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 Editorial

 

PROGRESO Y ESPIRITU

 

Tomado de la Revista Ariel #33 Vol. 3, Marzo, Abril 1942

(De permanente actualidad)

 

Uno de los problemas de nuestra época, quizá el más importante de nuestro tiempo, es el del progreso.

Hasta hace muy poco constituía una verdad incontrovertible que el hombre progresaba, marchaba indefinidamente hacia delante, rumbo a una perfección cada vez mayor.

Teorías como las de Darwin y Mendel vinieron a fortalecer tal creencia. Pero hoy, después de haber librado rudos combates, han sido descartadas por completo. No faltan quienes quisieran que inclusive fueran borradas del catálogo de las teorías científicas.

El evolucionismo juzgando la historia con un criterio superficial, podía suponerse una línea imaginaria de ascensión, que la dividían en períodos que abarcan desde el salvajismo, hasta la historia antigua, media, moderna y contemporánea. Toda la historia de la Humanidad, que es la historia  del espíritu en sus múltiples manifestaciones y toda esa rica variedad de culturas, tenía que ceder paso a la idea evolucionista. Los diferentes pueblos no constituían unidades independientes con formas propias originales. La maravillosa cultura egipcia, la cultura china que los Confucio, Lao Tseu y Mencius, todas las grandes culturas de oriente, como, los Huighurs en el corazón de Asia y de la India, que datan de miles y miles de años, hoy todas desaparecidas, no serian sino eslabones recorridos por el hombre en su camino de perfeccionamiento.

Y este es aún hoy el ideal del progreso de la civilización occidental que semeja una ruta luminosa comenzada en la época de las cavernas, cuando el hombre acechado por el hambre y las fieras, esgrimía una rudimentaria hacha de sílice – y continuaba hoy – en que superando las deficiencias que por naturaleza tenía, como animal-hombre, pudo volar en aparatos mecánicos, perforar con sus pupilas las distancias y seguir en el espacio el curso de los vientos y de los astros desde posiciones bastantes cómodas y con pocos esfuerzos. Por eso H. G. Wells al contemplar los adelantos de la técnica moderna, no puede menos que soñar con el hombre que, teniendo por ESCABEL la tierra, se yergue sobre ella y tiende los brazos al infinito. Tal es el sentido del progreso en la concepción occidentalista.

Sin embargo, esto no pasa de un mero romanticismo, bastante crudo por cierto. La realidad es otra.

El triunfo de la técnica significa la seguridad del hombre animal; una victoria ganada al miedo original. Esta cultura que tiene su máxima expresión en la idea del progreso, es fruto de una agudización del intelecto puro, en la cual el espíritu ha sido relegado a un plano secundario. Como nueva forma cultural, aunque inferior al espíritu, se justifica por esto. No podemos renegar pues, por completo, de él, so pena de renegar de nosotros mismos, pues el intelecto es el esqueleto de nuestras culturas. Mas el intelecto solo no es capaz de salvar la cultura occidental. ¿No es una evidencia aprobante lo que estamos presenciando en la cual contienda, en plena Europa, donde el súper-intelectualista se debate hoy en día en medio de problemas desconcertantes y no acierta a orientar a las masas desoladas hacia la VIDA DE LOS PRINCIPIOS, prefiriendo luchar en medio de INTERESES, Y NADA MAS QUE POR Y PARA INTERESES CONVENCIONALES?

El intelecto nos orienta hacia necesidades superficiales, materiales, a trueque el espíritu nos apunta necesidades internas sin las cuales la vida no tiene justificación posible.

La agudización del intelecto se hace más evidente en estos días, por que estamos poseídos de que el razonamiento lo esclarece todo. Vivimos en la medida de lo aparente, dentro de los confines de lo formulado y analizado, como si tuviésemos miedo a lo carente de limitaciones y fronteras, a la Libertad de la Vida, que es el espíritu de las cosas y el sentido de toda realidad Universal. Los temas y las grandes voces de orden se sobreponen a las sutiles aspiraciones espirituales. La comprensión se ha acentuado, es verdad,  pero el intelecto ramplón y servil, regimentado, acervado, se impone por sobre todo. La teatralidad de tal o cual tirano o futuro César en embrión insuperable se impone, lo mismo que los gestos de brazos amenazantes en camisas coloreadas, y los titulares de los grandes diarios asalariados o serviles imponen su influencia rotunda. Las grandes catedrales son monumentos de impotencia frente a los acontecimientos actuales. Las masas ya no tratan de entender; solo necesitan “sentir”, o simpatizar; son sumamente sugestionables. Por eso la prensa con noticias suscitas y la propaganda sugestiva tiene tanto éxito. Estas son, de hecho, manifestaciones de la agudización del intelecto. 

El intelecto, pues, se ha desarrollado con detrimento de todo lo demás y aquí está la raíz del fracaso de todo logro de CARÁCTER ESPIRITUAL.

Lo que triunfa en la actualidad, es la demagogia, las promesas insustanciales, las visiones fantásticas fundadas en el pasado y en tradiciones engañosas. Así, el progreso social y científico está roto por un desequilibrio moral. La obsesión es la que guía al mundo en la actualidad, obsesión de confort y de triunfos que acusan traumas síquicos y desequilibrios mentales, y sobre todo una absoluta carencia de sentido espiritual o trascendental de la vida.

A esto se opone el triunfo de la máquina sobre el hombre, su creador, engendrando así una nueva forma de esclavitud y acabando por destruir en la humanidad el sentido de la dignidad, de la responsabilidad y de lo eterno; sumergiéndolo, por otra parte, aún más en la miseria y creando problemas que no compensan, en realidad, con los beneficios que reporta la utilidad de la técnica en todas las fases de la vida humana.

Es obvio, las complicaciones de la vida moderna revelan la incapacidad del hombre frente a los problemas morales, y sobre todo su inhabilidad en evitar los tremendos problemas que lo acosan, menos en resolverlos, además de acusar su manifiesta incapacidad en producir una cultura susceptible de promover una verdadera democracia y una vida feliz desde todos los puntos de vista.

La actual civilización, que ya puede crear seres artificiales e imitar a la naturaleza en la producción de elementos, no es capaz, no obstante, de mantener el equilibrio moral e intelectual de sus hombres, ni mucho menos en las guerras o en las diferencias de orden sectario. No puede infundir espíritu, porque es de lo que más carece.

El progreso de la humanidad, pues, no debe medirse por los progresos materiales, ni por las apariencias, sino por la capacidad del hombre en vivir en consonancia con propósitos dignificantes y según aspiraciones de orden espiritual y eterno. ESPIRITU, MUCHO ESPIRITU, ESPIRITU CREADOR CAPAZ DE INFUNDIR SENTIDO Y RESPETO A LA ESPECIE HUMANA Y ANSIA DE ENGRANDECIMIENTO MORAL Y DE SUPERACIÓN CONSCIENTE ILIMITADA… es lo que se necesita, para lograr un progreso verdadero, duradero y ennoblecedor.

Por eso les decimos a nuestros estudiantes: PROGRESA, TRIUNFA, VENCE; LO IMPORTANTE ES NO SER VICTIMAS DE LAS CIRCUNSTANCIAS NI DE NADIE… PERO QUE LA VOZ SUPERIOR EN TI SEA LA DEL ESPIRITU.

Pr. OM Cherenzi Lind