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 AUTORIDAD Y JUSTIFICACION ESPIRITUAL

En esta hora crucial de la humanidad

Palabras a un Cristiano, por un Oriental de nacimiento, que es Occidental en cultura y Universal por sus logros superativos.

            Muy Querido Hermano:

            Nunca lograríamos entendernos si de antemano no nos situamos en un plano de mutua comprensión, y sobre todo si no precisamos previamente qué es lo que pretendemos.

            Por mi parte, yo debo advertirle que no soy sectario, que no hago labor proselítica, y en fin que creo que el bien es Universal, lo mismo que el Espíritu, y por ende es indiscutible. No trataré, pues, de convencerlo, ni pretendo ser convencido por usted, pero quisiera que nos mantuviésemos en un plano de mutua y general apreciación, por cuanto sólo así lograríamos guardarnos el respeto que nos merecemos, la admiración que nos corresponde, y la dignidad que no puede dejar de caracterizarnos.

            No vengo a contender con usted, pues no quiero entregarme a la tarea de impugnar sus argumentos, que son para usted irrefutables porque dimanan de dogmas y pertenecen a la tradición, que le es Sagrada por lo Divina. En semejantes condiciones, no hay de qué discutir, y por eso no deseo rebatirle sus asertos. La sofística no me agrada, y soy mal casuista, porque soy demasiado sincero conmigo mismo y honro demasiado el derecho ajeno a su propio criterio para ser intolerante. No se extrañe, pues, si le digo que admiro su fe y celebro su entusiasmo.

            Una vez hecha esta aclaración, sólo me queda hablar de mí mismo, no de mi persona, que es insignificante en comparación con el Universo, sino de mi manera de ser y de pensar, ya que así conseguiré aclararle muchos puntos que a usted le parecen oscuros y que son motivo de su ruda crítica y condenación.

            En primer lugar, me embarga una infinita compasión por toda manifestación de vida, y ello no por incitación de ninguna doctrina o recomendación, sino porque he logrado comprender que la Vida es Universal, y que lo que atañe a los demás me afecta a mi también, y además que mis actitudes frente a la realidad enriquecen mis experiencias y ayudan al desenvolvimiento de los demás si son armoniosas, constructivas y creadoras.

            He llegado a comprender que el respeto a toda forma de vida es una de las esencialidades del Universo, porque la vida es Universal y Eterna, pese a sus infinitas y constantes variaciones, y que si se siente la dignidad de los procesos evolutivos se contribuye a la mejor justificación de la propia existencia. Así, miro confiadamente el majestuoso panorama de la Naturaleza, embebido de su energetismo creador y evolutivo y me posesiona el sentido grandilocuente de la finalidad perfectiva de la vida, y no necesito otra clase de convicción para responder a las exigencias de mi razonamiento para relacionarme mejor con cuanto me rodea y con lo que se desenvuelve hasta en las más lejanas y trascendentales regiones del Universo.

            Y cuanto más admiro la grandeza infinita de la Naturaleza, donde percibo el juego de las fuerzas inteligentes en sus procesos de evolución, más me percato de mi potencialidad íntima, que concibo infinita, tan infinita como la extensión inefable del Universo, pues noto que hay una estrechísima relación entre todo lo existente, y que cada individuo u organismo es tan grande y poderoso como se empeñe en serlo. Es más, creo que se es tan grande y magnífico, individualmente, como los misterios que se catea, ama y sirve.

            La Naturaleza es el Gran Libro Eterno en el que me instruyo, que sé que es escrito por la Inteligencia Universal, que otros llaman Dios, Vak, Logos o de otras maneras; pero sé además que cuanto más me entrego a la Meditación más me encuentro a mi mismo y más descubro mi identidad con el gran Todo Universal. De esto se desprende mi manera de ser. Soy dinámico y siempre ansioso de superación porque la Naturaleza me convida a ser así, por conveniencia mía y porque quiero mantenerme en ritmo armonioso en afinidad con la Naturaleza, sin apartarme jamás de sus insinuaciones y lecciones, que son modos de inspiración.

