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REPORTAJE: EL PUEBLO MÁS TRISTE DEL MUNDO

Testigo del horror

JOHN CARLIN 08/11/2009.
EL PAIS.com, 26 de enero de 2011

pueblo-triste

Esta minoría musulmana de Birmania se ve salvajemente perseguida por la Junta Militar de supaís. Viajamos para conocer a los refugiados rohingyas en Bangladesh y Malaisia. Quinta entregade la serie con la que Médicos Sin Fronteras y El País Semanal quieren rescatar del olvido a lasvíctimas de la violencia.

He aquí una fórmula para hacer fortuna en tiempos de crisis. Vayan a la puntasuroriental de Bangladesh, en la frontera con Birmania, y compren un viejo barco depesca. Costará 100.000 taka, o 1.000 euros. Prevean 500 euros para arroz y agua potable y quizá otros 500 euros para sobornos. Luego vayan a buscar clientes entre losmás desposeídos de Bangladesh, un país tan densamente poblado y tan pobre, que, paraque España tuviera unas condiciones económicas similares, debería contar con unapoblación de 550 millones y una renta media, no de la mitad de la que tiene hoy unespañol, durante la peor recesión que se recuerda, sino de la vigésima parte.

Pero el mercado al que apuntamos aquí es inclusomás pobre. Hablamos del que debe de ser elpueblo más olvidado de Asia, y quizá del mundo.Se llaman a sí mismos rohingyas y son unaminoría musulmana que vive en Birmania;30.000 de ellos han sufrido una persecución tancruel a manos de la junta militar de su país, engran medida debido a su religión, que hanpreferido huir al otro lado de la frontera para vivir en un campo de refugiados construido por ellosmismos en una pequeña colina tan ardiente,abarrotada y plagada de enfermedades, que, porcontraste, los miserables pueblos vecinos depescadores en Bangladesh parecen la Costa delSol.

De las 30.000 personas que viven en elcampo, llamado Kutupalong, un tercio son niñosmenores de 10 años. Cuando un fotógrafo, un trabajador de Médicos sin Fronteras y yo losvisitamos, vimos cómo sonreían, se reían,armaban alboroto. La inocencia es la felicidad. Nose habrían reído si hubieran tenido alguna ideadel destino que les aguarda cuando sean adultos oque quizá esté al acecho a la vuelta de la esquina.Se dan casos aquí de madres desesperadas que,cuando no ven otra posibilidad de supervivencia,venden a los niños, habitualmente para que seconviertan en esclavos; esclavas sexuales, si sonniñas. Pero ésos no son los clientes en los queestán interesados los inversores de la zona. Lo quebuscan son hombres jóvenes, normalmente deentre 16 y 25 años, que osan soñar con un futuromás brillante que lo mejor que puede ofrecerlesBangladesh, pedalear día y noche comoconductores de rickshaw, lo que les permite ganarlas suficientes migajas como para poder seguir pedaleando el día y la noche siguientes. Para esosjóvenes, la tierra prometida es la nación islámicade Malaisia, un tigre asiático de rascacielosrelucientes, modernos puentes y limpiasautopistas que se encuentra a 1.500 kilómetros alsur de Bangladesh, un país que, al aterrizar allí enun Airbus 330 de las líneas aéreas malayas, mepareció pertenecía a otro mundo, otro siglo. ElAirbus no es una opción para los rohingyas, queno tienen pasaportes porque no se les consideraciudadanos en su propio país. Aquí intervienen losbarcos de pesca, el arroz, el agua potable y lossobornos. El empresario astuto, que se ve a símismo como una especie de agente de viajes,ofrece a esos jóvenes soñadores un trayecto pormar hasta Malaisia por una tarifa de 200 eurospor cabeza. En el barco, de unos 20 metros delargo, cabría normalmente una docena depescadores. Pero, para este tipo de viaje, sinninguna necesidad de llenar la embarcación depescado, el objetivo es llenar hasta 100 cupos. Esosignifica una ganancia de 20.000 euros para unainversión de 2.000: un beneficio del 1.000%.

