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 Editorial

LA VERDADERA FILOSOFIA AL RESCATE DEL MUNDO

Aung Maung CHERENZI L.
de Chan, Tíbet

(Ex- Anagarika Lhasshekankrakrya)

 

Mensaje oficial del CONGRESO MUNDIAL BUDHICO (PENSAMIENTO PURO) PERMANENTE, por su Honorable Presidente. 

Exposición acerca de la Asamblea de Líderes y Filósofos Budhistas que en breve se llevará a cabo con el propósito de remediar los males del mundo, postrero recurso destinado a triunfar donde han fracasado todos los empeños anteriores basados en el colectivismo absolutista. La tesis sostenida por el Budismo es pura y exclusivamente individualista en sus bases, siendo colectivista únicamente en sus trascendencias; de ahí la importancia de este suceso que se anuncia sin pompas ni reticencias, y el interés de la presente exposición que pone frente a frente las dos escuelas sociológicas cuyos temas constituyen los mayores problemas de la especie humana. Debemos este ensayo al máximo expositor de la filosofía Búdica en la hora actual, personaje Oriental que figura además entre los más decisivos valores del mundo entero, por su poderosa influencia en los asuntos de la humanidad y sus vastos horizontes morales profundamente arraigados en una concepción científicas de las más seguras y diversas.

Buenos Aires, Rep. Argentina. Tomado de La Medicina Argentina, de Marzo, 1933.

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Nuestra humanidad se encuentra en estos precisos momentos en pleno proceso de fragorosa destrucción. Todos sus valores consagrados fracasan estrepitosamente en todos los empeños de progreso, de reforma y de renovación, y en su descomunal tráfago de febril y desesperado anhelo de salvación no acierta a precisar ninguna de sus actuales ansias ni tampoco a lanzar desde el fondo de su corazón y con cordura edificante el más insignificante o menos alentador S.O.S., el angustioso clamor por alguna salvación.

Ante el fracaso de todos los empeños y la bancarrota de todos los valores ponderados, la mirada desesperada de salvación parece resumirse en el comunismo socialista extremo y categórico que con tan desconsoladores efectos tratase de poner en práctica en Rusia. Las ansias del mundo se tornan ahora hacia el comunismo Ruso como quien se ase del primer madero con que se tropieza en un naufragio, y como todos los esfuerzos son buenos cuando se está en el colmo de la desesperación, tanto como todos los analgésicos parecen buenos a un enfermo atacado de un mal crónico cuyo remedio no se encuentra y que ningún médico acierta a diagnosticar. El cristianismo, la masonería, el espiritismo, el romanticismo, el positivismo, el nietzchismo, han tenido el mismo proceso histórico. Este comunismo, no es de dudarlo, puede reunir elementos de salvación social, pero los efectos de su errada aplicación lo desautorizan, lo condenan, lo descalifican como régimen ideal o como concepción edificante, y es lo que se desprende en ulterior análisis de los relieves de su practicismo categórico, pero contraproducente, eso es de su realidad de terrorismo sin fin, de su constante derramamiento de sangre, de su interminable inmolación de víctimas, de su tétrica presentación de medidas inconsultas contra los más sanos principios de la naturaleza humana y contra las más elementales nociones de justicia, laborando manifiestamente contra el desarrollo mental y la libre expresión de la conciencia del ser humano. ¿Puede alegarse con juicio sano que semejante sistema pueda resultar un medio de genuina salvación humana en el caos actual? Se pretende que tal tragedia y desorientación, que encontramos basada en una ignorancia absoluta de los principios de la constitución humana y de las leyes armoniosas de la naturaleza, no es sino efecto del momento, transitorio y resultante de un indispensable rigor para la implantación eficaz del sistema comunista, pero nos preguntamos nosotros si el transcurso de quince largos años - tras de media docena de década que le separan de su generador, Carl Marx – no es tiempo suficiente para demostrar las bondades de un nuevo proceso social o para la justificación de un novísimo sistema de gobierno. En ulterior y serena contemplación de ese clamor nefando de los hechos, pues, nos inclinamos a descartarlo de nuestras consideraciones y a rehuirlo, pues es obvio que su actual estructura y statu quo social no responden a una expresión de los principios y de las leyes naturales ni encontramos en él las bases factibles que lo hará lograr jamás justificarse a través de sus presentes- por lo que hasta ahora se refiere - erróneas aspiraciones económico-políticas. No decimos, no obstante, que sea inútil. No quisiéramos equivocarnos ni ser injustos jamás, pero mientras más admiración tenemos por algunos de sus ideales menos respeto nos infunden sus medios de acción y aplicación, que no acusan ni nobleza de alma ni la santidad de los verdaderos principios, y si bien no haríamos responsables al sistema comunista de tan grandes males como los que cunden hoy en el mundo y que precisamente contribuyeron a su aparición, como por ejemplo la falta cínica de todo respecto por la Ley, el desprecio a toda noción de justicia y el encono abyecto contra la seguridad pública, que son los pilares de toda civilización, tenemos contra él la terrible queja de que tampoco ha hecho nada por remediar o evitar ese estado caótico de la ideología y de las costumbres humanas que con tanto fervor critica y combate, y por lo tanto resulta tan inútil como los demás “ensayos” de edificación social que lo precedieron, hayan sido estos “sistemas religiosos”, un “misticismo de moda” o un “sentimentalismo” cualquiera.