            He ponderado todas las Santas Escrituras de Oriente y de Occidente, y puedo decir que estoy familiarizado con los motivos de sus creencias, que usted llama CRISTIANAS. Pero aunque no cuento con una formación mental igual a la suya, puedo decirle que reconozco las bondades del Cristo que personifica la Conciencia Cósmica. Lo único que hecho de menos aquí, es la poca fidelidad que mantienen los seguidores del Cristo, los Cristianos, con respecto a las enseñanzas que llevan su cuño. No tengo empacho en confesar que encuentro los Evangelios todavía inéditos en la vida de la inmensa mayoría de quienes pretenden ajustar su vida a ellos. Tal vez sea yo demasiado exigente, o me he dejado impresionar por el celo de ciertos místicos, como el de Ángel Silesius, aquél que dijera: “En vano podría haber muerto todos los Viernes Santos o en cada celebración de Misa, si no he muerto realmente siquiera una sola vez en nuestros corazones”, o posiblemente sea yo demasiado ingenuo y crea que se deba tomar al pie de la letra los propósitos de los Profetas. Pero le aseguro que todo esto no es óbice para que aprecie sus esfuerzos de vida armoniosa con el Alma Universal, llámesela Jesucristo, Dios, o como se quiera. Creo que la Religión Cristiana, como todas las demás, es magnífica, ya que corresponde a ansias sinceras del hombre por vencer sus ataduras atávicas y encausar su vida por derroteros de bondad y bienandanza. No seré yo quien trate de contradecirle sus propósitos y finalidades, por más que los Evangelios me ofrezcan muchos puntos dudosos. Dirá usted, ya lo sé, que si pongo en duda la veracidad y autenticidad de los Evangelios y de las Sagradas Escrituras, toda la enseñanza Cristiana se cae al suelo. El mismo argumento han venido sosteniendo todos los exégetas y prelados religiosos de otras religiones en otras latitudes; pero las organizaciones religiosas han subsistido y subsisten. Es que lo que mantienen a estos sistemas no es su contenido moral y filosófico ni sus Principios de Espíritu o Verdad, sino el celo de sus exponentes y defensores. Nos dirán que este celo es el producto de las Escrituras, la inspiración de sus poderes Divinos, las virtudes que infunden; pero si nos remitimos a la historia, notaremos que este celo no ha sido precisamente el poder determinante de los grandes personajes que aseguraron la continuidad del sistema, y en eso podemos referirnos a todos los sistemas u organismos religiosos del mundo y de todas las edades.

            Pero no adelantamos nada contendiendo por ideas. Lo importante son los sentimientos. Por ahí notará usted que me baso en el verismo de la vida. Los ideales y las ideas varían, con precipitación fugaces. Lo importante son los sentimientos, que son los elementos que sustancializan nuestra vida, y que nos orientan de veras hacia los devenires engrandecedores. La Reforma Cristiana, por ejemplo, no fue un éxito porque fuera una idea, loable por cierto, sino porque la vitalizaran sentimientos de positiva grandeza. El comunismo en cambio, que es una idea grandiosamente magnífica, no prosperó porque no pasó de ser una simple idea o una aspiración. De ahí que convendría decir que lo importante no es lo que ideamos o creemos, sino lo que sentimos, y no tanto el ideal como la significación de éste en lo íntimo de nuestro ser. Lo que se cree, igualmente, carece de importancia si no se siente y vive, si no nos hace vibrar de entusiasmo, si, en fin, no interesa nuestro vigor y no nos infunde nueva vitalidad. Y mucho de esto ha ocurrido con las Enseñanzas las más bellas y ponderables, sin exceptuar a las cristianas.

K.H.

(Maha Bodha Mandala .- Marzo de 1944)

Lo que se ha heredado del Padre es preciso emplearlo para poseerlo; todo lo inútil es una carga pesada; sólo es útil lo que puede servir en un momento dado”. K.H.