Una limitación del negocio es que sólo se puedeemprender a finales de año. Diciembre, inviernoen esa parte del trópico, es cuando las tormentasde los mares del sureste asiático se calman y lascorrientes y los vientos son favorables para Malaisia. Mientras escribo, los traficantes estáncomprándose barcos y vendiendo paquetes deviaje, igual que hace un año, cuando más de milzarparon de las costas de Bangladesh. He habladocon media docena de esos aventureros porseparado; aquí figuran las historias de tres deellos. Sufrieron tormentas, hambre,enfermedades, sed, palizas, cárcel, trabajosforzados y, en diversos momentos de sustrayectos, la seguridad de que iban a padecermuertes lentas y terribles.

Otro tipo de muerte lenta era de la que habíanhuido en Birmania. Las historias que contaban losviajeros de su vida en su país coincidían con lasque me habían contado unos líderes rohingyas enel campamento de Kutupalong, un panorama queevocaba imágenes de la era de la esclavitud enEstados Unidos durante los siglos XVIII y XIX,con un trasfondo no del todo diferente a las vicisitudes más recientes de los palestinosdesplazados.

Los rohingyas viven en el noroeste de Birmania, en un Estado llamado Arakan, unnombre que suena al de un hermoso país mágico en uno de los cuentos de Narnia, de C.S. Lewis, pero es, en este caso, una tierra triste en la que gobiernan tiranos. Birmania, dirigido sin tregua por un régimen casi tan impenetrable y siniestro como el de Coreadel Norte desde que se negó a aceptar los resultados de las últimas eleccionesdemocráticas en 1990, es un país cerrado a los periodistas extranjeros. Al hablar con losrohingyas se comprende por qué.

Discriminados porque son musulmanes en un país budista, porque suelen tener la pielmás oscura que la mayoría de los birmanos (un alto diplomático birmano los calificórecientemente en público de "marrones oscuros" y "tan feos como ogros", y por una compleja historia de resistencia al control central (en la II Guerra Mundial se aliaroncon los británicos en vez de con los japoneses, de quienes eran partidarios en sumayoría los birmanos), son unos presos sin Estado propio en el país en el que hannacido. No pueden trasladarse de un pueblo a otro sin permiso de las autoridadesmilitares locales; no pueden casarse ni tener hijos sin permiso; no tienen la potestad deresistirse cuando les confiscan sus tierras poco a poco para dárselas a colonos budistas llegados de las ciudades; no tienen la fuerza para resistir la obligación de trabajar latierra que les han robado, sin cobrar nada a cambio; ni pueden oponerse a hacer todaslas tareas serviles que les exigen los militares, desde construir carreteras hasta cargararroz, hasta cortar hierba, y no pueden practicar su religión libremente. Al caer lanoche, cuando deberían ir a la mezquita a rezar, no están autorizados a salir de casa. Yexiste una política claramente dirigida a debilitar el islam en el Estado de Arakan:cuando se atrapa a alguien efectuando reparaciones en una mezquita, desde arreglar untejado hasta pintar una pared, se le castiga con la cárcel y una multa.

"Nos dicen que es su país, que no es nuestro", me dijo uno de los viajeros rohingyas conlos que hablé, un chico educado, tímido, devotamente religioso, de 19 años, llamadoMohammed. Era el mayor de ocho hermanos, y su padre había decidido que debía ser elsalvador de la familia: su misión era viajar hasta Malaisia, encontrar trabajo y enviarperiódicamente dinero a casa. "Mi padre estaba muy triste, pero dijo que yo era la únicaesperanza de la familia". Al saber, por un familiar en Bangladesh, lo que costaba el viajea Malaisia, el padre de Mohammed vendió dos bueyes y 0,2 hectáreas de tierra por elequivalente a los 200 euros que costaba el billete al paraíso. El chico atravesó lasmontañas hasta Bangladesh, y allí, antes de subirse a un pequeño barco, junto con otros82 hombres rohingyas -el más joven, de 12 años; el más viejo, de 60, la mayoría, deunos 18-, el pasado mes de diciembre, llamó con el teléfono móvil de un pariente a sufamilia. "Tenía la sensación," me dijo, "de que me estaba separando de mi familia parasiempre.

