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Continuando con nuestra línea editorial en torno a la Paz, esta vez hemos tomando el documento intitulado PAZ OMNIPOTENTE, el cual fue publicado en la Revista Ariel No. 24, Mayo de 1941.

 

PAZ OMNIPOTENTE

La Paz no es en sí el resultado de determinadas condiciones externas, más o menos satisfactorias, de compromisos y acuerdos de cualquier naturaleza, ni tampoco un ideal más o menos utópico y realizable en un lejano porvenir, sino, fundamentalmente, una condición interna, UN ESTADO DE CONCIENCIA, UNA FUERZA O PODER DIVINO que siempre está en nosotros, a nuestro alcance, que siempre podemos llamar o invocar para que se exprese y establezca en nuestro fuero íntimo, y de esta manera se haga CAUSA OPERATIVA en las condiciones reinantes en el mundo que nos rodea.

La Paz es, sobre todo, una cualidad del Ser, un atributo inseparable de lo que hay de MAS REAL en el universo, en la vida y en nosotros mismos. Cuando sabemos acercarnos al CENTRO que todo lo mueve, impulsa y produce, tanto en el universo como en nuestra propia vida íntima, encontramos en ese centro, como REALIDAD ACTUAL eterna, inmanente, omnipresente e indestructible, una PAZ infinitamente más perfecta y sublime que todo lo que nos sea posible concebir: esa PAZ precisamente, que TRASCIENDE TODA COMPRENSIÓN. Y, si pudiéramos imaginar que la más poderosa y perversa voluntad de violencia quisiera acercarse a ese tranquilo reinado de serenidad, a ese Océano de la Presencia Real en el cual siempre nos es dado encontrar nuestra pequeña ISLA DE BEATITUD, esa voluntad se disolvería en la nada, mientras se aproxima a sus puertas; precisamente como las sombras se disuelven cuando quieran acercarse a la luz, y el frío también se destruye a sí mismo cuando quiera marchar en contra del fuego mas abrasador.

No diferente es la suerte de toda forma de violencia que quiera igualmente acercarse a quien, con toda su alma, SE ESTABLEZCA Y BUSQUE SU REFUGIO en este estado de conciencia: ningún arma o poder externo logra alcanzarlo o herirlo, mientras PERMANEZCA en tal estado; y, como delante de las armonías celestiales de la mitológica Lira de Orfeo, delante del hombre que haya encontrado esa paz y la exprese naturalmente - así como el sol o una lámpara expresan la luz - en todos sus pensamientos, palabras y acciones, toda forma de irritación o violencia desaparece en su proximidad, o la misma voluntad de violencia cesa de ser tal cuando se le acerca.

El Salmo 91 de la Biblia también describe el poder inherente en un estado semejante, cuando se establezca EN LO REAL, o sea en lo Altísimo y lo Eterno de su propio ser, cualquiera sea el nombre que le dé y la forma en que lo concibe. Y el mismo poder pacificador, que se extiende a los animales salvajes que viven en su alrededor, adquieren los yoguis por medio de AHIMSA o "no violencia" practicada de una manera absoluta, o sea por medio de una actitud de constante benevolencia, tanto en las acciones con en las palabras y pensamientos. Ahora, esta condición de verdadera paz, serenidad y tranquilidad interna, en cualquiera de sus infinitos grados en que sepamos adquirirla y manifestarla, desde el CENTRO más profundo de nuestro íntimo -en donde siempre se encuentra- como el estado habitual y permanente de nuestro ser, ese Poder invencible, siempre presente en nosotros en un estado latente (aún dentro del hombre que aparece más violento e intratable), y siempre dispuesto y DESEOSO de expresarse a través de nosotros, es lo único que realmente pueda llevar la paz y la armonía entre los hombres y las naciones, así como en el mundo entero.

