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 EL PODER DE LA VOLUNTAD

Tomado del libro “Rosa Mística” Sir Omar Lind K.G.C.R.O.S.

Editado por la GRAN FRATERNIDAD UNIVERSAL (BLANCA)

La voluntad ha de revestirse de una potencia absoluta, sin que nada ni nadie pueda hacerla variar en su firmeza. Siempre que procuramos una cosa, la voluntad debe trazarse una ruta de sublime energía y de persistente tenacidad, y así, con esta orientación inquebrantable, sostener el pensamiento para que tampoco se desvíe ni abandone por un momento el ideal que persigue.

La voluntad no es otra cosa que la expresión de nuestro deseo, y si éste es frágil, variable, quebradizo, la voluntad será también carente de persistencia y energía y, por tanto, contendrá cualidades negativas y hasta vituperables, ya que, pudiendo llegar a las más altas cumbres de la vida y de la gloria, se queda en los míseros valles donde la impotencia es norma única. Y puesto que desgraciadamente abandonamos hasta ahora este propósito y por ende se encuentra la voluntad sin freno ni guía, a merced de la volubilidad y de la inconstancia, se hace preciso que lo hagamos tornar por las sendas del éxito que, son las de la obediencia ciega a las orientaciones definitivas que le marque nuestro inquebrantable deseo. !QUIERO! dirá la Voluntad... Y ese quiero debe ser ya la norma exclusiva de todas las manifestaciones de nuestra vida.

Una tal afirmación imperativa de una decisión definitiva no tiene otro curso. ¡Es una energía que se tronca en realidad efectiva en nuestra mente, primero como idea, y luego, en todo nuestro ser y en nuestra vida, en virtud del poder alquímico de nuestra voluntad! ¡Querer es Vencer! ¡Querer es superarse! ¡Vencer, superar, eso es vivir de veras!...

Llegan los obstáculos, las más rudas y al parecer formidables oposiciones a la consecución del deseo. ¡Cada deseo original nuestro, parece originar en primer término reacciones antagónicas! ¡Cada nuevo deseo original crea sus propias reacciones en el ambiente!

¿Acaso nuestro deseo es débil? – Si lo alimenta una mente inculta e indiferente, no encuentra base ni sostén en nosotros, y luego se ve destituido por las reacciones del ambiente. Y si nuestra voluntad es frágil o inconsistente, todo está perdido...

¡Ser original, ser uno mismo, e ahí lo difícil! ¡Es lo grande, pero cuan difícil es de lograr!

La voluntad propia tiene una infinidad de grandes enemigos. El mayor de todos, es la propia desidia que es hija de nuestra ingénita inepcia. ¡Es lo que nos hace columbrar imposibles antes de haber hechos esfuerzos!

Pero hay otros terribles enemigos, como por ejemplo el “qué dirán” de las parvadas insulsas, siempre listas a ponernos la muralla de sus velos, generalmente estúpidos y malévolos; luego los consejeros amistosos y las insensateces de la mediocridad que no ven sino quimera, locura, objeto de burla necia en todo empeño de innovación o de superación...

Se impone en nosotros, por tanto, un verdadero esfuerzo. ¡Voluntad es creación de esfuerzo!

Ya lo expresaron antiguos Maestros de Sabiduría, para vencer en las lides de la vida, preciso es aprender a ser fuerte, y esto se encuentra en la clásica fórmula de los Magos: “SABER, OSAR, QUERER Y CALLAR”.

Saber, para no estar desorientado o equivocarse; Osar, o sea atreverse a actuar asumiendo una actitud creadora ante las circunstancias de la vida; Querer, desde luego, para ser siempre el artesano de su propio destino y labrar su propia felicidad y en fin Callar como precepto de sagacidad, pues el silencio propicia todas las grandes obras; es la primera condición de la función mental conocida por Concentración y Meditación (el ORAR de los no-iniciados) y en fin la manera de afinar el ser a los principios creadores de lo superlativo.

Así que ante las dificultades debemos mantenernos Conscientes, con mente alerta y equilibrio firme. Y en estas circunstancias, resulta muy efectivo saber decir y repetir en sí mismo con decisión y firmeza: ¡QUIERO! Ese QUIERO repetido a menudo en nuestro fuero interno fortalece nuestros nervios, templa nuestro carácter, energetiza nuestra mente, afianza nuestras ansias; se constituye en habito y luego en virtud y fundamento de nuestra vida.

La Voluntad es la potencia directora de lo que el pensamiento haya logrado concebir; sostiene, en fin, el producto de la mente perceptriz y anhelante, haciendo que esas fuerzas se exterioricen en forma tangible, convertida en viviente realidad.

Pero así como la Voluntad ha de ser inalterable y persistente para ser vencedora en sus empeños, del mismo modo el pensamiento debe obrar con independencia absoluta y continuidad insaciable, alejándose de todo lo que no tenga relación con el ideal perseguido.

El milagro no es otra cosa que la consecuencia de un pensamiento y una voluntad firmes, puesto al servicio de la virtud, que es un ideal de superación en la vida.

Acordémonos aquí de la bella y significante leyenda de José Enrique Rodó, denominada “La Pampa de Granito”:

Reza así: “En una inmensa pampa de granito; su color gris; en su llaneza ni una arruga; triste y desierta; triste y fría bajo un cielo de indiferencia, bajo un cielo de plomo. Y sobre la pampa estaba un viejo gigantesco; enjuto, lívido, sin barba; estaba el gigantesco de pie, erguido como un árbol desnudo. Y eran fríos los ojos de este hombre, como aquella pampa y aquel cielo; y su nariz tajante y dura como una segur; y sus músculos, recios como el mismo suelo de granito; y sus labios no abultaban más que el filo de una espada. Y junto al viejo habían tres niños, ateridos, flacos, miserables; tres pobres niños que temblaban, junto al viejo indiferente e imperioso, como el genio de aquella pampa de granito.