Salim -delgado, menudo, pulcro y con voz atiplada- es el segundo de los viajeros deesta historia. Cuando salió el año pasado de Arakan tenía 17 años. Tiene cuatrohermanos y cuatro hermanas. "Mis hermanos mayores tenían que cortar el césped delos soldados, recoger leña para ellos, limpiar sus casas. Eran esclavos", me explicó. "Vique mi futuro era negro y decidí irme y encontrar otra vida". Llegó hasta Bangladesh,encontró a unos contrabandistas de personas, como él los llamaba, y se puso encontacto con su familia para decirle cuánto dinero necesitaba. "Vendieron sus arrozales;toda la tierra que poseían".

Moniur, mayor que los otros dos, con 23 años, se había ido de Arakan 10 años antes, yen ese periodo trabajó sin respiro como conductor de rickshaw, uno de los miles que seven llenar las calles del sureste de Bangladesh, en una proporción de 10 rickshaws porcada vehículo a motor. Tenía el rostro delgado y serio de todos los de su gremio, unoshombres obligados a llegar hasta el límite del esfuerzo físico con una alimentaciónmínima.

Los tres partieron en distintas embarcaciones por la misma ruta: hacia el sur por labahía de Bengala hasta el mar de Andamán, costeando por el oeste de Tailandia; luegohacia el estrecho de Malaca, dejando Indonesia al oeste, antes de atracar en algún lugarde la provincia de Penang, en el norte de Malaisia. Era un viaje de 1.500 kilómetros; lacantidad de comida y las condiciones de vida en los barcos respondían siempre a unobjetivo sencillo: proporcionar el máximo beneficio a los traficantes. No estabanesposados, pero, en todos los demás aspectos, su situación evocaba una vergüenza lejana: la de los africanos occidentales que cruzaban el Atlántico como animales en losbarcos de los tratantes de esclavos. La diferencia estaba en que los refugiados rohingyasse subieron a los barcos por voluntad propia. Su grado de desesperación por buscar unavida mejor se demostró nada más comenzar sus aventuras, ya que no salieron corriendoen la otra dirección cuando vieron y olieron el barco que iba a ser su hogar durante dossemanas, si todo iba según lo previsto, cosa que no ocurrió.

Está el caso de Salim, de 17 años, apiñado con otros 107 en la bodega pestilente de unbarco de pesca, donde se había almacenado el pescado antes de dirigirse a la costa enlos largos años de vida de la embarcación de madera. Los hombres estaban tanabigarrados (nunca fue más apropiada la expresión "como sardinas en lata") que nopodían moverse ni un centímetro. Algunos se marearon y vomitaron: todos tenían queorinar y defecar donde estaban.

Pero los seres humanospueden acostumbrarse a casi todo, si les sostiene la esperanza. Mohammed, Salim yMoniur sabían que lo arriesgaban todo, pero, mientras combatían las náuseas y el hedory se enfrentaban con desesperada valentía al terror de la muerte en alta mar, no teníanni idea de hasta qué punto estaban cargados los dados en su contra. En los barcos deMohammed y Salim, la comida y el agua se acabaron al cabo de 10 días; en el deMoniur, al cabo de 8. En los tres casos estaban aún a unos 500 kilómetros de Malaisia, y

pasaron dos días bajo el sol tropical sin nada para comer ni beber. Llegar a su destino dejó de ser lo principal para ellos. Lo único que les importaba era sobrevivir. "Todo loque veíamos era agua y más agua", contaba Mohammed, "pero lo que no teníamos eraagua para beber".