Esa condición externa indispensable, para que todas las relaciones humanas procedan de una manera eficiente y en la forma más armónica y constructiva, es simplemente EFECTO Y RESULTADO de un verdadero ESPIRITU DE PAZ, una conciencia y voluntad de paz firmemente establecida en el mayor número de hombres y mujeres en todo el mundo. Cuando esa Voluntad de Paz realmente DOMINE en el corazón de los hombres, siempre animados por mutua benevolencia, simpatía y comprensión, entonces no podrá haber en el mundo voluntad o persona capaz de producir otra guerra, y las guerras mismas estarán consideradas como bárbaras memorias de un pasado definitivamente superado. Desarme, limitación de los armamentos, etc., son cosas enteramente secundarias, cuando no hay deseo o voluntad de guerra, sino benevolencia, simpatía y comprensión para con todos los demás hombres y pueblos, y el deseo de lograr una composición armónica (igualmente satisfactoria para las dos partes) de toda eventual diferencia o dificultad, también cesará naturalmente el temor a la guerra y a su preparación.

De lo dicho resulta que la guerra y la hostilidad, en sus diferentes formas públicas como privadas, no son sino la expresión natural de una condición negativa correspondiente, existente en el corazón y en la mente de los hombres: FALTA DE SIMPATIA, BENEVOLENCIA Y COMPRENSIÓN. Sería, pues, enteramente inútil y pueril buscar la destrucción de ese EFECTO sumamente lastimoso e indeseable que es la guerra, sin suprimir la CAUSA INTERNA y el substituirla con las cualidades positivas que precisamente hacen falta.

Dado que vivimos sobre un mismo planeta y estamos constantemente en comunicación y relación los unos con los otros - relación que no seria posible ni deseable suprimir o limitar- y dado que nuestros intereses, necesidades y posibilidades de progreso no pueden estar sino estrechamente enlazados, es indispensable, PARA NUESTRO MISMO BIENESTAR EGOISTA, que aprendamos a comprendernos y a simpatizar los unos con los otros, cooperar a nuestro común y recíproco bienestar, y por lo tanto también AMARNOS en la acepción más elevada de la palabra, o sea, HACIENDO A LOS DEMAS PRECISAMENTE AQUELLO QUE DESEARIAMOS QUE NOS HICIERAN. El progreso de la vida social y la sociedad misma están basados sobre esa fuerza Divina o principio de COHESIÓN UNIVERSAL que es el Amor, del que la gravitación y demás fuerzas físicas no son sino diferentes aspectos materiales. La misma justicia, en su aspecto positivo, o sea, en cuanto significa HACER LO JUSTO, no es más que una comprensión imperfecta y parcial de la Ley del Amor - cuya justa aplicación produce naturalmente la más perfecta ARMONIA entre los hombres. Y, en su aspecto negativo como CASTIGO DE LO INJUSTO es igualmente una imperfecta comprensión y aplicación humana de la Ley Universal, que es fundamentalmente AMOR Y ARMONIA y que por ser tal, no puede tolerar las desobediencias (o sea, las acciones en contra del amor y de la armonía) que naturalmente siempre encuentran EN SI MISMAS, en sus efectos, los resultados finales, su propio castigo.

Cuando realmente comprendamos la Ley del Amor - que es la Ley de las Leyes, la ley Soberana que abarca y comprende todo lo que existe, de la cual todas las demás leyes naturales y humanas no son sino aplicaciones y aspectos más o menos incompletos - y pongamos nuestra mayor buena voluntad para atenernos constantemente a la misma, todas las demás leyes salen sobrando, pues, aquella las comprende y sintetiza en su forma más completa y en su mayor alcance.

Algunos de los que nos leen objetarán que eso no es práctico: que el amor es simplemente una abstracción, un ideal utópico que no puede sino tener aplicaciones relativas o en un medio limitado, que la verdadera ley biológica y universal es la lucha y no el amor y la cooperación. Todas estas expresiones no prueban sino la limitada comprensión y la imperfecta reflexión de quien de tal manera nos hable. Si estudiamos, meditamos y vamos al fondo de las cosas, nos convenceremos que todos esos argumentos son ilusorios, dado que en ellos se confunde la APARIENCIA de las cosas por su realidad: el amor no es una abstracción humana, sino una LEY COSMICA que todo lo domina, desde lo más grande a lo más pequeño, desde el átomo al astro.