Pero el espeluznante cuadro del truculento fatalismo de ese ensayo fracasado de Rusia sirve ya de notorio ejemplo para las mentes más avisadas de las generaciones nuevas que se van asomando a la vida en el actual escenario de condiciones a cuales más descorazonadoras. El comunismo, pues, habrá conocido una época de moda, porque nada hermana a los hombres entre sí como el dolor y la desgracia, y no hay mayor desgracia para la humanidad que el cuadro actual del mundo donde todos los valores consagrados se hallan en plena y fatídica bancarrota, en trágico proceso de descomposición final, y no hay nada más doloroso tampoco que el sentir el peso de esta brutal tragedia sin el menor vestigio de esperanza, pero es indiscutible que no ha traído al panorama ético ni ha contribuido a la trayectoria del desenvolvimiento social humano el menor indicio de mejoramiento. Ni siquiera aporta esperanzas dignas de consideración, pues sus trascendencias no han salido todavía del orden de cosas hipotéticas, no contando hasta ahora ni siquiera con un plan ni con recursos definidos ni seguros para su efectuación real. Y es el caso de preguntarse ahora si este supremo esfuerzo y desesperado intento de llevar una fórmula colectivista a un apreciable éxito no constituye una prueba evidentísima de su inutilidad, de su ilógica, de su inviabilidad por lo que respecta a los seres humanos.

Pero el navío de la especie humana no puede resignarse a perecer, como si fuera este destino su único premio o su trascendental finalidad, o sea descomponerse tras de naufragar en el mar de sus groseras pasiones y absurdas ideologías que elevara a la categoría de absolutas verdades. En realidad, sí bien es cierto que no tiene salvación posible en sus actuales orientaciones y mientras siga en su presente modus vivendi, nada impide que esta humanidad despierte los últimos vestigios de fuerza que residen en ella. Un último intento pudiera no ser en vano. Y esto mismo es lo que pretenden lograr los Líderes y Filósofos Budhistas, con su antítesis de trascendente individualismo, y era tiempo ya que ha probado de infinitas maneras su ineficiencia el colectivismo, fracasando y agotando por completo todos sus recursos, ya por la placidez del hogar, por el snobismo del club o por la aparatosidad del clan o bien por el imperativismo de Estado. Todas sus fuerzas se encuentran ahora en su máxima prueba a la vez que en plena disolución, haciendo del humanismo una tesis irrisoria.

¿Qué no es posible recurrir a esta fuerza interior, haciendo el postrero y supremo esfuerzo a causa del imperante caos y por la falta de una genuina orientación ennoblecedora y edificante? ¿Qué de tantas desilusiones sufridas no queda más fe para proseguir adelante? ¿Qué ningún motivo favorece ya ni el menor optimismo? ¿Qué de tan explotado nadie tiene confianza ya en nadie? ¿Qué de probado por el actual caos ideológico, económico y social ningún sistema, ninguna ideología, ninguna concepción contemporánea permite creer ya en la posibilidad de un remedio, una reforma, una Renovación, un Renacimiento, una emancipación salvadora y edificante de la humanidad? ¿Qué el mundo parece haber producido ya lo mejor que la naturaleza nos pueda brindar? ¿Qué ni la razón ni la fe en modo exclusivo, ni la ética organizada ni el más alambicado positivismo han logrado jamás llevar a la humanidad por senderos de sublimidad y de edificante práctica? ¿Qué ni la ciencia ni la religión han podido establecer en el mundo una realidad como la que muchos se desviven en pregonar y recomendar sin mucho preocuparse de poner en edificante ejemplo? La realidad en efecto es que todo esto parece verdad; acre realismo, pero de todos modos verdadero. Pero no hay que ser pesimista ni atribularse ni atimorarse hasta el colmo de volverse nihilista de desesperación. Hay mucha verdad en todo esto del actual descalabro y desbarajuste humano, pero también debemos reconocer que ahí opera a manera de poderoso factor el error que obra a la base de todas las ideas y costumbres del hombre, y como paso decisivo la ineficaz aplicación o el despliegue impráctico de las actividades y fuerzas íntimas de la naturaleza humana, muy a pesar de cuantas y tantas religiones y Revelaciones y Redenciones Divinas (?) preconizadas. El mal, pues, radica en el hombre únicamente, no en la naturaleza. El fracaso de todos los empeños, la bancarrota de todos los valores consagrados, el lamentable naufragio de todas las esperanzas y la inocuidad de todas las inspiraciones magnánimas que acompañan a las fuerzas espirituales en sus momentos de expresión, no pueden atribuirse a una deficiencia natural en la constitución humana, ni a imperfecciones del cosmos, sino pura y exclusivamente a las maneras escogidas por el ser humano para expresar sus actitudes. Es que el ser humano está constituido expresamente para una conducta y para actitudes netamente individualistas; todos sus fracasos y miserias con que convierte al mundo en lodazal de virtudes falsificadas y en campo de guerra no es más que la resultante de su empedernimiento por una fórmula de vida colectivista. El hombre con sicología de “manada” es un ente fracasado en lo que respecta a su integridad intima, de conciencia, su desenvolvimiento y expansión subliminal libre e integral, y de ahí todos sus males y su animalidad, pues se convierte en enemigo de si propio y en el fantasma de sus propias aspiraciones que jamás logra hacer triunfar.