El barco de Moniur se encontró con unos pescadores tailandeses que les dieron agua,pero los entregaron a la marina de su país, que los llevó a la costa y los detuvo; losbarcos de Mohammed y Salim llegaron a la orilla en Tailandia, pero vieron frustrados sualivio y su alegría, y su buena fortuna, en cuestión de horas. Todos los pasajeros fuerondetenidos. Todos fueron transportados por carretera a una ciudad llamada Ranong; enel caso de Moniur, amontonados en un camión de basuras. Habían perdido todo controlsobre sus vidas.

Mohammed revivía su experiencia con intensidad, desahogando su pena y sudesesperación; Moniur, mayor y endurecido por la vida del conductor de rickshawurbano, tenía una memoria extraordinaria para los detalles, pero permaneciórígidamente despegado al contar su historia, como un policía que describiera la escenade un crimen; Salim, el más joven y más dulce de los tres, se mostró contenido ypreciso, pero luchó para mantener la calma durante las partes más angustiosas de sunarración. Ninguno de los tres, en las más de seis horas que pasé con ellos, sonriójamás. Su destino fue el de cientos de rohingyas más. Según la única organización en elmundo que se interesa por investigar y dejar constancia de la situación de los rohingyas,una ONG constituida por una mujer (que se llama Chris Lewa y es belga) llamada

Proyecto Arakan, en diciembre de 2008 salieron al menos 1.195 personas de Bangladeshcon destino a Malaisia en un mínimo de 10 barcos. De ellos, se sabe qué fue de 859; losdemás están desaparecidos, presuntamente ahogados o muertos de hambre y sed. Lashistorias de Mohammed, Moniur y Salim, cuya supervivencia fue providencial, ofrecenpistas gráficas sobre las circunstancias probables de los 329 cuyo fin se desconoce.

Moniur y Mohammed fueron trasladados por el ejército tailandés de Ranong a Koh SaiDang, la Isla de la Arena Roja, "una colina en el mar", fue la descripción de Mohammed,a un día de barco. "Lo primero que nos impresionó fueron los zapatos que vimos en laplaya, cientos de ellos", dijo Mohammed. "Como eran de los que suele llevar nuestragente, temimos que hubieran matado a sus dueños y que ésa iba a ser también nuestrasuerte".

Pero el destino, en forma de ejército tailandés, tenía otros planes. Menos sangrientos, yaque los zapatos pertenecían a otros rohingyas presos en el interior de la isla, peroigualmente siniestros. Retuvieron a los rohingyas en la isla durante 15 días, con palizas continuas (¿Por qué?: "Éramos muchos más nosotros que los soldados. Así que debía deser para intimidarnos, para controlarnos", explicó Mohammed), y luego llegaron unbuque militar y un ferry. "Cuatro de los barcos en los que habíamos llegado, incluido elmío, estaban anclados lejos de la orilla. El ferry fue y volvió varias veces para llevarnos atodos a los barcos. Cuando llegamos a ellos, nos encontramos con que les habíanquitado los motores. Entonces unieron los cuatro barcos con cuerdas, y uno de losbuques militares nos arrastró hacia alta mar. Nos dijeron que nos estaban llevando aaguas malayas. Pero, al cabo de día y medio, cortaron las cuerdas y nos abandonaronallí, a la deriva".

"Entonces comprendimos", continuó Mohammed, "que la promesa de Malaisia habíasido falsa, y empezamos a llorar. Las corrientes empujaron los cuatro barcos endistintas direcciones y acabamos solos. Estábamos seguros de que íbamos a morir".