El viejo tenía en la palma de la mano una simiente menuda. En su otra mano, el índice extendido parecía oprimir en el vacío del aire como una cosa de bronce. Y he aquí que tomó por el flojo pescuezo a uno de los niños, y le mostró en la palma de la mano la simiente, y con voz compatible al silbido helado de una ráfaga le dijo: “abre un hueco para esta simiente” y luego soltó el cuerpo trémulo del niño, que cayó sonando como un saco de guijarros sobre la pampa de granito.

Padre, sollozó él, “¿Cómo lo podré abrir si todo este suelo es raso y duro?”.

“Muérdelo”, - Contestó el viejo con el silbido helado de la ráfaga; y levantó uno de sus pies y lo puso sobre el pescuezo lánguido del niño; y los dientes del triste sonaban rozando la corteza de la roca, como el cuchillo en la piedra de afilar; y así pasó mucho tiempo, mucho tiempo; tanto, que el niño tenía abierta en la boca una cavidad no menor que el cóncavo de un cráneo; pero roía, roía siempre, con un gemido de estertor; roía el pobre niño bajo la planta del viejo indiferente e inmutable como la pampa de granito.

Cuando el hueco llegó a ser lo hondo que se precisaba, el viejo levantó la planta opresora; y quien hubiera estado allí hubiese visto entonces una cosa más triste aún, y es que el niño sin haber dejado de serlo, tenía la cabeza blanca de canas; y apartole el viejo con el pie, y levantó al segundo que había mirado temblando todo aquello.

“Junta tierra para la cimiente”, le dijo.

“Padre”, - preguntó el cuitado -, “¿En donde hay tierra?”

“La hay en el viento; recógela”, repuso el amo de la pampa de granito; y con el pulgar y el índice abrió las mandíbulas miserables del niño y le tuvo así contra la dirección del viento que soplaba y de la lengua y en las fauces jadeantes se reunía el flotante polvo del viento, que luego el niño vomitaba, como limo precario; y pasó mucho tiempo, y ni impaciencia, ni anhelo de piedad mostraba el viejo indiferente e inmutable sobre la pampa de granito.  

Cuando la cavidad de piedra fue colmada, el viejo hecho en ella la simiente; y arrojó al niño de sí como se arroja una cáscara sin jugo, sin notar que el dolor había pintado la infantil cabeza de blanco, y luego, levantó al último de los pequeños y le dijo, señalándole la simiente enterrada “Haz de regar esa simiente”; y como él le preguntase, todo trémulo de angustia: “Padre, ¿En donde hay agua?”, le dijo “Llora, la hay en tus ojos”; y le torció las manos débiles, y en los ojos del niño rompió entonces abundosa vena de llanto y el polvo sediento la bebía; y este llanto duró mucho tiempo, mucho tiempo, porque para exprimir los lagrimales cansados, estaba el viejo indiferente e inmutable de pie sobre la pampa de granito.

Las lagrimas corrían en el arroyo quejumbroso tocando el círculo de tierra; y la cimiente asomó sobre el haz de la tierra como un punto; y luego echo fuera el tallo incipiente, las primeras hojuelas; y mientras el niño lloraba, el árbol nuevo criaba ramas y hojas, y en todo esto paso mucho tiempo; mucho tiempo pasó, hasta que el árbol tuvo tronco robusto y copa anchurosa, follaje y flores que aromaban el aíre y descolló en la soledad. Descolló el árbol aún más alto que el viejo indiferente e inmutable, sobre la pampa de granito.

El viento hacía sonar las hojas del árbol y las aves del cielo vinieron a anidar en su copa y sus flores se cuajaron de frutos; y el viejo soltó entonces al niño, que dejó de llorar, toda blanca la cabeza de canas. Y los tres niños tendieron las manos ávidas a la fruta del árbol; pero el flaco gigante los tomó, como cachorros del pescuezo, y arrancó una semilla y fue a situarse con ellos en el cercano punto de la roca; y levantando uno de sus pies juntó los dientes del primer niño con el suelo; juntó de nuevo con el suelo los dientes del niño, que sonaron bajo la planta del viejo indiferente e inmutable, erguido, inmenso, silencioso, sobre la pampa de granito.

Esta desolada pampa es nuestra vida; y ese inexorable espectro es el poder de nuestra VOLUNTAD; y estos trémulos niños son nuestras entrañas, nuestras facultades y nuestras potencias, de cuya debilidad y desamparo, la VOLUNTAD arranca la energía todopoderosa que subyuga al mundo y rompe las sombras de arcano.

Un puñado de polvo, suspendido por un soplo efímero, sobre el haz de la tierra, para volver, cuando el soplo acaba, a caer y disiparse en ella; un puñado de polvo; una débil y transitoria criatura, lleva dentro de sí la potencia original, la potencia emancipadora y realenga, que no está presente ni en los encrespamientos de la mar, ni en la gravitación de la montaña, ni en el girar de los orbes; un puñado de polvo puede mirar a lo alto y dirigiéndose al misterioso principio de las cosas, decirles:

“Si existes como Fuerza libre y consciente de tus obras, eres, como yo, una Voluntad; soy de tu raza; soy tu semejante; y si solo existes como fuerza ciega y fatal, si el Universo es una patrulla de esclavos que rondan en el espacio infinito, teniendo por amo una sombra que se ignora a sí misma, entonces yo valgo mucho mas que tu; y el nombre que te puse, devuélvemelo, porque no hay, en la tierra ni en el cielo, nada más grande que Yo”.