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 EL CURSO DE LA VIDA

La vida es un curso, y tenemos que seguirlo hasta el final.

No hay duda de que la existencia tiene un propósito, y lo que es más, no podemos existir sólo por fantasía y por el simple hecho de hacerlo. La existencia es algo que no podría ser resultado de los caprichos de los Dioses, ni simplemente un medio de distracción, ya que a medida que llegamos a comprenderla mejor descubrimos que la mayoría de las creencias humanas apenas tienen sentido frente a la realidad.

Algunos creen que existimos porque salimos del Seno Primario, de la Divinidad o de Brahma, y a través de los medios de vida evolucionamos, hasta que volvemos a la fuente original. Ciertamente no vemos la lógica en esto, ya que un ciclo así difícilmente explica el motivo, si es que hay alguno. De todas formas, no es creíble que salgamos a aventurarnos en la miríada de conflictos y penalidades de la vida, sólo para regresar a la fuente de origen de nuestro ser. Ya que en primer lugar debimos haber salido de ella. Aun así, hay un motivo para nuestra existencia. Pero, aquellos que lo saben no pensarán fácilmente en ello, porque cada individuo tiene que descubrirlo por sí mismo. Es una experiencia que cada uno debe transitar. Sólo entonces podremos darnos cuenta ciertamente de qué se trata.

Mientras tanto, lo más prudente es JUSTIFICAR nuestra existencia. Este es al menos el mejor recurso. Aquellos que depositan toda su esperanza en la Fe en Dios y en los poderes celestiales viven y mueren en una confusión total, nunca convencidos de los motivos y la conveniencia final de la existencia, y por esta razón encuentran su vida constantemente desolada, desconcertante, misteriosa, o al menos insatisfactoria. Por eso se desesperan tanto, e invocan a Dios u a otras Fuerzas, y piden a la Providencia un destino mejor!

Ni la Religión ni la Ciencia o la Filosofía responden todas las preguntas que surgen en nuestras Mentes, y por esta razón todos recurrimos a nuestro corazón e intentamos indagar en la Conciencia. Por supuesto, obtenemos respuestas a nuestras inquietudes, pero no podemos ponerlas en palabras. Esto se expresa en nosotros en forma de anhelos místicos y grandes aspiraciones o ideales, y algunas veces como religiosidad. Desafortunadamente, los seres humanos rara vez responden a su llamado interno, ya que están demasiado preocupados por los brillos y superficialidades externas, o por sus apasionamientos. ¡La deshonestidad y lo mundano miman nuestros impulsos internos y vencen nuestros deseos más sinceros!

El hombre es la mayoría de las veces un esclavo de su propia fantasía y deseos. Es una criatura débil e impresionable, y cuando emprende la búsqueda de la Verdad, crea dogmas, doctrinas y visiones egoístas que se erigen como un espejismo en el desierto de su existencia. No alcanzaría la Verdad sin prejuicios, y cuando llega a conclusiones no se da cuenta de que son las bolas a las que está encadenado como prisionero de sus propias creaciones. Cuando decide ser libre, rompe con todas las convenciones y con todos los preceptos saludables, cayendo por lo tanto en los abismos de la lujuria y la infamia. Cuando decide comportarse, pierde todos los contactos con la realidad. Y si se decide por el placer, lleva su sistema sensorial a su máxima capacidad y crea todo tipo de condiciones morbosas en sí mismo. En todo caso, crea ideales para complacer sus propios fines egoístas, y no para la superación y elevación de su ser como estándares de vida.

Por tanto, el hombre vive más bien ignorante de sí mismo, y en constante desatino y en detrimento suyo. En resumen, no sabe cómo vivir, a pesar de sus religiones tan alardeadas, de sus filosofías tan ponderadas, de sus logros científicos tan cacareados y de sus logros espirituales ya concedidos. ¡La religión ciertamente sirve como riendas a su carácter hasta cierto punto, pero no transforman a la bestia! La filosofía es un medio para hacerle consciente de su importancia en la vida, pero no resuelve sus problemas ni le da felicidad. Las ciencias dan alerta a su mente y lo hacen más perceptivo y perspicaz, pero difícilmente lo liberan de sí mismo, mientras contribuyen a convertirlo en un peor esclavo de su entorno. En cuanto a la realización espiritual, hay que admitir francamente que es una criatura muy imaginaria, ya que demuestra evidentemente, por sus modos de vivir y sus métodos para abordar los problemas mundanos y cotidianos, que es especialmente especulativo, pero que aún está lejos de ser un individuo sabio y digno. Y no hay nada de pesimista en este punto de vista; simplemente estamos siendo realistas y profundizando en la naturaleza humana de manera inquisitiva con la intención de encontrar una mejor perspectiva de vida.

Pr. OM Lind Schernrezig