Uno podría dudar de la veracidad de este testimonio, y del de Moniur, que eraidéntico al de Mohammed, ya que estaba en otro de los cuatro barcos abandonados, sino fuera por el hecho de que está corroborado por las exhaustivas investigaciones delProyecto Arakan de Chris Lewa, e incluso lo ha reconocido el Gobierno tailandés. Elprimer ministro de Tailandia, Abhisit Vejjajiva, se vio obligado a confesar que en"algunos casos" se habían producido acontecimientos así, aunque, por lo que se sabe, nose ha llevado a cabo ninguna pesquisa oficial.Si fuera verdad, el resultado tendría que consistir en cargos de asesinato e intento deasesinato masivo. Había 575 personas en los cuatro barcos a la deriva. En el de Moniur,el mayor, había 152. Tras 10 días de ardiente sol tropical y 10 noches de absolutadesesperación, la gente en su barco empezó a morir. "No teníamos comida ni agua;murieron 19 personas", dijo Moniur con su estilo entrecortado. "Arrojamos los cuerposal agua. Lo único que podíamos hacer los demás era esperar que nos llegara a nosotrosla hora de morir".

El barco de Mohammed tuvo más suerte al principio. En sólo unas horas, el mar agitadolos arrastró hacia unos pescadores tailandeses que les dieron de comer y los llevaron ala orilla, donde los militares volvieron a detenerlos, les esposaron, les vendaron los ojos

y les interrogaron -y los llevaron de vuelta a la Isla de la Arena Roja. Junto con casi 200hombres más ("muchos tenían llagas en la espalda de estar sentados unos contra otrosen los barcos"), Mohammed estuvo en el campo de concentración de la isla durante unmes.

"Entonces nos subieron a una gran balsa y nos sacaron al mar, esta vez con comida, consiete sacos de arroz y dos bidones de agua. Pero volvieron a quitarnos el motor y, al cabode dos días y una noche, volvieron a soltarnos y nos abandonaron. Fuimos a la derivadurante dos semanas. No tenía ninguna duda de que iba a morir. No había esperanza detierra ni de rescate. Ya no teníamos fuerzas ni para hablar". Pero entonces llovió,recogieron el agua en las telas de plástico y la vida volvió a la balsa de los muertosvivientes. Al 16º día vieron tierra, y al amanecer del día siguiente, al despertarse,descubrieron que estaban rodeados de barcos de pesca. Esta vez no eran tailandeses.Los pescadores los llevaron a su pueblo, un lugar llamado Idi, en el norte de Indonesia.

Moniur llegó a tierra al cabo de 14 días. "Encontramos agua potable, frutos silvestrespara comer", dijo Moniur, "y caminamos, a trompicones entre la maleza, desde elanochecer hasta el alba. Vimos unas señales en un árbol que nos dijeron, para nuestroregocijo, que aquélla no era una isla desierta. Seguimos andando, con energíasrenovadas, y encontramos a algunos campesinos que nos dieron té y plátanos...Estábamos en la India. En las islas Andamán". Los nueve meses siguientes, que pasó enun centro de detención indio, habrían sido una pesadilla para la mayoría de la gentenormal, por ejemplo para esos intrépidos occidentales que participan en los programasde televisión de estilo Supervivientes, en los que les depositan en una isla tropical,cargados de comida y bebida, para probar de qué está hecha su fibra burguesa. ParaMoniur se diría, por su escueta forma de describirlos, que aquellos nueve meses fueronunas vacaciones relajantes antes de regresar a su vida de conductor de rickshaws enBangladesh.

Mohammed sí llegó a Malaisia, a la provincia de Penang, donde le entrevisté. Despuésde que le rescataran los pescadores indonesios se despertó, tras dos días inconsciente,en una cama de un hospital indonesio. Allí conoció a un policía que, en lugar de pegarle,le llevó a su casa y, junto con su mujer, le cuidó y le alimentó hasta que recobró la salud.El policía le ayudó a hacer realidad el sueño que le había empujado a irse de su país: ledio el dinero y los medios para cruzar, de manera ilegal, pero segura, el estrecho deMalaca hasta Malaisia.

