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 Tomado de: The Spiritual Call - L´Appel Spirituel – La Voz Cósmica

Agosto 28 de 1973 – Fascículo 23. Editado por el CENTRO FOYERS DE CONSCIENCE SPIRITUELLE BODHA. París, Francia.

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  mujer   Mujer

La mujer es el eterno misterio encarnado en belleza sustancial y mágica. Es también el milagro de la vida que expresa los ideales, los sueños y las ilusiones más enaltecedoras.

La mujer debe conocer sus potencialidades, y también debe saber utilizar sus cualidades, sus fuerzas maravillosas y sus recónditas virtudes inspiradoras. Creemos, inclusive, que ninguna mujer que se respete, podría desconocer o menospreciar los elementos que refuerzan sus propios factores naturales de feminidad, el arte y la ciencia, en fin, que le permite triunfar mejor en la vida.

La mujer debe llenar a cabalidad su cometido natural de feminidad y propender a realzar sus atributos femeninos que le permiten cumplir esa maravillosa misión. Ser mujer es un privilegio, lo mismo que ser flor de un jardín. Por eso es preciso saber ser flor entre flores, o mujer a cabalidad a fin de triunfar en las duras competencias impuestas por la vida moderna.

La obligación de toda mujer es ser bella. Ser más bella, más atractiva, más encantadora, más seductora, más admirada y más adorable es su primer deber, la fase básica de su misión de mujer.

Ante todo, la mujer debe ser fuerte de alma y ser dueña de un cuerpo sano, vigoroso y admirable. Esta es una obligación biológica y espiritual, por cuanto no podría llegar a ser madre de hijos seleccionados si no fuese ella misma dilecta, encantadora y adorable.

El hecho de querer ser elegante, preciada, seductora, es ya un disfrute de sus atributos femeninos básicos. Además, en nuestros tiempos de libertades conquistadas, el hecho de ser mujer no priva a nadie de lograr eminencias, logros y triunfos máximos. La mujer, por ser lo que es intrínsecamente, y porque puede desarrollar sus facultades y ponerlas al servicio de la especie y del mundo, le es dado alcanzar las cumbres de las aspiraciones humanas, a igual título que sus compañeros los hombres, en igualdad de circunstancias.

No es nuestro propósito filosofar. Queremos tan sólo recordar a todas las damas que hoy en día nadie disfruta de privilegios absolutos. Hace poco una joven estudiante se vio convertida en emperatriz, sin nunca haber podido soñar que ello fuese posible. A diario otras mujeres ven coronadas sus aspiraciones, desde las factorías y los puestos de comando de empresas industriales. Otras aún surgen como luminarias del teatro, gracias a su tesonera labor. Otras, aunque de humilde alcurnia, logran rangos sociales insospechados, posiciones de increíble fortuna, o títulos inesperados.

Recordemos, en fin, que la divisa fiera de Guillermo de Orange: “No es necesario esperar para emprender, ni triunfar para perseverar” ,calza al dedillo como lema de toda mujer decidida a dar forma a sus mejores aspiraciones.

La meta inmediata de la mujer es dual en sentido, pero fundamental en esencia. Ella debe cultivar su belleza, su personalidad femenina y lograr triunfar en sus mejores aspiraciones. Para ella, triunfar es saber ser madre, compañera y amante perfecta al mismo tiempo. Todo ello se resume en la esencia de su feminidad.

En tiempos como los actuales, de constante confusión y crecientes contrariedades surgidas de las dificultades que provoca la civilización inhumana y carente de contenido espiritual, y de sentido cruel y hasta artero para muchas de nosotras, conviene tener una fe de esa clase. Es una fe que vigoriza y procura mayor comprensión, a la vez que orienta y rehabilita. Convendría, en fin, abrevar en fuentes puras de noble inspiración, a diario, en vez de perderse en los vendavales de chismes y de oficiosas zalamerías, que son siempre infructuosas en el sentido edificante de la vida, o en dejarse arrastrar por las querellas, los propósitos desilusionantes, las vanas promesas y los crueles recuentos de la prensa del día.

Sería ilusorio pretender resolver los múltiples problemas que aquejan al mundo. Los poderosos del día se preocupan de preferencia por sus propios intereses, respaldándose adrede en utopías y esgrimiendo teorías en las cuales no creen o en ideologías que no practican. Pero si cada una de nosotras puede ocuparse de su propia dignidad, esforzándose en ser vehículo de nobles realizaciones y logrando conquistas rehabilitadoras, ésta sería una finalidad por demás encomiable, una admirable justificación individual y colectiva de la vida.

Mayo-Junio, 1951, “The Sweet Conquerer”