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LA SINFONÍA DEL YO

 

La noche cae como un Nirvana de unificación sin nombre sobre la diversidad perceptiva de las cosas; todo se hunde en ella, todo en ella se precipita en uno como anhelo infinito de integración universal...

Gran integradora, absorbe formas y cualidades, confundiéndolos en una uniformidad integral...

Observador y paisaje se sumergen en su hálito inarticulado, uniéndose a través de las mallas informes de su sombra envolvente...

Todo parece huir en un éxodo de finalidad, sin desaparecer en sí, pero perdiéndose en un anonadamiento circundante que exhala calma y tiniebla, en un silencio que planea inquietamente pero sin motivo.

¡Tal es la sinfonía íntima que se eleva con la envoltura silente y sutilizadora de la noche!

Todo se borra; todo enmudece; todo se pierde, en la noche. Pero ¿no seremos nosotros quienes nos apagamos y fugamos de la realidad cuando aparece la noche, sembrando silencio y vaciedad en derredor nuestro?

En esas noches silentes y vacías, nos volvemos solitarios y llenos de extraña, inusitada uniformidad, ansiosos de plenitud exaltadora, cual sublime entonación armoniosa sin formas ni sonidos, como huyendo de toda realidad hosca y limitada. Perdemos, entonces, todo sentido de realidad fugaz, externa, deleznable y fútil.

En la noche de nuestras abstracciones, cuando la mente se aquieta y la percepción calla, nos caracterizamos con la soledad del más allá y nos invaden las nociones y el sentido de lo íntimo y de lo preciso, de lo sutil, hasta de lo esencial.

Cuando logramos tal expansión del “Yo”, perdiendo toda conexión con el mundo sensorial, dejando atrás nuestras banales debilidades y nuestras burdas presunciones, olvidando todas las elucubraciones imprecisas y tontas que implantan en nosotros inquietudes inútiles e impresiones fantásticas, cobra precisión de perfil en torno nuestro la realidad irreal, la presencia inmaterial, la unidad envolvente y suprema de lo trascendente, permitiéndosenos entonces oír el aliento de lo irreal, la Voz exultante del Silencio.  Lo que parece soledad máxima vuélvese entonces unidad plena de todo lo grandioso. Surge en magnifica sinfonía lo supremo de nosotros en efulgente sublimación de notas engarzadas por el aureo fluido de nuestra seidad indivisa en trance de exaltación de sus virtudes latentes e inmateriales.

Lo diverso se pierde en lo esencial; lo múltiple se funde en lo primordial; lo objetivo se disuelve en lo trascendental.

El Yo pierde posición en el campo de lo diferenciado y lo absorbe, sintetizando todas sus cualidades.  ¡Entonces se siente la felicidad de vivir en armonía con lo Infinito!

¡Es inconmovible! ¡Nada lo altera! ¡Todo se desplaza y exalta en él! ¡El yo que crea la noche en sí mismo sabe dominar a la realidad y por la magia de la abstracción puede superar a la vida misma!

¡Ni el pasado ni el futuro existen ni son posibles para él entonces!  ¡Sólo hay presente! ¡Presente envolvente y fusionador!

¡Aliento infinito, el Yo persiste en su sinfonía inarticulada! Y cuando se desliza hacia afuera el Seno Divino, vuelve a entonar acordes disímiles y múltiples hechos de diferenciación y realidad poliforme! ¡Eterno ritornelo del Yo inexperienciado!

¡Hecho sinfonía, el Yo es Divino!

Con Brahma diría: YO SOY LO QUE ES.

Con Moisés asentaría: YO SOY QUIEN SOY .

Con Fo Hi proclamaría: SOY LO INNOMBRABLE, LO INDEFINIBLE.

Con Jesús diría: YO SOY LA VERDAD, EL SENDERO, LA VIDA.

Con el Buda, proclamaría: YO SOY LO UNICO QUE ES: NADA ESTÁ FUERA DE MI: TODO VIVE EN MI.

*  *  *

Al despertar perceptivo, la realidad ilusoria vuelve a nosotros, lo mismo que el día con su tropel de simultáneas y complejas realidades sucede a la noche.

¡Entonces se vuelve al bullir de la vida, a las experiencias imprecisas y confusas del intelecto ágil y desmenuzador, creador de inquietudes y miserias!

*  *  *

¿Qué prefieres, tú, querido lector, dí, la SINFONÍA DEL YO, o la “orquestación polimática y caótica de la mente?

Si prefieres la SINFONÍA DEL YO, eres un “yoísta” o Yogui y por ahí puedes encontrar reflejado en tu propia Conciencia la Suprema Seidad: Dios. Si los encantos de la vida diaria y la magia del intelecto son más seductores para ti, entonces sólo un comportamiento cabe para ti: ¡El EGOISMO!

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Tomado  del libro:   Rosa mística. Sir Omar Cherenzi Lind