Salim, que no fue abandonado la deriva en un barco sin motor, tuvo la sensacióndurante un tiempo de que el destino le había favorecido. Después de pasar 21 días en elcentro de detención de inmigrantes en Ranong, las autoridades tailandesas le pusieronen un barco que, le dijeron, le iba a llevar por la costa hasta Birmania. Sin embargo,llegó a la costa tailandesa, y las autoridades de inmigración lo entregaron a traficantestailandeses; uno de los numerosos ejemplos que vi en mis entrevistas con los viajerosrohingyas, y confirmados por la activista de los derechos humanos rohingyas ChrisLewa, de complicidad entre los traficantes de personas y los funcionarios tailandeses."Nos llevaron en un compartimento oculto bajo una furgoneta a una casa alargada enuna plantación de caucho en la que había otros muchos como yo, que habían intentadoir de Bangladesh a Malaisia," recordaba Salim. "Dijeron que si les decíamos los númerosde teléfono de familiares o conocidos con dinero en Malaisia, ellos llamarían y pediríanel precio de llevarnos a través de la frontera".

"yo no tenía amigos ni familiares en Malaisia, y se lo dije. Pero ellos no queríancreerme. Me dieron bastonazos cada día durante 10 días". Hasta que los traficantesreconocieron la derrota. El frágil chico, apenas más grande que un chico de medianaestatura de 13 años en Europa, debía de estar diciendo la verdad. Era el orgullo y laesperanza de su familia en Birmania, pero ésas eran todas sus conexiones. Lostraficantes tenían un plan B: llevar a Salim y a otros nueve rohingyas en una furgoneta aun puerto de pesca tailandés y entregárselos a un pescador de arrastre."al principio me puse contento. Era un trabajo muy duro. Sólo tres días libres almes. Salíamos al mar a las cinco de la tarde y trabajábamos hasta las diez de la mañanasiguiente, echando las redes, sacando el pescado, limpiando las redes, limpiando elbarco". Le pagaban unas monedas al día para cubrir sus necesidades elementales decomida y esperaba con ansiedad su sueldo al final del mes, deseoso de poder llamar, porfin, a sus familiares con la buena noticia de que había triunfado en su misión y les iba aenviar dinero.

Pero entonces, cuando llegó el fin de mes, vio que los pescadores tailandeses cobraban yél no; que ellos iban a la orilla a ver a sus familias, pero él no estaba autorizado a bajardel barco. "Cuando pedí mi sueldo me dijeron: 'No, tú no eres como el resto de latripulación. Tu sueldo se paga en otra parte'. Dijeron que me habían vendido, que mijefe se había quedado con todo mi dinero. Pregunté quién era mi jefe y me dijeron elnombre del traficante tailandés que dirigía la plantación de caucho".

¿Qué sintió en ese momento? "De pronto sentí que se me caía el cielo sobre la cabeza:me quedé mucho rato sin poder moverme. No me dijeron nada más. Creí que me habíanvendido para el resto de mi vida. Creí que me habían vendido para siempre. El resto deltiempo que estuve allí, no recuerdo un día en el que no llorara en silencio".

No había posibilidad de escapar, dijo. "Oí hablar de otros como yo a los que habíanarrojado al mar porque habían intentado huir". Pero una noche, cuando llevaba nuevemeses en cautividad, llegaron unas personas en una furgoneta, empleados del traficanteque era su "jefe", y lo llevaron en un largo viaje a través de la frontera hasta Malaisia."Son crueles, pegan a la gente, compran y venden a la gente, son asesinos, pero conmigocumplieron su palabra. Mis nueve meses de trabajo habían pagado el dinero que mehabría costado atravesar la frontera si hubiera tenido familiares que pudiesen pagarlo".