Cuando estudiemos el universo y la vida desde el punto de vista de esta Ley, nos convenceremos de que realmente es la PIEDRA FUNDAMENTAL sobre la que descansa todo el edificio de lo existente: la arquitectura cósmica como biológica, social y humana. Si cesara de obrar; los astros escaparían en mil direcciones distintas, los átomos cesarían de agregarse y combinarse, las células de nuestro cuerpo (admitiendo que pudieran existir sin las agregaciones atómicas y moleculares que las constituyen) se harían otros tantos infusorios independientes, y la misma sociedad humana (suponiendo que existieran hombres), nunca hubiera podido formarse y existir. ¿Qué se haría, entonces, de toda la naturaleza que admiramos y estudiamos, y de los mismos objetos de nuestra diaria experiencia?

De la misma manera que sin el Amor que, bajo la forma de gravitación o MUTUA ATRACCIÓN une los unos con los otros, los astros no podrían formar sistemas ordenados, ni igualmente los electrones combinarse en átomos, y estos en moléculas, las moléculas en substancias diferentes, en cristales y células, y éstas en organismos que comprenden millones de ellas, cada una de las cuales tienen su objeto y función particular; así tampoco los hombres podrían formar sociedades armónicas, capaces de existir y progresar permanentemente, según comprendan y se esfuercen en aplicar esa Ley ESENCIAL. De otra manera, y en la medida de su propia incomprensión y falta de reconocimiento, hay anarquía, recíproca destrucción y final disolución.

En último análisis, la guerra es simplemente UNA REVELACIÓN de la falta de reconocimiento y de obediencia a la Gran Ley de cohesión universal, expresada como mutua incomprensión, falta de simpatía, de solidaridad y de cooperación DE LOS DOS LADOS envueltos en la lucha; dado que siempre precisa más de uno para que hayan hostilidades.

Según comprendan, reconozcan y apliquen esta Ley, aún en forma parcial e imperfecta, los hombres, las sociedades y los pueblos así crecerán, progresarán y prosperarán; pero, todas las veces que haya una CRISIS, en la vida individual como social e internacional, precisamente significa que la Ley debe de ser mejor comprendida, aplicada y realizada: de otra manera el progreso cesa de ser posible y habrá inevitablemente un período de regresión, cuya persistencia produce la final disolución.

Cuando en la misma guerra los hombres aprendan a comprenderse y simpatizar, de manera que, cesando de ser enemigos, se hagan amigos verdaderos y cooperen para su común bienestar, entonces la guerra producirá un resultado benéfico y constructivo y su necesidad puede considerarse como definitivamente superada; pero, cuanto esto no se verifique y persistan la falta de mutua simpatía, comprensión y cooperación, entonces se hace la semilla de otra guerra, inevitable, en el porvenir. Toda la historia puede demostrarlo.

Trabajar para el bien de los demás IGUALMENTE como para el propio, no es, por consiguiente, un ideal utópico, sino la regla más conveniente y la necesidad más vital de la vida práctica: cuando así se haga SABIAMENTE no habrá crisis, dificultad o condición negativa que no pueda superarse feliz y satisfactoriamente; cuando lo olvidemos obraremos constantemente para nuestra perdida y daño. Los hombres y naciones que no comprendan y no sepan COOPERAR ARMONICAMENTE con los demás, no podrán conservar por mucho tiempo su lugar y estancia sobre la tierra.

COOPEREN PARA QUE SE HAGA EN COMUN UN MUNDO MEJOR PARA TODOS

UNIR es construir                                                 DESUNIR es destruir

 

 

"La Espiritualidad no es cuestión de doctrina, de dialéctica, de creencias ni de dogma,
sino de íntima realización y de hondas vivencias conscientes.

Es lo universal que se extremece y actualiza en lo contingente y circunstancial"

Swami Jñanakanda