Pero en tal naufragio, cuando el mundo se debate al borde de la desesperación y empezando a detestar y a renunciar al “supuesto madero de salvación” comunista, como renunciara y detestara antes a muchos otros sistemas que igualmente se hicieron de moda, un grupo de sabios se apresta a dar al mundo su verdadero remedio salvador, el poder de la genuina filosofía. Estos sabios no han sido consultados nunca, pero cuando se deciden a tomar tal paso después de haberse mantenido al margen de la catástrofe de todos los valores consagrados deben tener serios motivos y abrigar a la vez apreciables esperanzas. Algo así debe precisarlos a actuar ahora.

Este novísimo y postrero empeño de RENOVACION del mundo a través del pavoroso desmoronamiento de los antiguos moldes conceptuales, económicos y sociales y hasta étnicos, hemos dicho ya, no ha de parecerse en nada a “ensayos” o Conferencias o Congresos que con irritante insistencia se han repetido estos últimos años, en vano. Esta vez no se trata ya de un “ensayo” o de un “experimento” pues los actores ahora no son legos en la materia ni tienen la intención, como es común, de hacer alarde de propósitos que no les interesan en lo menor a no ser como “caballo de combate” para el logro de aspiraciones arribistas (a detrimento o a expensas de las ilusas multitudes, siempre tan dóciles en el manejarlas como fáciles de convencer, pues no hay nada más fácil que convencer a quienes quieren ser convencidos o de manejar a quienes tienen el cuerpo y el alma hechos de servilismo y para el látigo opresor). Esta vez se trata de hacer una labor edificante, sin subterfugios ni promesas ni segundas intenciones, y quienes emprenden esta tarea titánica y tan anhelada por las almas bien nacidas son los Líderes y los Filósofos Budhistas. Su acción tampoco será de palabrerías floridas, de discursos repletos de “condiciones”, de ideas pletóricas de “ansias” sentimentales y de gestos a cuales más picúos, actuaciones en fin sin la menor trascendencia de positiva edificación ética o mental o espiritual del hombre. Y desde ahora lo van anunciando al mundo que tampoco creen en la eficacia de los holocaustos, de las represalias, de las indulgencias, de las retracciones y claudicaciones, de las absoluciones y tantos otros procedimientos idénticos semi-grotescos y tragi-cómicos que tan solo conducen a la sanción del mal a la vez que sirven de incentivo para su repetición y entroniza miento. Ellos son enfáticos a este respecto; lo que el mundo necesita es ENMIENDA en todos los órdenes de cosas; ENMIENDA ideológica, ENMIENDA ética (moral), ENMIENDA de costumbres, (modales, carácter y civismo), ENMIENDA de fe (creencia o convicción conceptual), ENMIENDA en fin en la misma conciencia (vislumbre de lo trascendental). En tiempo oportuno mantendremos a nuestros lectores al corriente de las labores de esta importante Asamblea.

Lo más notable del caso es que estos sabios han anunciado al mundo entero sus propósitos, y no se ha oído contra ellos la más leve protesta de parte de los fanáticos de los dogmas religiosos y políticos que ahora experimentan su fatídico ocaso. ¿Será que se alimenta alguna esperanza respecto de su actuación y de sus alcances? Se van a reunir en forma de Asamblea, denominándose Primera Gran Asamblea de Líderes y Filósofos Buddhistas.[1]

Lo cierto es que han despertado un gran interés entre los elementos más cultivados del mundo, pues muchos de estos miran con expectación hacia este suceso, que califican de trascendental, y ansían ver su realización para apreciar sus resultados. ¿Qué resultará de la actuación de esta Asamblea? No lo sabemos, y solo osamos decir que constituye algo así como la postrera esperanza, o si se prefiere, el supremo esfuerzo de salvación de la humanidad. Si no logra nada esta altruista Asamblea de sabios Buddhistas, quedará concluyente que el mundo actual no tiene remedio ni salvación; pero no podemos menos que regocijarnos ante esta perspectiva, que se nos antoja feliz pues es nada menos que la contribución bien premeditada de la verdadera filosofía al servicio activo, decisivo, definitivo y supremo de la humanidad. Y no dudamos que solo así se operará el rescate del mundo de las nefandas entrañas de la ignorancia, que es la causa de todas las desgracias.

Colombo, Mayo,1932.



[1]Datos acerca de la misma pueden obtenerse: Mr. Ronald Clifton, 2239 Ewing Street, Los Ángeles, California, U.S.A