Fue un peculiar caso de honor entre ladrones. Le dejaron en una mezquita en laprovincia de Penang, Malaisia, donde se reveló que, pese a toda la crueldad que hay enel mundo, también existe bondad. Como en el caso de los isleños indios que dieron aMoniur té y plátanos, y en el del policía indonesio que cuidó a Mohammed hasta queestuvo bien y le dio dinero para que completara el viaje, cuando todos los demás habíantratado de extorsionarle, del mismo modo, Salim, cuya vida había dependido de unrescate, conoció a un anciano en la mezquita malaya que lo acogió bajo su protección."Me dio un teléfono para llamar a mi familia, me dio algo de trabajo y me pagó un poco,y luego me dio dinero para coger un autobús hasta Georgetown, una gran ciudadmalasia en la que esperaba encontrar trabajo, como así fue".

Consiguió lo que no había logrado Moniur, más viejo y más duro. Éste, al final denuestra entrevista, un mes después de haber vuelto desde la India hasta Bangladesh, sepermitió un momento de debilidad, ofreció un atisbo del horror, la impotencia y laangustia física que debió de soportar, cuando le pregunté si podría pensar algún día envolver a emprender el viaje a Malaisia. "Mire", me contestó, "pensé muchas, muchasveces que iba a morir. Muchas veces. Así que no. No volveré a intentarlo. Me voy aquedar para siempre en Bangladesh. La vida aquí es dura, pero es vida".

El campo de refugiados de Kutupalong también es vida. Es incluso una vida luminosa yalegre para el que emerge de los oscuros lugares a los que descendieron Moniur,Mohammed y Salim; luminosa y alegre, si uno se tapa la nariz y cierra los ojos ante lamiseria que le rodea -ante las alcantarillas abiertas en la colina y las chabolas calientescon techos de plástico negro y suelo de barro en las que vive la gente- y lo único en lo

que se fija es en los rostros de los 10.000 niños que allí viven. Tenían unas sonrisas tangrandes como Asia cuando se apiñaban alrededor de nosotros, los extranjeros, y todosnuestros gestos les provocaban risa. Una niña de unos 11 años que llevaba unospendientes de cristal azul violeta nos pareció especialmente preciosa. Le hicimosfotografías, para las que posó como una modelo profesional, pero cuando nos fuimos delcampamento sentí miedo por ella. Tenía en los ojos una capacidad de seducción naturale inocente que otras almas menos compasivas también notarían, sin duda. La idea atrozque se nos ocurrió fue que si los responsables del tráfico sexual son allí tan activos comolos contrabandistas de personas, los que trafican con los sueños de los jóvenes, y nosdijeron que era así, ¿qué esperanza tenía esa niña?

Y, aunque tuviera suerte y se escapara de las garras de los malvados, que, según dicen,venden a esas niñas rohingyas en lugares tan lejanos como China, ¿qué futuro podríaaspirar a tener? Las sonrisas y las risas de los niños, tan dulces y vibrantes como las delos niños con acceso a agua y jabón, y educación y Nintendos, en los mejores barrios deBarcelona o en las zonas más verdes de Londres, son los augurios inocentes y felices deuna terrible condena. Si viajamos mentalmente a dentro de 10 años, veremos a la niñade los pendientes azul violeta transformarse en Nur Ayesha, una mujer de 23 años a laque conocí en una chabola sofocante.

Nur, de rostro fino, pero expresión amargada, me contó que se fue de Arakan hacecuatro años para casarse, porque ni el hombre al que amaba ni ella tenían dinero parapagar la cantidad que les exigía el ejército birmano. Después de un año de miseria enKutupalong, su marido decidió marcharse en busca de una vida mejor. Nur no sabía, ono quiso contar, si se había ido en barco a Malaisia o había intentado ir por tierra, comohacen algunos. El caso es que nunca regresó. Suponía que había muerto, y la dejó conun niño de dos años al que no podía cuidar. "Estaba enferma y el niño también, no teníadinero para el tratamiento; tenía hambre y no tenía dinero para comprar comida", medijo, lo cual me trajo a la memoria la imagen que había visto en un puerto allá enBangladesh de otra joven, metida en el agua hasta la cintura con un niño en brazos,pidiendo pescado a un barco que llegaba. Tal vez Nur lo intentó y no tuvo suerte. Asíque optó por el último recurso. "Me dijeron que había gente que compraba niños. Vendía mi hijo de dos años a unos que dijeron que venían de la ciudad".

