es estafador, un engañador o una vil creatura?

      Inútil decir que los que me acusan y me persiguen deben tener sus buenas razones por tal actitud. En toda imparcialidad podemos afirmar que defienden unos intereses que les son sagrados y que no pueden soportar perder debido a mi presencia y con ocasión de mis esfuerzos. Consecuentemente están obligados a proscribirme y erradicarme o sino a desnaturalizar mis Enseñanzas y mi persona. La calumnia constituye la mejor arma. Así que recurren a toda suerte de estrategias para desacreditarme gracias a unas campañas de enlodamientos y ataques perversos en mi ausencia. Saben que sembrando las semillas del prejuicio, las flores del odio y los frutos del miedo están llamados a aparecer. Saben también que condenando lo que buscan destruir en mí, tan temerariamente, su estatura de prestigio y de autoridad crece. Lo que parecen sin embargo ignorar es que mis Enseñanzas van a perdurar para siempre, a pesar de las miserias que debo soportar – tal vez a causa de ellas – y también que sus victorias están obtenidas sobre peligrosas arenas movedizas, pues la popularidad fácilmente adquirida, de igual manera se pierde fácilmente. Los que se prestan a ser influenciados así no se apegan jamás mucho tiempo a sus ilusiones, a los dogmas castradores y a las doctrinas eufemísticas. Profundamente enterrado en el ser humano el espíritu permanece intocable por las veleidades del mental y los múltiples intereses mundanos.

      Siempre hable desde lo más hondo del corazón y mis palabras siempre han estado saturadas de compasión y de toda la sabiduría recomendable. Debería gozar, por lo menos, del beneficio de la duda por parte de los que se me oponen. Habrían podido tratar, igualmente, de encontrarme personalmente y aceptar sopesar mis razones, medir la seriedad y comparar valores espirituales conmigo. Pero la triste realidad es que siempre han rehusado a concederme un tal privilegio, por otra parte, puramente humano. Han preferido librar sus asaltos a mi carácter y tratar de desvalorizar mis esfuerzos a los ojos del mundo. Naturalmente, poco me importan tales métodos, sin embargo me siento profundamente preocupado por el futuro de la humanidad. Los que me tratan así no son omnipotentes, o la flor de la humanidad de ninguna manera, sin embargo inspiran fuerza y respeto porque están bien organizados y saben cómo hacerse simpáticos a las criaturas débiles y frágiles. Es por eso que se los siguen a pesar de todo.

      ¿Si el porvenir del mundo está en tales manos, qué se puede esperar? ¿Si unos corazones tan crueles y unas almas tan groseras pueden mostrarse a tal punto irresponsables y malvadas y muy efectivas en su maldad tan bien disimulada, y su ignominia tan magníficamente engalanada, qué oportunidad tiene la humanidad de encontrar remedios a los males modernos y soluciones a los problemas del mundo?

      Hay demasiado egoísmo y falta de consideración para con los derechos de los demás. Las gentes vanaglorian sus doctrinas pero imponen también sus dogmas. Proclaman que la fraternidad y la libertad así como la paz deben prevalecer entre los hombres, pero sub-entienden con esto sus propios absolutos y según sus propios intereses. Entre los que nos atacan encontramos unos místicos pomposos satisfechos de sí mismos, unos prelados imbuidos de sí mismos, unos espiritualistas rutilantes y vanidosos alborotadores que proclaman sus mandatos divinos o su crédito celestial. Cuando los miro, siento una profunda tristeza por estos fantoches que aparecen bajo sus ropas. Cuando busco algo de admirable en ellos, inmediatamente bajo su piel encuentro que se exponen los horrores de la injusticia, de los prejuicios, de la discriminación y de vicios y bajezas abominables. Sin embargo, son semi-dioses que obtienen tantos éxitos entre las masas ignorantes del mundo que buscan ilusiones. Naturalmente, mis oponentes no son únicamente espiritualistas o religiosos, son también los políticos, porque mis Enseñanzas están destinadas a resolver todos los problemas mundiales y a remediar todos los males humanos. ¿El hecho de que mi sola presencia y mis esfuerzos hieran e inspiren tales abominables pasiones en tales gentes no demuestra, en todo caso, ostensiblemente, que revelan su propia debilidad y su verdadera falsedad? ¿O no demuestran más bien que no soportan principios y realizaciones que me esfuerzo hacer triunfar?

     Hablo en nombre de la Humanidad y de la Verdad. Toda mi vida y mis Enseñanzas atestiguan esta clara proclamación. Alguien, a pesar de todas las pruebas razonables ¿puede demostrar que estoy en el error o que soy malvado más allá de toda apreciación? Me gustaría saber lo que un crítico sincero que me conozca realmente tenga que decir.

     Mi conclusión por el momento es que todos mis esfuerzos para unir la humanidad bajo la Paternidad de Dios y para establecer la paz y la verdadera Comunión Espiritual entre un gran sector de la humanidad han fracasado completamente. No me quejo, siento únicamente de haber fracasado tanto a pesar del hecho de que siempre he sido tan sincero y tan diligente. Me parece, sin embargo, a pesar de todo, que he tenido éxito con estas gentes, por cuanto están todos unidos en mi contra, a través de su odio especioso, su prejuicio y egocentrismo. Esta situación me reconforta, en una gran medida, pues las gentes insinceras, como los gánsteres no comparten sus intereses por mucho tiempo, pues los mismos intereses que los han reunido harán que se corten mutualmente la garganta, tarde o temprano.

MI MISIÓN ES TAL VEZ MÁS COMPLICADA DE LO QUE YO PUEDA SUPONER.

Pr. OM Lind-Schernrezig