Nur se dice a sí misma que quienes compraron al niño lo criarían bien; que locompraron porque no podían tener hijos. Trabajadores de ONG que conocen bienBangladesh dicen que, por desgracia, eso no es verdad; que la madre se engaña a símisma o miente. El niño, me aseguran, está condenado a una vida de esclavo, quizá,incluso, esclavo sexual. Pregunté a Nur por cuánto había vendido al niño. Respondió sinindicar horror ni sensación de injusticia, como si el precio hubiera sido justo, que lohabía vendido por 500 taka; cinco euros.

Tal vez no habría tenido la necesidad de hacerlo si su marido hubiera llegado a Malaisiay hubiera enviado dinero a casa. La pregunta es si de verdad la vida es mejor para losrohingyas en aquel país; si perseguir ese sueño merece los costes, los sacrificios y losriesgos. Mohammed y Salim, que llegaron allí, parecían pensar que, en conjunto, larespuesta era sí.

Mohammed, que había encontrado trabajo ocasional en la construcción, se ha unido auna pequeña comunidad rohingya y ha encontrado una pequeña mezquita en la quepuede rezar en paz cuando quiere. De lo que se lamenta es de que no ha podido cumpliraún las esperanzas de su familia, de que no ha sido capaz de enviarles ningún dinero.

Salim, que trabaja en una tetería, sí ha enviado dinero a casa, pero ha descubierto queun tercio se lo queda inmediatamente, como "impuesto", el ejército birmano local, quecontrola como un Gran Hermano orwelliano a toda la población rohingya y puededetectar, mediante escuchas y espías, cuándo recibe dinero cada familia. ¿Seconsideraba afortunado, a pesar de todo? Salim reflexionó largamente antes decontestar. "Me considero afortunado porque me dejaron irme del barco y me trajeronaquí, y porque muchos murieron y yo sobreviví. Pero mi temor constante es que medetengan los agentes de migración y acabe trabajando de nuevo como esclavo en unbarco de pesca, y que entonces no tenga tanta suerte y me quede ahí el resto de mi vida".

Le pregunté si pensaba volver algún día a Birmania. "Me gustaría volver a ver a mifamilia", dijo este chico inteligente y de ojos oscuros y tristes que, a sus 18 años, havivido ya mil vidas. "¿Pero cómo? No, no es posible. Ésta es mi vida ahora".

La suya y la de unos 25.000 rohingyas que han encontrado un precario refugio enMalaisia. Fui a una escuela en la provincia malasia de Penang, o mejor dicho, a unacasita en la que una docena de niños rohingyas pasaban el tiempo haciendo lo que lesgustaría hacer a los niños de Kutupalong: aprender a escribir, matemáticas, inglés, elCorán. En una pared había un gráfico con las banderas de todos los países del mundo enél. Pedí a un profesor que me indicara su bandera. Se lo pedí a un niño. Se lo pedí atodos los niños. Todos, en silencio y sin vacilar, colocaron su dedo sobre la bandera deBirmania, un país del que han huido, que no les quiere y les humilla y explota todos losdías de su vida.

Testigos del horror. Éste es el quinto reportaje de una serie con la que 'El País Semanal' y Médicos Sin Fronteras se acercan a los conflictos olvidados. Precedieron a John Carlin Juan José Millás,Vargas Llosa, Sergio Ramírez y Laura Restrepo.